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Oblivion ppal

Vaya por delante que fui de aquellos que, a la salida de ‘Tron: legacy‘ (id, Joseph Kosinski, 2010) defendía más que atacar a una cinta visualmente fascinante que aquejaba no pocas carencias en otros terrenos pero que, en opinión del que esto firma, terminaba salvándose por mor de un primer acto espléndido y un clímax que no le iba a la zaga, elevándose muy por encima de lo que su predecesora, un filme al que el paso de las décadas ha tratado horriblemente mal —sobre todo en lo que se refiere a un guión plagado de lagunas incomprensibles—, había sido capaz de ofrecer en 1982.

No obstante, no me duele en prenda coincidir con aquellos que rechazan de pleno la secuela por adentrarse sin tener necesidad en una absurda mezcla entre filosofía y religión new age que no venía a cuento, y por lo mal aprovechado —y me quedo corto— que estaba el personaje de Flynn, algo imperdonable si tenemos en cuenta que todo el partido que se podía haber sacado del gran Jeff Bridges se volcaba en explotar las muchas limitaciones en el terreno interpretativo de Garrett Hedlund u Olivia Wilde. Curiosamente, todo lo que acabamos de apuntar sobre ‘Tron: legacy’ es trasladable, de un modo u otro, al nuevo filme de Joseph Kosinski, esta irregularísima cinta de ciencia-ficción post-apocalíptica que es ‘Oblivion (id, 2013).

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Nos encontramos en la Tierra del año 2077. Un planeta arrasado, supuestamente, por la invasión extraterrestre de una raza conocida como los Saqueadores que destrozó la Luna alterando así por completo la fisionomía de la superficie terráquea y aniquilando a la mayoría de la población mundial. Los que quedaron se han mudado a Titán, una de las lunas de Saturno, mientras que unos pocos han permanecido estacionados en nuestro planeta como vigilantes de unos grandes conversores que extraen toda la energía posible de los océanos y mares.

Uno de los que aún camina por nuestro desolado planeta es el técnico Jack Harper —Tom Cruise—, un hombre que en sueños recuerda una vida antes de la invasión que es imposible que haya vivido y con la que ha creado ciertas ataduras difíciles de romper. Tras un inesperado (re)encuentro, Jack verá puesta a prueba su voluntad al descubrir que la realidad que le rodea es mucho más terrorífica de lo que podía haber llegado a imaginar.

Oblivion 2

Desaprovechada de principio a fin. Esa es la mejor manera que se me ocurre para definir a ‘Oblivion’, una cinta que, como apuntaba más arriba, acusa sobremanera el “síndrome ‘Tron: legacy“, haciendo suyos los errores del anterior filme de Kosinski para ofrecer una versión amplificada de los mismos. Unos errores que, a poco que se rasque en su superficie, devuelven llamativas debilidades imposibles de pasar por alto, por más que se trate de una cinta de ciencia-ficción —que no una de fantasía, género del que es confeso devoto su máximo artífice—.

Huelga decir que, a la vista de lo que cualquiera de los trailers que circulan por la red muestra, la componente visual de la cinta es magnífica, creando el realizador de mano del equipo de efectos digitales tanto un alucinante mundo post-apocalíptico, arrasado por la carencia de la influencia gravitatoria de nuestro satélite, como unos espléndidos diseños de las diversas máquinas y construcciones que pueblan la acción, de frías y depuradas líneas derivadas de las formas básicas de la geometría como demuestra, por ejemplo, ese tetraedro que es el TET.

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Más allá de lo que el diseño ofrece se abre, como suele decirse, el abismo. Un abismo que afecta en primera instancia a las interpretaciones, frías y carentes de emoción todas ellas, con errores de casting como el de Olga Kurylenko, incapaz de insuflar vida a un personaje clave en el devenir de la trama; con el gran Morgan Freeman desaprovechado mediante un personaje de poca presencia y cuestionable relevancia en la acción y con un omnipresente Tom Cruise cuya correcta actuación no comporta el suficiente peso como para equilibrar la acusada inclinación de la balanza.

Legado directo de su anterior filme es la estructura con la que Kosinski plantea un desarrollo que incide, de la misma manera que lo hace el reparto, en la transmisión de frías sensaciones al respetable: tras un espectacular arranque —apoyado de forma singular en una espléndida partitura compuesta por M83 con claras influencias de Daft Punk y Hans Zimmer— nos vemos obligado a soportar el bajonazo de ritmo del que hace gala la exposición de la trama en el segundo acto, no logrando la ligera recuperación del mismo de cara al final que el interés de la platea se recupere lo suficiente como para aceptar la gran cantidad de incoherencias que hasta entonces hemos tenido que tragar.

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Y aunque la estructura de montaña rusa que vertebra la cinta no afecte a la dirección de Kosinski, que en todo momento se rige por la regla del máximo espectáculo dejándonos brillantes secuencias como la citada inicial o el ataque de los drones al búnker, no podemos afirmar lo mismo de un guión que descarrila cuántos vagones puede para seguir avanzando, importándole muy poco el lastre que suponen las vagas explicaciones que deja por el camino o las muchas y considerables lagunas que nunca terminan de resolverse.

Es aquí, en el libreto escrito por el director junto a William Monahan, Michael Arndt —miedo da lo que esté guionista pueda hacer de cara a la nueva entrega de cierta saga galáctica— y Karl Gajdusek donde ese superficial rascado que indicaba más arriba hace más mella en la credibilidad de una historia que se derrumba irremisiblemente merced a la ingente cantidad de sin sentidos que acumula su desarrollo, planteando demasiadas incógnitas como para ser ignoradas.

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(Spoilers a mansalva) ¿Por qué hibernaron los astronautas si la TET, la nave extraterrestre, estaba en la órbita de la Tierra? ¿Cuál es el significado oculto tras la aparición de ‘El mundo de Cristina‘, el conocido cuadro de Andrew Wyeth, más allá de que nos preguntemos el porqué de su aparición? ¿Cómo es que el Jack del final lleva el uniforme con el número 52 si se suponía que el otro Jack se lo había quitado para no levantar sospechas? ¿Cuáles son los motivos por los que una inteligencia artificial superior capaz de construir unos drones que “huelen” el ADN humano no es capaz de detectar que una nave suya lleva a bordo una bomba capaz de destruirla? ¿A qué se debe la pausa dramática del dron en el búnker a la hora de disparar contra el grupo que encabeza Julia cuando ha matado sin piedad a todo lo que se movía segundos antes?…y así, ad infinitum.

Conjugadas todas estas preguntas con las excesivos prestamos de la cinta —por el metraje encontramos innumerables referencias a ‘2001, una odisea en el espacio‘ (‘2001, a space odissey’, Stanley Kubrick, 1969), ‘Matrix‘ (id, Larry & Andy Wachowski, 1999) o ‘La guerra de las galaxias‘ (‘Star wars’, George Lucas, 1977), por citar sólo algunas— ‘Oblivion’ termina resultando una propuesta fallida que no ofrece nada nuevo al espectador en general y, mucho menos, al amante de la ciencia-ficción, que observa como una buena premisa de partida se queda a medio camino en demasiados frentes.

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