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Yo tampoco sé lo que es el amor, pero lo intuyo.

Nino (Santiago Segura) y Bruno (El Gran Wyoming) son dos cómicos que han hecho carrera por accidente, tras conocerse en una fatídica noche en la que el bar donde trabajaba el primero como cantante, con imitaciones de su ídolo Nino Bravo, terminó en llamas por culpa de unos matones de la legión. Cuando alcanzan el estrellato, en la reciente historia de España de los setenta y ochenta, los celos y el odio mutuo se convertirán en la dinámica de una relación marcada por la incomprensión.

Cuando vi aquella película fallida y gratuita llamada ‘Balada triste de trompeta’ (id, 2011) pensé que Álex de la Iglesia había caído en aquello que justamente logró esquivar unos años antes, cuando dirigió esta ‘Muertos de Risa’ (id, 1998) con la que comparte no pocos rasgos formales y temáticos. Las dos son dos historias de muerte y deseo llenas de venganza. Ambas tienen a dos bufones antagonizando su vida al tiempo que la hacen imprescindible. Y en ambas el trasfondo sociopolítico español es clave.

Bien. ¿Cual es la diferencia? Yo creo que la película de los payasos era una película autoconsciente, sin demasiado que aportar y deliberada en todos y cada uno de sus arranques de salvajismo. También está la posibilidad, que yo no descarto, de que al repetir la fórmula, obtenga el cineasta lo peor de cada película. Porque es muy posible que esta historia de cómicos que se odian sea una historia de las dos Españas, pero no creo que la película triunfe en eso.

De hecho, como alegoría es muy pobre. Ciertamente, donde triunfa la película es al espectacularizar el trasfondo histórico como un campo de juegos en el que suceden astracanadas inverosímiles casi siempre fuera de plano. Así, el 23F o las Olimpiadas son episodios nacionales divertidos, revelados, en manos del talentoso y aquí inspirado De La Iglesia.
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¿Qué pretende decir la película? Es posible que España sean eso: dos chulos haciéndose la vida imposible, uno acomplejado y el otro rechazado, uno inseguro y el otro resentido. Pero ese no es el interés de estos dos personajes, absolutamente detestables, arrebatados de toda ternura gracias al libreto de Jorge Guerricaechevarría y De La Iglesia que comienzan su película con unos títulos de crédito animados, en homenaje al estilo inimitable de la UPA.

Lo que resulta gracioso, y lo que mantiene en marcha toda esta historia que evoca también la historia mediática de los grandes cómicos españoles (desde Tip y Coll a Martes y Trece), es el estilo inspirado con el que la rueda De La Iglesia, lleno de imaginativos y largos travellings, de una brutal y barroca dirección de arte de Arri y Biaffra y de una excelente partitura de Roque Baños.
Por supuesto, el mejor Santiago Segura, acompañado de Wyoming y del siempre excelente Álex Angulo, brilla en esta película, componiendo un osito de peluche violento y marginado, eternamente pringado sin dejar de sugerir una tragedia de provincia, virginidad y humillación constantes.

Al mezclar un estilo dinámico, sacado del más frenético Martin Scorsese, con el vigor y el esperpento de su siempre reverenciado Rafael Azcona, De La Iglesia encontró el registro más interesante de su estilo y también el más original y juguetón. Y dejó, para nuestra risa y nuestro espanto, su mejor película desde ‘El día de la bestia’ (id, 1995).

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