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El asunto de la película es el de una comedia romántica: un apuesto hombre, trabajador que ha prosperado con suerte y sin enchufe alguno, llamado Johnny Chase (Cary Grant) descubre en Linda (Katharine Hepburn), la hermana de su rica prometida Julia (Doris Nolan), un interés amoroso profundo y atractivo, viéndose inmiscuido en un dilema.

Empiezo con dos lecturas apreciables para explicarme en este especial que ha empezado blogdecine y en el que incluiremos una lista heterodoxa de obras maestras, la mayor parte del tiempo poco señaladas o enfatizadas como clásicas. Recomiendo a los lectores, ya de entrada, la biografía de Patrick MacGilligan que escribió sobre George Cukor: no tanto por los chismorreos, que abundan, sino por la minuciosa narración de su relación estrecha con colaboradores y actrices que ayudará al lector a reconstruir el proceso que hay detrás de todo logro artístico, y, en este caso, una película, algo sujeto a las condiciones industriales de un sistema de estudios.

El estudio de Augusto M. Torres aunque decididamente incompleto, editado por Cátedra en el 92, es la mejor referencia para indagar en la filmografía más emblemática de tal cineasta y sirve como simple introducción a este cineasta, cultivador de la alta comedia y siempre en un lugar decididamente excéntrico de las listas, algo que podemos interpretar como un logro y a la vez como una cierta injusticia.

Bastante superior a muchos de los clásicos que se tienen aún por populares, esta obra maestra precede a la también perfecta y más conocida ‘Historias de Filadelfia’ (The Philadelphia Story, 1940) que presenta una sencilla variación sobre los mismos temas aquí presentados y lo hace, a mi juicio, con una efectividad mayor al examinar detalladamente las decisiones de sus protagonistas.

¿Qué tiene de especial ‘Vivir para gozar’ (Holiday, 1938)? Es una comedia sobre algo que ahora ocultamos deliberadamente. Una de las promesas del ocio, que nos convierte a todos en consumidores, es que desaparecen las diferencias de clase: no es difícil ver a una generación de jóvenes, entre las que me cuento, mirando con esperanza la promesa de que la clase y el dinero que logren ganar cada mes no influirá en sus deseos, en sus amantes, en sus posibilidades.

Dicen los medios que ese es el lenguaje del pasado. Dicen que eso ya ha desaparecido. Luego llegan índices (estancados) de movilidad social y todo sucede. ¿Y todo esto – me dirá algún lector suspicaz – qué tiene que ver con la película de Cukor? Vayamos a examinar su argumento: cuando el hombre trabajador, al que presta espléndida y juguetona presencia el mejor Cary Grant posible, está prometido, se sorprende al descubrir la riqueza de su família.

Se sorprende porque condiciona. Es una reacción natural, humana. No sin hipérboles, no sin énfasis, hubiéramos sido capaces de contarlo en una comedia reciente. También los treinta fueron una década libre, verdaderamente libre y adulta, para Hollywood. Tras la sorpresa viene conocer al padre (Henry Kolker) y al hermano, Ned(Lew Ayres, en un papel difícil que solventa con asombrosa sencillez) y también a su interés verdadero, la mujer, comúnmente conocida en el idioma inglés como free spirit (espíritu libre), más relajada e improvisadora, menos atada, que encarna Katharine Hepburn.

El filósofo Stanley Cavell examina en Pursuits of Happiness como estas son las comedias del “remarriage” que podríamos traducir, libremente, como “rebodas”, en referencia al segundo casamiento producido siempre en el último acto. Entre ellas figura, por cierto, la excelente ‘Sucedió una noche’ (It Happened one night; 1934), ya comentada por mi compañera Miriam.

Pero ¿por qué se siente atraído por un espíritu libre? Para empezar comprueba qué sucede con las ambiciones de estatus y con la manera de lidiar con la vida con Ned. Lo que sucede ya no le gusta. Todo aquello que causa repulsa al héroe de esta comedia no es aquello que nos causa repulsa solamente.: es aquello en lo que puede reconocer lo que ya no quiere ser, en lo que ve un camino de lo posible.

Así, su elección de Katharine Hepburn es una elección metafísica. La elige a ella porque amar no es solamente soñar, a la manera restrictiva de la peor publicidad contemporánea o de las canciones pop más mentecatas. Amar es lidiar con las consecuencias. Querer no es otra cosa que querer las consecuencias no también sino por encima de todo.

Las consecuencias del amor son el día a día, son las elecciones, son lo que aceptamos y lo que no. Un hombre hecho a sí mismo no necesita ahora una vida de clase, un mundo de clase alta y magnífica apariencia. Necesita, significativamente, vivir como él quiere. Pero ¿qué quiere? Quiere, desde luego, ser mejor: no en condiciones materiales sino éticas. Para Johnny Chase, se ama para el recuerdo de aquello que oímos latir, aunque sea lejos, y es el latido de un yo nuestro, enterrado, a veces poco probable, en el que logramos ser mejor que nuestras vanas esperanzas, que nuestros temores. Si esto no es una película verdaderamente profunda, pues todo esto aparece explicado por la trama y no subrayado por sus personajes, no existe tal cosa en el cine.

Estamos ante Cukor, por supuesto, cineasta apto en planos en los que deja cohabitar y pelear y saltar a los personajes y maestro redomado del montaje y la tensión compositiva en escenas de hilaridad máxima. La obra teatral de Philip Barry sirve como origen, el libreto de Donald Ogden Stewart y Sidney Buchman es presto a los talentos de su cineasta. El reparto magnífico, y la fotografía de Franz Planer más un impresionante trabajo de montaje de Al Clark y Otto Mayer hacen el resto.

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