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‘Moneyball’ (id, Bennett Miller, 2011) —voy a pasar del ridículo subtítulo que le han puesto en España, ‘Rompiendo las reglas’— es una de las películas finalistas en las nominaciones a los Oscars 2012. Seis nominaciones entre las que se encuentran los premios gordos de mejor película, mejor actor principal —Brad Pitt—, y mejor actor secundario —Jonah Hill—, y que salvo la de Pitt considero a todas luces excesivas. Hay otras películas que merecerían ocupar el lugar del trabajo de Miller antes que este, quien curiosamente no está nominado. Pero hablamos de un film que habla sobre el deporte rey en los USA, el béisbol, que tal y como decían en la mágica ‘Campo de sueños’ (‘Field of Dreams’, Phil Alden Robinson, 1989) es el deporte que ha caracterizado a América a través de los años, recordando a su pueblo que una vez fueron buenos y que pueden volver a serlo. Una forma de identidad de uno de los países más poderosos del planeta. Y en cine, cuando hablan de ello, se nota que lo aman profundamente.

Es quizá por eso que las películas que de una u otra forma narran algo relacionado con este deporte —el cual personalmente encuentro fascinante, y sí, entiendo las reglas, bastante fáciles de comprender— suelen tener una gran aceptación popular, algo que no suele extenderse fuera de los límites de los USA, tal y como han demostrado las carreras económicas de films como ‘Ellas dan el golpe’ (‘A League of Their Own’, Penny Marshall, 1992), ‘Una mujer en la liga’ (‘Mayor League’, David S. Ward, 1989) o ‘The Rookie’ (id, John Lee Hancock, 2002), estruendosos éxitos de taquilla en su país de origen, films que pasaron sin pena ni gloria por nuestras carteleras cuando no se estrenaron directamente en DVD. El béisbol por estos lares está claro que no tiene la misma aceptación, y ya veremos cómo le va en taquilla a ‘Moneyball’, film lleno de datos y más datos sobre un deporte que por aquí poco interesa.

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Como casi todas las películas sobre este deporte —a la cabeza la muy grande ‘El orgullo de los Yanquis’ (‘The Pride of the Yanquees’, Sam Wood, 1942) con unos Gary Cooper y Walter Brennan inmensos— ‘Moneyball’ recoge hechos reales, en este caso la historia de Billy Beane (Pitt), un ex-jugador de béisbol, que no pudiendo demostrar su valía en el juego, se retiró a probar suerte como director de equipos, siendo el Oakland Athletics el equipo en el que haría historia. Relegados al último puesto de la liga, con los grandes jugadores adquiridos por otros equipos, Beane debe reconstruir el equipo con muchísimo menos presupuesto. Para ello echará mano del joven Peter Brand (Jonah Hill), un economista de Yale con un método basado en estadísticas de ordenador, algo que pondrá en jaque al entrenador y los demás directivos, que no ven con buenos ojos esa nueva técnica supuestamente revolucionaria.

La mayor parte del metraje de ‘Moneyball’ se centra en el debate que supone traicionar en cierto modo la tradición de un juego como el béisbol, en cuanto a la forma de captar nuevos fichajes. Para unos, los más tradicionales, el deporte supone horas y horas de sudor en el campo de juego, y el contar que siempre hay algo que no se prevé, pues sobre el campo de batalla, por así llamarlo, pueden suceder cosas inesperadas. Por el otro, dos hombres ferozmente entregados a la creencia de que las estadísticas de ordenador traerán la solución a sus problemas. El sólido guión de Steven Zaillian y Aaron Sorkin —sus currículums hablan por sí solos— llena de datos la historia, algunos de ellos muy interesantes, al descubrirnos y acercarnos los entresijos de un deporte tan amado por muchos e ignorado por otros tantos. Pareciera de algún modo que ‘Moneyball’ está hecha en cierta medida para aquellos que no conocen bien el deporte, y eso tiene su mérito, pues la película no muestra demasiadas escenas de béisbol, e incluso renuncia a recrearse en algunos momentos clave del juego como sí hacen otros films de la misma índole.

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Sobre el papel ningún problema. Sin embargo, la puesta en escena de Bennett Miller ya es otro cantar, y los defectos que mostró en su anterior film, el muy académico ‘Truman Capote’ (‘Capote’, 2005) salen a relucir en ‘Moneyball’. Lo que el libreto de Zaillian y Sorkin parece prometer, mezclando en la vida de Baine retos profesionales y personales, se pierde un poco con una escenografía sin alma ni pasión, fría por momentos. De acuerdo que maneja bastante bien el ritmo —hablamos de una película que no llega a aburrir en sus dos largas horas de duración, a pesar de tantos diálogos sobre el béisbol—, apoyado en un digno montaje de Christopher Tellefsen, pero siempre nos deja la extraña sensación de no visualizar con grandeza lo que el guión sugiere. Hay instantes en los que Miller se debate entre el virtuosismo —sutiles planos secuencia en los gimnasios— y el lenguaje puramente televisivo. Al menos no ha caído en los efectismos que caracterizan la mayor parte del cine actual, y ‘Moneyball’ puede presumir de cierta sobriedad.

Creo que lo mejor de la función es un muy entregado Brad Pitt, consciente de su condición de estrella, pero sin dejar que ello arruine su labor. Su personaje es sin duda uno de los mejores de su carrera, demostrando que está en su mejor momento. Podemos apreciar en su rostro al mismo tiempo su preocupación —su hija, el equipo—, su enfado —los pobres resultados en el juego—, y sobre todo su firme convicción en lo que hace. Pitt transmite una serenidad increíble, controlando en todo momento su personaje, algo que por otro lado intenta, pero infructuosamente, Jonah Hill, cuya nominación encuentro la más exagerada de todas. Este actor no puede quitarse la cara de cachondeo que tiene, y sus intentos de papel serio producen el efecto contrario, con sus silencios, sus balbuceos y sus miradas al infinito. Pitt es el que lleva el peso de la función por los dos. A un lado Philip Seymour Hoffman, que llena todos los planos en los que sale, está muchísimo más convincente.

Una clase sobre cómo funcionan las cosas en el negocio del béisbol y una excelente interpretación. Nada más.

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