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Gere Bill

‘La sombra de la traición’ (‘The Double’, 2011) supone la ópera prima de Michael Brandt, quien hasta ahora había ejercido funciones de guionista en películas tan dispares como ‘Wanted’ (id, Timur Bekmambetov, 2008) o ‘El tren de las 3:10’ (‘3:10 to Yuma’, James Mangold, 2007) —un buen remake de una obra maestra de Delmer Daves, y de momento el mejor trabajo de Brandt—, con la que por cierto el presente film guarda ciertos parecidos. Nos encontramos de lleno en una de esas películas que hace varios años habría sido un gran éxito sin ningún tipo de problema, pero que ahora pasan totalmente desapercibidas, salvo alguna excepción. En los 90 un actor como Richard Gere habría sido suficiente reclamo para convertir el film en un hit, pero los tiempos cambian y los gustos actuales se apartan de la propuesta de Brandt, o viceversa.

El director/guionista no ha arriesgado demasiado en su debut tras las cámaras, ni en lo que respecta a la puesta en escena, ni tampoco en la escritura de un guión que se descompone al poco de empezar y cuyo éxito está basado en varios giros argumentales, a cada cual más forzado. No hay nada peor que estropear una historia con posibilidades mediante los mencionados giros, intentando coger desprevenido al espectador, y que además de no lograrlo hace que este se replantee lo visto hasta ese momento descubriendo que todo resulta forzado e increíble. Brandt ha echado mano del manual y ‘La sombra de la traición’ se descubre como un rutinario thriller que no despierta emoción alguna, altamente previsible desde cualquier punto de vista, interpretaciones muy justas y una trama muy ligera y superficial. Prácticamente una pérdida de tiempo.

Grace pistas

Richard Gere da vida a Paul Shepherdson, un retirado agente de la CIA que es requerido por su antiguo jefe —Martin Sheen en uno de esos papeles alimenticios— para que investigue la misteriosa muerte de un senador. Todo apunta a que un viejo enemigo de Shepherdson, un espía soviético llamado Cassius, y al que se le dio por desaparecido, ha vuelto. Para darle caza contará con la ayuda de un joven agente del FBI, Ben Geary —Topher Grace, compitiendo con Gere a ver quien es más inexpresivo—, que ha realizado todo un estudio sobre Cassius, a quien cree conocer del todo. Como en toda película de espías que se precie, las apariencias engañan y enseguida se opta por ir descubriendo las cartas de juego hasta llegar a una pirueta argumental final que deja literalmente con la boca abierta, por innecesaria, forzada e incluso absurda.

Brandt pretende sorprender al espectador cuando a la media hora desvela un dato que aquel ya se ve venir de lejos: Shepherdson es Cassius, en realidad un espía doble retirado cuya identidad se ve en peligro debido al asesinato del senador. La idea de dirigir un operativo para perseguirse a sí mismo no deja de tener su atractivo, pero Brandt lo desaprovecha en su totalidad. Ni siquiera su relación con Ben —a la que se le podría haber sacado un jugo muy apetitoso, apartándose incluso de los tópicos— destaca en una película que parece dirigida siguiendo un manual de principiante. Uno siempre sabe qué va a pasar argumentalmente, lo cual no debería ser un probleam; también nos adelantamos a la puesta en escena adivinando qué plano vendrá a continuación en todo momento. Penoso.

GereGrace testigo

De nada vale que Brandt tome la inteligente decisión de jugar antes con el suspense que con la sorpresa. Al fin y al cabo, sorprender al espectador con un giro argumental es algo que está a la orden del día, sobre todo gracias a paupérrimas series de televisión, algunas de las cuales han influido sorprendentemente en el lenguaje cinematográfico. De hecho, ‘La sombra de la traición’ parece a veces un telefilm lujoso —el scope no es precisamente un formato válido para televisión—. Pero dicho suspense no juega en favor del film, sino todo lo contrario, los actores no están a la altura de las circunstancias —nadie se cree a Gere como un asesino sin escrúpulos e insensible, y Grace no le da la réplica con su cambiante personaje— y Brandt pierde la oportunidad de realizar un relato otoñal sobre un viejo espía.

El director parece más empeñado en las carambolas y piruetas de su argumento que en filmar con energía o convicción. Los mensajes sobre la lealtad, la amistad o el valor incalculable de la familia —algo que le une a ‘El tren de las 3:10’— son pequeños coletazos apenas perceptibles en una película que prácticamente está muerta al poco de empezar. Atención a la curiosa presencia de Stephen Moyer —famoso por dar vida a Bill Compton en ‘True Blood‘— como asesino ruso a las órdenes de Cassius. Exagerado, excesivo, histriónico y casi bufonesco, una nota discordante en una película que se cree sobria, seria, adulta y elegante. Bueno, esto último puede aplicarse a las canas de un Richard Gere que debiera elegir mejor sus personajes en este momento de su carrera.

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