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El director Jean-Jacques Annaud tuvo su momento de esplendor a raíz de su éxito por ‘En busca del fuego’ (‘La guerre du feu’, 1981), tras la cual vinieron las aún más exitosas ‘El nombre de la rosa’ (‘Der Name der Rose’, 1986) y ‘El oso’ (L´ours’, 1988). Films que mostraban a un director que sabía encontrar un equilibrio narrativo/estético realmente envidiable, tomando la sencillez como la mejor de las herramientas. Como muchos otros realizadores, enseguida sucumbió al esteticismo y sus films se volvieron estampas muy bonitas pero vacías de todo contenido. Con ‘Oro negro’ (‘Black Gold’, 2011), que ha pasado completamente desapercibida por las carteleras de nuestro país, parece regresar a cierto tipo de cine, podemos llamar clásico, con un punto de épica, en una de esas historias de las que ya no se cuentan.

Annaud intenta devolver al séptimo arte ese tipo de película que parece ya no interesan a nadie —quizá de ahí su poca repercusión en los cines, más sorprendente aún cuando viene de un director que vivió tiempos mejores, narrando historias que sí interesaban a las audiencias— en una película alejada de toda parafernalia visual, aunque no reniegue de las actuales técnicas digitales tan de moda. Con un ajustado presupuesto de 40 millones de dólares —cualquier otro director de mayor renombre hubiese necesitado mucho más— Annaud logra que ‘Oro negro’ luzca como una superproducción en toda regla, llena de extras, y en cuyas imáganes bucea el recuerdo de cierta cinta dirigida por el gran David Lean, salvando las distancias evidentemente.

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La película recoge a modo de relato de aventuras los enfrentamientos entre distintos clanes en los reinos árabes a principios de los años 30, cuando una compañía texana intentó explotar los grandes yacimientos de petróleo. En un lugar denominado el cinturón dorado es donde se quiere extraer el crudo, pero dicho lugar permanece intacto como símbolo de la paz entre dos reinos anteriormente en guerra. Los problemas surgirán cuando uno de ellos quiera enriquecerse a costa del petróleo, saltándose el acuerdo con su oponente, quien parece negarse a todo progreso. Premisa muy clásica, en la que se habla entre otras cosas de las tradiciones, de los peligros de todo avance tecnológico, de las creencias y no sólo religiosas, en un marco lleno de arena, sol y siempre con una claridad narrativa que haría las envidias de muchos realizadores perdidos en querer romper las mal llamadas reglas del cine.

La sensación que produce ‘Oro negro’ en su primer tercio es la de desconcierto, incluso rechazo. Cuesta creerse a alguien como Antonio Banderas en la piel de un rey árabe codicioso, pero que en el fondo parece tonto de remate, ofreciendo una visión de los árabes poco menos que ridícula. A su lado, o más bien enfrente, su antagonista, un muy correcto Mark Strong cargando con un personaje más rico en matices. Es en la historia de uno de los hijos del segundo, y la relación con su padre, donde encuentro los mayores atractivos del film, pues se ponen sobre la mesa cuestiones tan antiguas como antiguo es el ser humano, cuestiones que seguirán llenándonos de dudas en siglos venideros. Cuestiones sobre las cosas de verdadero valor, el coraje, la amistad, la compasión, y sobre todo, el amor.

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Tahar Rahim, al que todos pudimos admirar en la magistral ‘Un profeta’ (‘Un prophète’, Jacques Audiard, 2009), lleva en cierto momento todo el peso de la función, como joven ensimismado con los libros en un pueblo cuya ignorancia y fanatismo religioso —el Corán se nombra repetidas veces, y no precisamente para dejarlo bien— les llevan a hacer cosas realmente sin sentido. Será precisamente su conocimiento el que le lleve a convertirse en un hombre perfectamente preparado para la guerra, pero también para ser un hombre justo capaz de encontrar el entendiemiento entre oriente y occidente. Pero como todos los grandes hombres que protagonizan grandes historias, encontrará la verdadera madurez y hombría a través del sacrificio y las penurias. Son varios los instantes en los que Annaud nos muestra hechos tristes, pero afortunadamente sin cargar las tintas, por mucho que la banda sonora de James Horner, empeñado en plagiar a John Williams en algunos instantes, se empeñe en ello.

Annaud se muestra simpre seguro, manejando el ritmo a la perfección, aunque habría que demandar algo más de pasión, y sobre todo el no descuidar a ciertos personajes. Baste recordar el papel de una decorativa Freida Pinto, a quien se le echa en falta un poco más de empaque en una historia en la que continuamente nos recuerdan que el amor es el bien más preciado del hombre. Los diálogos entre Mark Strong y Tahar Rahim están llenos de grandes frases para enmarcar, grandes verdades que nos hacen reflexionar sobre lo verdaderamente importante en la vida. La posible grandeza de ‘Oro negro’ se encuentra más en sus líneas de diálogo que en sus imágenes, filmadas con más corrección que maestría, y es que da la impresión de que Annaud ha jugado sobre seguro, sin haberse arriesgado. El riesgo se ha corrido a la hora de estrenarla, pues las audiencias de hoy día reniegan de este tipo de productos de factura clásica.

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