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‘Las aventuras de tintín: El secreto del unicornio’ (‘The Adventures of Tintim’, Steven Spielberg, 2011) ha sido un estruendoso éxito en Europa, donde se ha estrenado dos meses antes que en su país de origen, al que llegará todavía dentro de un mes. Es evidente que Steven Spielberg y Peter Jackson han querido comprobar los resultados taquilleros en el continente donde el personaje de Tintín, creado por Hergé, tiene una mayor popularidad. El éxito era lógico, si tenemos en cuenta que el famoso personaje llevaba esperando una adaptación cinematográfica desde que Spielberg hizo ‘En busca del arca perdida’ (‘Raiders of the Lost Ark’, 1981), que fue comparada con las aventuras del joven reportero metido a detective aventurero. A ello hay que sumar que la película la dirige el director más popular de todos los tiempos, y también que es un film de animación, género de gran aceptación en los últimos años.

El resultado está a la altura de las expectativas, tratándose de un cineasta como el director de ‘Tiburón’ (‘Jaws’, 1975), ya no sólo porque demuestra una vez más que sigue siendo uno de los mejores narradores que ha dado el séptimo arte, sino porque su primera incursión en este tipo de cine ha resultado mejor de lo que muchos esperábamos. Debo reconocer que de todos los proyectos en los que se ha metido Spielberg, éste era el que menos me ha interesado a priori, pero una vez metido en materia, la magia se ha apoderado de la función. Y por magia me refiero a esa señal perfectamente identificable, pero prácticamente indefinible, que viste a las grandes películas, aquellas capaces de transportarnos a otro mundo, tal y como ocurre con el presente film, que sin ser una obra maestra —tampoco lo necesita— supone uno de los mejores entretenimientos del año.

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Spielberg ha sabido cómo enfrentarse a la ardua tarea de adaptar un personaje como Tintín. Aunque durante mucho tiempo se especuló con la posibilidad de una película en imagen real, no hay duda de que la opción finalmente elegida ha sido la mejor. La captura de movimiento como técnica, y una animación que recuerda a los originales de Hergé con la salvedad de que ahora estamos en el demandado mundo de la 3D y hay que adaptarse a ello. Una adaptación en la que evidentemente se apartan de la llamada línea clara que caracteriza las novelas gráficas de Tintín, y Spielberg se la juega tomando fragmentos de distintas aventuras unificándolos en uno solo, con lo que lleva al personaje a su terreno. Esto sin duda es lo que más habrá cabreado a los expertos o fans en Tintín, entre los que no me encuentro.

Pero como el arte siempre es cuestión de perspectiva, lo que sí soy es un fan del señor Spielberg —a Peter Jackson le tengo el justo aprecio por haber realizado una maravillosa trilogía—, y como tal debo considerarme más que satisfecho con ‘Las aventures de Tintín: El secreto del unicornio’, que nos devuelve a un Spielberg lleno de energía. La aventura, en el sentido más clásico del término, vuelve a apoderarse de la platea en pleno 2011. El director de ‘A.I.’ plantea su film como si de una nueva aventura de Indiana Jones se tratase, algo muy lógico dadas las comparaciones que el mismo Hergé hizo entre el arqueólogo y el reportero. Así, Spielberg maneja muy bien el tempo y el ritmo, y con una justa y concisa presentación de personajes y situaciones va directo al grano como nunca.

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Tanto Juan Luis como Mikel, mis compañeros en estas páginas, consideran que el trabajo de Spielberg se ha quedado a medias, que podría haber dado más de sí. No estoy del todo de acuerdo, si acaso hay cierto distanciamiento con los personajes por aquello de querer aspirar al realismo, algo que considero un error —Pixar y Ghibli son las pruebas palpables de que tal cosa no es necesaria, de que se puede empatar con personajes animados—, pero la película es un completo torrente de emoción, una montaña rusa de lo más efectiva, que no ofrece ni el más mínimo respiro al espectador, exactamente igual que en las cuatro películas sobre Indiana Jones. Y al igual que en ellas, Spielberg da una verdadera lección de lo que significa espectáculo, y no aparatosidad, y de cómo enlazar set piece tras set piece sin atropellamiento alguno. Si hay alguna que destaca sobre las demás es la ya famosa persecución en plano secuencia, con una planificación prodigiosa, y que muestra claramente lo que puede hacerse en el cine de animación.

Si bien Tintín no posee un carisma arrebatador —la misma impresión que me he llevado en los cómics— sí lo poseen dos personajes secundarios. Me refiero a Milú y a Haddock, quien revela una vez más a Andy Serkis como un genio en lo que hace. Con ambos personajes Spielberg demuestra su talento para la comedia, convirtiéndolos en las verdaderas estrellas de la función, por encima de Tintín, en cuyos rasgos además podemos reconocer a Jamie Bell en el que probablemente sea el mejor trabajo de su carrera. El resto de personajes no desmerecen, aunque no gozan de tanto lucimiento como los centrales, un precio a pagar en una película tan llena de acción. Porque si Spielberg se apodera con todo respeto del personaje de Hergé, también es capaz de moverse en otros terrenos de la aventura como ese flashback sobre el antepasado de Haddock, y que deja en evidencia —y en bragas, valga la vulgaridad— a la saga de ‘Piratas del caribe’. Otra lección de este hombre, que aún diciendo todo lo que ha dicho en el séptimo arte a través de sus películas, aún le queda mucho por decir. Ahora a esperar para ver si Peter Jackson es capaz de superar lo visto, y no me refiero a la técnica.

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