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“Ahora, explíquemelo como si fuera un niño de cinco años”

-Joe Miller

Las cosas como son: cuando Hollywood se empeña en dar voz a un tema de actualidad es capaz de lo mejor y de lo peor. Y esto independientemente de quién esté involucrado en el proyecto. Después de hablar de cine judicial con ‘Algunos hombres buenos’, en lo que a mi respecta, un ejemplo de dirección de actores soberbia, ritmo perfecto, guión brillantísimo, vamos a hablar de la que sin lugar a dudas es una de las peores películas de juicios que se han visto en una pantalla de cine. Una que es ejemplo de todo lo contrario: de manipulación emocional, de guión bochornoso, ritmo inexistente, dirección de actores blanda y al servicio de una estrella que se lanzó de cabeza a por el Oscar. ‘Philadelphia’ aún cuenta con defensores, estaría bien que argumentasen su postura, si pueden.

Hacía ya años que el SIDA estaba causando estragos en todo el mundo, incluido en el seno siempre hipócrita, de doble moral y rasero de Hollywood. Pero hubo que esperar a 1993 para que esa industria, que en lo relativo al sexo y a todo lo que le rodea demuestra un infantilismo galopante, se pusieran con un film mainstream que va de cine de autor, y que no es más que un intento de cine de prestigio vacío, pretencioso e insostenible, de una mediocridad aplastante. Vista hoy, es de una ingenuidad bochornosa. Una especie de telefilme con estrellas, una falacia. Y es una pena, porque participó en ella gente de mucho y probado talento. Ahora bien, la lista de películas sobre discapacitados o enfermos fabricada para ganar el Oscar es larguísima, y esta no es la peor (tal dudoso honor podría pertenecer a ‘Una mente maravillosa’), aunque de su director sin duda lo es.

En mi opinión Jonathan Demme no sólo es un gran director, sino también un tipo con gran personalidad, comprometido con sus ideas. Y además buena gente. No se entiende cómo pudo firmar para hacer este engendro a mayor gloria del Niño Bonito de Hollywood Hanks. Enamorado del cine, pero sobre todo de la música, ha dirigido varios documentales brillantes sobre sus artistas favoritos. Y no sólo eso, ha filmado magníficas comedias. Y como colofón es autor de una de las mejores y más hermosas películas de los años 90, la fundacional ‘El silencio de los corderos’. Pero todo el mundo comete errores, y este es uno garrafal. Intento de drama social que deviene melodrama infecto, especie de fábula moral para niños en el que los malos son malísimos y los buenos buenísimos, salvo el abogado de Hanks, Miller, interpretado por el gran Denzel Washington, que efectuará, supuestamente, el viaje del espectador, desde la homofobia inicial, e ignorancia acerca del SIDA, a la comprensión y amor finales.

Ahí es nada. Como si el cine sirviera para que la gente cambiase sus ideas por el mero hecho de visionar una historia de superación personal. Si esto fuera cierto, todos los que vimos, y admiramos, ‘El triunfo de la voluntad’, deberíamos ir por ahí sacudiendo a etnias minoritarias. Pero tal cosa es lo que algunos esperan conseguir con el cine, y lo que los defensores de las historias “con mensaje” creen que se puede lograr con historias como ‘Philadelphia’. Una cosa está clara, el que albergara sentimientos en contra de los homosexuales no va a cambiar de idea viendo esta película. Pero el que esperase ver cine verdadero, profundo y sincero, desde luego salió escaldado de la sala.

Esto es cine azucarado, elaborado para arrasar en taquilla. Su guionista, un tal Ron Nyswaner, apenas había hecho otra cosa antes, y después se pasó diez años en su casa de Malibú (es un decir) tomando daiquiris en su piscina, disfrutando del éxito de la película. No me cabe duda. Como no me cabe en la cabeza otra cosa que fue contratado por un par de tipos con puro, que le pidieron un drama humano sobre un tipo con SIDA. El argumento es como sigue: un abogado brillantísimo, que gana una fortuna trabajando para una gran firma de abogados, y que además es un angelito, o casi, que ha descendido a la Tierra, resulta que es homosexual, y en un escarceo en un cine X con un desconocido, va y pilla el SIDA, el pobrecito, debido a lo cual es despedido improcedentemente, y se pasa los últimos meses de su vida luchando por una indemnización alucinante que no sólo le haga justicia a él, sino a todos los homosexuales y a todos los seropositivos. Si alguien me pregunta qué tiene de interesante esta trama, no sabría qué contestar.

Por ahí andan los maravillosos Jason Robards, Joanne Woodward, o el blando y guaperas Antonio Banderas, en un patético rol de novio estupendo de Hanks. Y si Hanks es un angelito, él es un santo varón, que todo lo perdona y que le ama hasta el fin. Aunque no me sorprendería, dado lo delirante de la trama, y lo angelicales que son todos, incluida la familia (que le apoya y le ama como sólo las familias adineradas blancas y protestantes aman a su hijo gay), que todo lo hicieran esperando como buitres la enorme suma de dinero que al final, por supuesto y nadie lo dudaba, hacen pagar a la cruel y desalmada firma de abogados. Aunque hay buitres peores, los productores de la película, que montaron un espectáculo a costa de una minoría que todavía luchaba, y aún lucha, por sus derechos, y de otra, los seropositivos. Esos buitres se forraron con esta memez de película.

Ah, sí, la canción de Springsteen muy bonita.

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