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Roger Corman es el autor de un libro titulado ‘Cómo realicé un centenar de películas y nunca perdí un centavo’, que en realidad es su biografía, publicada en 1990 y en la que narra con todo lujo de detalles sus maniobras dentro de la industria del cine. Dejando a un lado anécdotas divertidas y otras que no lo son tanto, lo cierto es que Corman es una figura absolutamente imprescindible dentro del cine norteamericano, un bastión único dentro de la evolución de dicho cine. Sin Corman nos podríamos olvidar fácilmente de realizadoes como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, James Cameron o Peter Bogdanovich, a quienes descubrió y produjo sus primeras películas. El caso es que Roger Corman, además de tener un ojo clínico para los talentos, era un experto en sacar el máximo rendimiento a un presupuesto ajustado.

A Corman le daban dinero para hacer una película y hacía dos o tres sin gastar un centavo más. Al respecto cabe citar lo que le suguirió hacer a Bogdanovich en su ópera prima —Karloff le debía a Corman dos días de otro rodaje, los cuales trabajó para Bogdanovich, quien luego filmó con otros actores el resto aún utilizando material deshechado por Corman. Delirante—, o sin ir más lejos la película que nos ocupa, ‘La pequeña tienda de los horrores’ (‘Little Shop of Horrors, 1960). Realizada cuando comenzaba su mayor etapa creativa —la del maravilloso ciclo de Edgar Alan Poe, del que ahora pretende producir ocho nuevas adaptaciones—, el film es leyenda por haber sido realizado en dos días y medio, aunque su actor principal, Jonathan Haze, declaró años más tarde que pasadas unas semanas fue llamado por Corman para nuevas tomas.

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En cualquier caso Roger Corman logró uno de sus films más recordados, y a juicio de quien esto firma también uno de los peores. Al realizador natural de Detroit le importaba bien poco la calidad artística de sus films —aunque hay que decir que el nivel alcanzado en el ciclo Poe es algo pocas veces visto en un realizador tan prolífico y que da a tantos palos—, pensando siempre en un público objetivo joven. Casi todos eran films de entretenimiento, thrillers o films de terror y/o fantástico. ‘La pequeña tienda de los horrores’ se adentra de lleno en el fantástico, y terror ninguno porque ante todo es una comedia. Un fino humor negro, muy, muy negro, que baña la poco más de hora de duración de un film que se nota realizado con prisas, y lo que es peor, no está terminado.

El argumento o trama de la película es más bien simple, aunque delirante en su planteamiento. Seymour, un joven empleado de una tieda de plantas a punto de la bancarrota posee una extraña clase de planta que enseguida atrae la atención de todo el mundo, sobre todo del dueño de la tienda que ve una gran oportunidad de hacer dinero por recomendación de un cliente cuyo mayor hábito es comerse flores —personaje a cargo del entrañable Dick Miller, también un habitual en el cine de Joe Dante—. El problema está en que para crecer la planta debe alimentarse con carne humana, algo que Seymour descubre cuando accidentalmente se corta la mano y le cae sangre a la planta, bautizada amorosamente como Audrey, que además habla igual que una persona. Delirante, como he dicho, muy en la línea de las producciones de Corman más locas en aquellos años.

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La carencia de medios se nota de forma alarmante, debido a los dos o tres decorados nada más que hay en el film, y por supuesto los efectos visuales son cutres, pero esto no tiene demasiada importancia y hasta posee su encanto, el encanto de lo añejo y artesanal; el problema está en la falta de ritmo de Corman y la nula atmósfera del relato, que se debate entre lo que ocurre en la tienda con Audrey, sobre todo por las noches, y la locura desatada en la consulta de un dentista, en la que un joven Jack Nicholson ya daba muestras de sus exageradas maneras dando vida a un masoquista paciente. Pero la labor de Nicholson al ser más breve, se aguanta más que el tener que soportar la pobre interpretación de Jonathan Haze, o la de su partenaire femenina, Jackie Joseph, devorados por sus colegas y sobre todo por Audrey, la planta, quien de lejos se convierte en el mejor personaje del relato.

En su tramo final ‘La pequeña tienda de los horrores’ llega a un clímax que se resuelve de forma poco satisfactoria porque deja inconclusa la historia, imagino que por la celeridad del rodaje o porque realmente a Corman no le importaba demasiado. Su único interés estaba en recuperar lo invertido con el mayor margen posible de ganancia. Con otros títulos de su filmografía estaría totalmente de acuerdo, pero en este caso me resulta hasta sorprendente que la película sea de culto en algunos sectores. Años más tarde, en los 80, Frank Oz realizó un remake, basado en un musical que Howard Ashman creó a partir del film original, mucho más inspirado y superior y por el que el tiempo pasa mucho menos que por la cinta de Corman, ejemplo claro de cutrez a todos los niveles.

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