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'La red social', cine recio, complejo y notable

'La red social', cine recio, complejo y notable
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“Internet no está escrito con lápiz, Mark. Está escrito con tinta”

- Erica Albright (Rooney Mara)

Un filme como ‘La red social’ (‘The Social Network’) era cuestión de tiempo que viera la luz. Y es una suerte que lo haya hecho de mano del guionista Aaron Sorkin y del cineasta David Fincher. Era cuestión de tiempo porque el fenómeno de Facebook, así como los apasionantes avatares que confluyeron en su creación, es un material muy interesante para una película. Y es una suerte porque Aaron Sorkin es uno de los guionistas más respetados en la industria cinematográfica de Estados Unidos, gracias a una gran carrera en la que la creación de una extraordinaria serie llamada ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ (‘The West Wing’, 1999-2006) merece todos los elogios; y porque David Fincher, filmando ya su largometraje número ocho, es uno de los directores más interesantes del actual ‘mainstream’ norteamericano, confirmando su estado de gracia y su valentía a la hora de afrontar un proyecto de estas características. Desde el otro lado del Atlántico leíamos apreciaciones muy positivas de este largometraje, que lo aupaban como una de las propuestas más importantes del año. Lo cierto es que es un filme muy complejo que consigue gran parte de los objetivos que se marca.

Porque ‘La red social’ logra narrar, en clave de crónica negra y muy cínica, las vicisitudes que un chico apocado, compulsivo y genial de Harvard hubo de pasar para convertirse en el milmillonario más joven del mundo, y lo hace sin la menor caída de ritmo. Se construye así un relato muy denso e intrincado, pero también divertido y ligero, con el que nos divertimos y el tiempo se nos pasa volando, testigos privilegiados de uno de los acontecimientos que cambiaron las relaciones personales en este siglo XXI. Fincher se confirma así como un superdotado alquimista cuya carrera pega un nuevo bandazo con esta estimulante y muy humilde propuesta, demostrando su brillantísima artesanía una vez más, así como su versatilidad, pues parece que de cada nuevo desafío, por muy dispar que sea del anterior, es capaz de salir con nota. Lástima que, por esta vez, no haya llegado más lejos, pues el guión, el personaje central, y el tema, lo permitían. Y es que, lamentablemente, da la impresión de que se podía haber hecho todavía más con este material, como en una melodía interrumpida que presagiaba mayor alcance.

Una de las máximas virtudes de este filme es su falta de complejos y de rodeos. Va directamente al grano y lo hace con una precisión admirable. Tras una secuencia de inicio tan sencilla como poderosa, con el primero de entre docenas de diálogos absolutamente magníficos, pasamos al hecho catalizador de la creación de la red social más importante del mundo. Eso sí, poco a poco, y tomándose su tiempo en presentarnos a las dos docenas de personajes que pueblan la historia. Y el más importante, claro, Mark Zuckerberg, interpretado con gran convicción y sencillez por el actor neoyorquino Jesse Eisenberg, cuya oscura y contradictoria personalidad es el eje (quebrado) de la trama, a partir del cual profundizaremos en un mundo de fraternidades universitarias, élites sociales, niños pijos a los que sus papás adinerados les pagan estudios y fiestas sin fin, tías buenas a la caza de empresarios con estrella, abogados fulleros, demandas multimillonarias, amistades traicionadas y programadores que se pasan treinta y seis horas escribiendo líneas de código. Todo un universo cerrado en sí mismo, con sus propias leyes, trampas y precios por los que vender el alma.

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El Geek supremo

En esa fauna, Zuckerberg es un alienado, un inadaptado social que, paradójicamente, inventa la herramienta que se supone más puede ayudar a que la gente se comunique en todo el mundo. Un supergenio de la informática y de internet, cuyo gran talento queda demostrado en los primeros diez minutos de la película, como también queda demostrada su escasísima incapacidad para la interacción social… cara a cara. Este constituye, lógicamente, el corazón de la historia. Una historia en la que se van a narrar tres momentos temporales en paralelo, a pesar de lo cual no nos perdemos en ningún momento ni necesitamos una mayor linealidad. Al mismo tiempo que nos cuentan cómo se fue construyendo Facebook, también nos explican los difíciles encontronazos legales que tuvieron lugar entre Zuckerberg y sus antiguos socios o compañeros de proyectos. El guión de Aaron Sorkin es sensacional, así como el montaje de Angus Wall, que ya había participado en otras películas de Fincher, y de Kirk Baxter, montador de ‘El curioso caso de Benjamin Button’ (‘The Curious Case of Benjamin Button’, 2008) no le va a la zaga a ese portentoso guión, adaptación del libro ‘The Accidental Billionaires’, de Ben Mezrich.

Algunos de los mejores diálogos de los últimos tiempos están contenidos en esta película. Y aquellos que corresponden a Jesse Eisenberg el actor los dispara como auténticas balas, como latigazos de ingenio y de verborrea incontenible. De igual manera, están muy cuidados su aspecto, su mirada, su apariencia de friqui salvaje. Pero no conseguimos acceder a su interior, a su verdad anímica, y los continuos saltos temporales, la estructura irregular del relato, contribuye a alejarnos más y más de él a medida que se acerca la conclusión. Es decir, lo que en el primer tercio de la película promete ser un alambicado proceso de dibujo de un personaje tan extremo, sólo se ve corroborado a ráfagas, y tengo la sensación de que Fincher se siente muy atraído por este personaje y de que pone todo lo que puede de su parte, pero el conjunto acaba resultando demasiado gélido, sin un punto de vista definido acerca del personaje principal. Por supuesto que esto podría ser una opción estética, pero sea como fuere impide que el filme sea realmente grande.

Fincher ha procurado construir una carrera en la que el aspecto visual y sonoro fuera determinante y hasta identificativo, y ‘La red social’ no es una excepción. Con la ayuda del gran operador Jeff Cronenweth, con el que ya elaboró atmósferas muy estilizadas para ‘El club de la lucha’ (‘Fight Club’, 1999), Fincher se muestra más sutil que nunca en la creación de ambientes opresivos, alienantes, falsamente asépticos, de gran pegada psicológica, en los que se mueve como pez en el agua. También ha sido todo un acierto contar la música de esta película con Trent Reznor (para quien esto firma, uno de los músicos más importantes de la actualidad en su país), que en colaboración con Atticus Ross, crea una total complicidad con la historia, con texturas sensuales, cerebrales, íntimas o cínicas al mismo tiempo. Todo está cuidado al milímetro en una película contada sin énfasis ni divismos, planificada con una precisión majestuosa, consciente de la importancia de lo que está contando, pero sin darse demasiada importancia a sí misma.

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Conclusión

Sin embargo, se echa en falta un poco más de riesgo en su concepción y en su acabado final. Algo que deje un mayor poso en el espectador. Los intérpretes están bien, Fincher hace un buen trabajo, y el guión está más que bien, pero no hay nada en ella que conmueva verdaderamente. Es como una pieza de artesanía sin aristas, sin vida. No conseguimos conectar del todo con el personaje principal, ni con el resto de seres que le acompañan en el viaje. Falta mojarse un poco más, establecer un punto de vista. Con todo, es una buena película que entusiasmará a buena parte de los espectadores, creo, y que se erige como un veraz acercamiento a unos hechos que han cambiado la forma de comunicarse en el mundo, y una de las propuestas más recias y complejas del año.

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