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En esta segunda entrega de la saga vampírica, basada en los éxitos de ventas de Stephenie Meyer, se cuentan las peripecias de una joven adolescente estadounidense (Kristen Stewart) que rompe con su compañero sentimental, el vampiro (vegetariano) Edward Cullen (Robert Pattinson) tras un incidente en la que él comprende que quizás su vida corra peligro.

Ella, desconsolada y vagando por el bosque, conocerá bien a Jacob (Taylor Lautner) con el que desarrollará un vínculo amistoso que pronto se convertirá en un triángulo amoroso. Stephanie Meyer es muchas cosas. Millonaria, en fans y en ilusiones y hasta en cheques hermosotes de dineros. Dólares, se dice. Es escritora. Y es una mormona del copón. Stephenie Meyer, que vive y baila y canta y escribe mormona, nos ha dado una gran pista (sermoneadora) de baile (casto, pegadito) para entender los dilemas metafísicos de los posibles creyentes.: ellos quieren darles con el tacatá, pero ellas les harán esperar hasta el matrimonio y tendrán hijos porque otra cosa no, pero vampiro, vale, pálida y con bajona, también, pero el aborto, en esta santa casa, no se tolera.

La saga Crepúsculo es, como ya os he dicho otras veces, camp o sea “La seriedad que fracasa”, pero de esta larga, larguísima saga, nada supera a esta película, que para mi es el alcanzar la cima más grande de los vampiros, es decir, meter a un vampiro vegetariano y a un hombre lobo metrosexual, meterlos a rivalizar a una mujer, meter la virilidad, sí, pero depilada y vegana, que es como cagarse en algo y al final soltar un amable ventoseo.

No sé si me explico.

Bueno, da igual. El caso es que Kristen Stewart es Bella, y Bella tiene un gran dilema. El falo vampírico, el colmillo que la tiene loquita, no es bueno (not healthy) para su salú. ¿Pero no pueden usar preservativos los vampiros veganos? Callarse, que sigo con la trama, todo esto coincide con el despertar, con el amanecer, de un macho indio de las profundidades del bosque llamado Jacob (Taylor Lautner ) cuya fantástica tendencia a quitarse la camiseta y enseñar pectoralia coincide con un dilema amoroso.


¿No es hermoso el bosque al atardecer? ¿No está sonando al fondo Death Cab for Cutie? Sí, todo está sucediendo pero es la aparición de los Vulturi, unos vampiros con nombre de mafia sospechosamente ridícula, lo que trastoca ahora los planes de vida de nuestros protagonistas. ¡Por si no fuera poco! ¡Vampiros vegetarianos, famílias vampíricas con capital (vampírico) y excelso gusto por la depilación en hombre lobo! ¿Se cree la gente que esto se consigue cada dos días?

Los actores están fabulosos. Robert Pattinson consigue que crea en lo insoportable que resulta no comer cuellos. ¿Habéis visto su cara? Por dios, ni en Razzmatazz a las siete de la mañana he visto yo esos jetos, ni hasta en los antros que abren hasta las once los llevan.: que el chico no come carne, ni chupa cuellos se nota a más de una legua.

Por supuesto, es Edward quien ha roto con ella, pero a ella todo esto le atormenta, más que un viaje a Alpedrete por donde pasa el coche del padre por las curvas de una carretera loca, que os aseguro que marea un montonazo. En todo caso, esto (¿podemos considerarla película de un modo convencional?) lo dirigió Chris Weitz.

Como si lo hubiera dirigido David Slade, Catherine Hardwick o ehem….Bill Condon.: da igual, la sensación que da es que esta saga la dirigen el publicista, los productores (the producers) y las legiones de apasionadas adolescentes que se implican (a tope, a tope se implican) y nos recuerdan que nada de palabras malsonantes (¿Follar?) sino que es el amor en lo que creen (nosotros hacemos el amor).

No entiendo, la verdad, a los cínicos. La película me hizo sentir quinceañera, se me erizaron los pelos de mis brazos al comprobar los desesperos de Bella y me sentí realmente inquieto con los Vulturi. ¡Qué traman! ¡Maldita sea! Creo que, eso sí, es la entrega más lograda de toda la saga.: puestos a lanzarse a un abismo donde cabe lo sublime y lo ridículo, donde no importa cuan bajo caigas porque terminas volando alto, hay que hacerlo por todo lo alto y a poder ser con menos proselitismo de lo habitual.


El equipo técnico de la película es sublime: tenemos a Alexandre Desplat poniendo banda sonora y al gran Javier Aguirresarobe como director de fotografía. Lamentablemente, ninguno de los dos está utilizado como debería y a la buena banda sonora se le suma una muy digna selección de temazos de indie-rock reciente, todo canciones de tristeza. Es una pena que estas películas, demasiado diseñadas para su público, digamos, objetivo, desaprovechen colaboradores tan talentosos porque visualmente podrían resultar más poderosas. Hay alguna escena con poderío, pero no hay mucho más.

Por supuesto, mi película favorita de vampiros la dirigió Neil Jordan, pero de eso, ya hemos hablado. A Caviaro no le gustó nada.

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