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Documental estadounidense, de financiación independiente, del año 2006, ‘Los censores de Hollywood’ (This film is not yet rated, 2006) propone una mirada a la actitud de la MPAA (Motion Picture Association of America) y su sistema de calificación de películas con todas sus extrañas incoherencias y sus monopolios y su actitud, más parecida a la de un comité censor que a la propia de un país más o menos libre.

Dirigido por el premiado Kirby Dick, el film, visto por televisión y no tanto por las pantallas de cine, propone una mirada ciertamente aguda al mundo de la industria cinematográfica en su vertiente más preocupante: aquella que, mediante comités y organismos, decide qué películas pueden verse y qué películas merecen el destierro.



Esto se debe a que en Estados Unidos, a diferencia de muchos países de Europa, se cuenta con una calificación NC-17 (prohibida la entrada a menores de 17 años) que, a diferencia del R (restringida a menores acompañados) provoca grandes descensos de audiencia y condena a la marginación a muchas obras cinematográficas.

La película narra, con una mirada sarcástica y un notorio buen humor, la historia del ascenso de Jack Valenti, el que presidiría y organizaría el comité encargado de calificar a las películas, desde Washington hasta Hollywood hasta el oscurantismo que rodea a los miembros que califican las películas, desconocidos para el gran público y con un poder o una sensibilidad más o menos cuestionable. Que el número de movimientos de caderas en una cópula sea razón de dictar una u otra calificación proporciona al cineasta un gran carrusel de chistes.

Al mismo tiempo, Dick contrata a dos detectives que se encargan de comprobar y más o menos certificar cual es el perfil de estos “censores” invisibles mientras que ofrece testimonios de cineastas, como Kimberley Pierce o John Waters, que comentan con razonada indignación como la violencia obtiene mucha mejor aprobación que cualquier manifestación sexual, no digamos si esta no es heteronormativa.

Estas pinceladas honesta y francamente libertarias son lo mejor de la película, en las que se demuestra que en una teórica democracia existen monopolios y que la moral está sujeta a intereses de mayor poder que la teórica libertad de expresión que aparece, según dicen algunos, con el libre mercado. Denunciando como la sexualidad es todavía un tabú y no digamos ya la que hace referencia a asuntos no heteronormativos, la película brilla y hacemos contagia su notable buen humor.

Pero en cuanto da pinceladas sugiriendo otra película, ya sea por la ideología republicana de la nueva presidenta del comité de la MPAA, ya sea cuando intenta llevar al terreno de la representación de la guerra y la violencia como elementos inherentes y constantes de la industria, el cineasta Dick, y sus guionistas Eddie Schmidt y Matt Patterson, pierden el rumbo.

Lo que hubiera sido interesante, y para ello habría hecho falta si no un ensayo o un buen libro, sí otro tipo de documental, es explorar las raíces culturales que han convertido al sexo en un elemento tan atractivo como problemático en el contexto estadounidense. Cuando la película quiere ir más allá, proponiendo una mirada de entendible desprecio a una moral, está proponiendo, sin saberlo, otra moral mejor, y, también, no está siendo penetrante sino reafirmando las creencias de unos y otros.

A mi, que soy de esta España sin rumbo y eternamente libertina aunque cristiana, me habría gustado saber por qué allá se tienen tantos prejuicios con algo tan divertido y natural como es la sexualidad (hetero, homo, bi o trans) y por qué razón, para mi ignota, la ultraviolencia, glamourizada y estilizada, sí es permisible en el contexto de las ficciones o las representaciones. Me habría gustado saber como nace una intolerancia así, es decir, como triunfa una cultura así y como se desarrolla otra tolerancia. Pero el cineasta Dick prefiere comentar lo estúpido del asunto antes que indagar en ello.

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Hecha esta objeción, no puedo hacer otra cosa que recomendaros este documental: tiene bonhomía, proporciona unas cuantas pruebas para desconfiar de esa gestión peligrosa del bien común cuando se hace en aras de lo moral y no de lo pragmático, y ofrece, al menos, una agradable muestra de periodismo documental y sátira con un colofón en el que la propia película, como vemos, es calificada, o mejor dicho censurada, por el comité al que hemos visto, al fin, bajo algún tipo de escrutinio democrático.

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