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'Los siete magníficos', innecesaria pero contundente
Críticas

'Los siete magníficos', innecesaria pero contundente

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En 1993 cuando Clint Eastwood estrenó ‘Un mundo perfecto’ (‘A Perfect World’) existía ya el proyecto de realizar un remake de la popular ‘Los siete magníficos’ (‘The Magnificent Seven’, John Sturges, 1960) —film que no fue un éxito en su país, arrasando en Europa—, que tendría en su reparto al propio Eastwood, Kevin Costner y Tom Cruise. Sin embargo, la producción necesitaba de la unión de dos majors y un presupuesto astronómico, por lo que el proyecto quedó aparcado.

Veinte años después Antoine Fuqua, director tan interesante como capaz de lo peor, asume el mayor reto de su carrera en la época por excelencia de remakes y nostalgias varias. De hecho, la osadía de rehacer una ya de por sí excelente película no molesta tanto. Estamos ya más que acostumbrados a revisiones de todo tipo. Con sus fallos y convencionalismos supone uno de los mejores ejercicios retro de todos cuantos nos han llegado. El género cinematográfico por excelencia a través de un film innecesario pero con buenos momentos.

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Sencilla y directa

La premisa de ‘Los siete magníficos’ es de sobra conocida. Los habitantes de un pueblo, acosado por un tirano —con el rostro y voz de Peter Sarsgaard— que quiere las tierras, recibirán la esperanzadora y última ayuda de un grupo de siete hombres que les protegerán a costa de su vida. Fuqua divide el film en dos partes, más o menos bien diferenciadas. La reunión del grupo y el enfrentamiento con el villano y sus hombres. Poco más tiene esta película de dos horas y cuarto que apensa se para en la descripción de personajes.

Fuqua tira de clichés. Si Sturges, que se anticipó a la suciedad y subversión del eurowestern, creó prácticamente unos iconos, el director afroamericano simplemente los actualiza siguiendo los cánones del blockbuster actual: variedad racial y reducción a la mínima expresión. No hay un solo personaje memorable, pero sí hay muy efectivas interpretaciones, sobre todo las de Denzel Washington, Vincent D´Onofrio y Chris Pratt, actor con una encomiable facilidad para conectar con la audiencia.

Alrededor de esos clichés, más otros que caracterizan el género de géneros, ‘Los siete magníficos’ no se complica demasiado la vida. La historia ya la conocemos, el retorno al doble mito de Kurosawa y Sturges se basa en reunir un buen puñado de secuencias de acción, dejando que el resto se construya prácticamente solo. Los ecos de otros títulos del western resuenan sin demasiada presencia, algo casi sorprendente. Uno de ellos es, cómo no, el retrato sobre la venganza como motor psicológico de varios de los personajes.

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Algunas cosas no cambian

Y dicha venganza, a niveles personales, se convierte en una lucha interesada y de mayores proporciones en un contexto que jamás ha perdido un ápice de actualidad. El rico siempre se aprovechará del pobre. En estos tiempos tan convulsos —cuesta creer en una época de la humanidad que no lo sea— el mensaje de ‘Los siete magníficos’ no puede ser más contundente. Sólo hay una forma de vencer el abuso de poder, y es empuñando un arma. Fuqua lo deja muy claro, filmando con mano muy firme los tiroteos y las esperadas muertes de algunos de los personajes.

Salvo las decisivas secuencias de tiroteos, excelentemente planificadas, con instantes muy potentes, como el de cierto cartucho de dinamita, el resto de ‘Los siete magníficos’ es simple, previsible y bastante tópico. Incluso se permiten algunas licencias de más al contar con la complicidad del público. Sirva como ejemplo, el débil dibujo sobre el personaje al que da vida Ethan Hawke, y su utilización en el relato. Alargamiento innecesario de metraje.

James Horner, en su último trabajo para el cine, dejó aproximadamente unos siete temas para la banda sonora, que fue completada por Simon Franguel, colaborador de Horner durante muchos años. El acierto, como más o menos en el resto del film, está en no pretender hacer olvidar a Elmer Bernstein, a quien se le reserva los títulos de crédito finales donde suena el famoso leit motiv del film, y que provoca un efecto comparable al de John Williams con Star Wars. La nostalgia como negocio y efecto catártico final.

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