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Una buena mujer (Yancy Butler) llega a Nueva Orleans donde descubre el asesinato de su padre, antiguo soldado convertido en vagabundo. Con la ayuda de un tipo duro llamado Chance (Jean-Claude Van Damme) intentará descubrir qué se oculta tras el misterio….



John Woo llegó a los Estados Unidos y dirigió la que, tal vez, sea la mejor peor película de la Historia. Un momento: ¿estoy reformulando aquello de ‘es tan mala que es buena’? No. Me estoy refiriendo a que la película es, claramente, un paso atrás en las obsesiones estéticas y temáticas que venía desarrollando John Woo en Hong-Kong, hasta tal punto que parece virtualmente ausente de la película escrita y coproducida por Chuck Pfarrer.

Pero, al mismo tiempo, la aplicación de su hipnótico estilo visual a las convenciones del género (western y género van-dámmico) son tan alucinantes y rotundas que el resultado es y lo digo sin ironía alguna, la película machota definitiva de los años noventa. Ninguna otra puede superar lo que esta propone. La precisión de una patada de Van Damme al mismo tiempo que la dirección exquisita y el dominio del montaje de Woo: ¿qué más se puede pedir?

Bien, yo os lo cuento: una variación sobre ‘El malvado Zaroff’ (The Most Dangerous Game, 1932) con un escuadrón de la muerte divirtiéndose matando vagabundos en una alucinada y cuasi carrolliana versión de Nueva Orleans que incluye protestas y personas buscando su destino en ambientes de western pero sin demasiada sangre. Tremendo todo.

Los villanos tienen el rostro y la presencia carismática de Arnold Vosloo y Lance Henriksen y, por supuesto, Yancy Butler es bellísima mientras que la banda sonora de paso a acordes de country y blues. Pero nada de esto importa: lo verdaderamente alucinante de esta película son las coreografías (físicas y visuales) y la concepción absolutamente vanguardista de la acción, en pos de la claridad y de una idea francamente insólita de la belleza.

La mejor intepretación de Van-Damme, su mejor duelo final, su consagración como héroe de acción que, pese a sus esfuerzos posteriores, no necesitaba igualarse a Stallone o Schwarzennegger, a los que superaba al ser un singular artista marcial con dotes para hacer avanzar el arquetipo de hombre sin nombre leoniano que aquí encuentra una versión extremada y más que disfrutable, gracias a lo plenamente cinemático de la propuesta. Van Damme ahoga serpientes, suda con estilo, mira de reojo a través de las puertas de salida y parece doctorado cum laude en la indiferencia-ante-la-dama-en-apuros-hipersexual. En suma, es el macho autónomo y guerrero con el que todo adolescente ha soñado en su momento más bajo con la música más alta.


‘Blanco Humano’ (Hard Target, 1994) necesita de pocas justificaciones, es el aire del cine de acción más contemporáneo y el tiempo jamás la dejará envejecer, desvanecerse, hacerse prescindible. El cine de hostias entendido como una rama de la Estética era esto: ¡y menudo festival!

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