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Fragmento del cartel de 'Lorax. En busca de la trúfula dorada'

Uno de los mayores logros de Pixar más allá de la gran calidad que suelen atesorar sus películas y el merecido éxito comercial de las mismas es que ha propiciado que el resto de compañías que hacen cintas animadas se haya ido arriesgando más con al menos las premisas de sus últimos trabajos: Hemos tenido a los malvados como grandes protagonistas (las simpáticas ‘Megamind’ y ‘Gru. Mi villano favorito’), homenajes a géneros que llevan años en desuso (las muy recomendables ‘Rango’ y ‘Monster house’), pequeños coqueteos con el cine de terror (la notable ‘Los mundos de Coraline’) o cintas que tratan temas adultos que ni siquiera el cine de acción real termina de animarse a abordar (esa pequeña joya que es ‘Arrugas’).

Obviamente, se han seguido rodando cintas más tradicionales sin tener reparo en ir más allá del agotamiento con sagas que nunca fueron ninguna maravilla (‘Ice age’ o ‘Madagascar’), pero también dando pie a alguna pequeña maravilla que merece ser destacada (‘Cómo entrenar a tu dragón’). Lo que sí que parecía en clara decadencia son aquellas producciones de animación en la que la auténtica base de la historia era ofrecer una moraleja, hasta tal extremo que no han tardado en llegar varias quejas al respecto. Sin embargo, aún más curioso resulta que en unos tiempos como los que vivimos en los que se lleva la cultura del consumo rápido y de los rápidos cambios de atención de una cosa hacia otra haya arrasado como lo ha hecho ‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’ en la taquilla americana. Mañana llega a los cines españoles con la duda de si será capaz de repetir el éxito que ha tenido en USA. No obstante, lo que realmente debería importante es: ¿Estamos ante una película que merece la pena o una tontería que apenas sirve para inculcar un mensaje positivo a los más pequeños de la casa?

Lorax intentando convencer al protagonista

No voy a engañaros, ‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’ es una película infantil en la que uno sólo va a encontrar elementos de interés para los adultos si se para a reflexionar un poco sobre el mensaje de la película. Se siguen los arquetipos habituales del malo muy malo (pero algo inútil), el alma descarriada buscando redención y el héroe improbable. Este último caso es el que puede hacerse más molesto, ya que su transformación de joven irresponsable sólo interesado por los árboles para poder ligar a emisario concienciado de la naturaleza que hará todo lo posible por defender la última semilla de trúfula es todo menos convincente. Aquí podría entrar el debate de la capacidad de sugestión de las palabras y que descubrir la auténtica realidad puede llevar a grandes idealismos, pero eso exige una ingenuidad por parte del público que algunos hace ya mucho que perdimos.

Chris Renaud ha visto recompensado su buen trabajo codirigiendo ‘Gru. Mi villano favorito’ con la oportunidad de que ‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’ sea su primer trabajo en solitario, contando para ello con una novela del Dr. Seuss, cuyas obras han dado pie a películas como ‘El Grinch’ o ‘Horton’. Es un autor muy querido en USA, donde la comentada ingenuidad de sus historias se ve como un elemento positivo. La gran adición para la ocasión el 3D, esa tecnología que tan pocas alegrías suele darnos, algo de lo que no puedo decir que sea una excepción el caso que nos ocupa. Hay un par de momentos de los conocidos como ‘lanzar cosas al público’ y alguna escena en la que se aprecia mejor la profundidad de la imagen, pero estamos ante un añadido innecesario. Más allá de eso, la animación no pasa de correcta, sin ofrecer nada novedoso (las canciones terminan resultando cansinas al carecer de magia alguna) ni secuencia alguna que vaya a ser recordada tras abandonar la sala. Monotonía.

Animales monos

Los personajes que pueblan ‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’ tampoco consiguen la ansiada redención. Uno podría esperar que Lorax fuese el gran protagonista y que ese promocionado cruce entre gruñón y encantador se tradujese en algo al menos curioso, pero no. Su Lorax no es más que un ser bienintencionado que acaba siendo inservible a la hora de resolver los problemas que surgen contra los árboles que dice proteger. No voy a negar que sea el personaje más simpático (lo intentan también, y mucho, con la abuela del protagonista, pero no funciona), pero ni siquiera contar con la voz de Danny DeVito para todos los doblajes de la película es suficiente. Por lo demás, algún animalito mono y tópicos por doquier.

Sin embargo, el punto fuerte de ‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’ es que es una cinta con mensaje. El humor, los personajes, la evolución de la historia y todo lo demás está al completo servicio de ofrecer una moraleja a los niños: Respetad a la naturaleza o vamos a acabar muy muy mal. Negar lo esquemático del mismo sería mentir, pero sí que sería conveniente dedicar unos segundos a este punto antes de recurrir a críticas por panfletaria o cosas por el estilo. Y es que sí es cierto que el ser humano cada vez cuida menos de su entorno natural en favor de conseguir cuanto más dinero mejor, y la fabulación que se ofrece en el film (cobrarnos por el oxígeno cuando éste es escaso y de mala calidad) no es descartable que acabe sucediendo en un futuro muy lejano. Aquí al menos hay cierta utilidad en lo que se nos cuenta porque por muy esquemático y previsible que lo sea mientras lo hace también es algo que necesitamos recordar de vez en cuando.

El Lorax

En definitiva, ‘Lorax. En busca de la trúfula perdida’ es una película que no reniega de su naturaleza infantil y sabe manejarlo para ser suficientemente tolerable para un espectador adulto ya acostumbrado a producciones animadas con un contenido más orientado a ellos. Además, es un entretenimiento digno y llevadero para los más pequeños de la casa, teniendo el plus de servir para inculcarles (que no imponerles) la necesidad de un mayor respeto hacia la naturaleza que parecemos empeñados en querer destruir. Vamos, no es ninguna maravilla, pero tampoco una tontería ofensiva. Se puede ver en una tarde en la que no estemos demasiado exigentes.

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