'Pequeñas mentiras sin importancia', los amigos de Ludo

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Un grupo de amigos se reúne, como cada año, en su espléndida casa en la playa para celebrar la llegada de las vacaciones. Lo que sucederá o interrumpirá dichos fastos será el fatal y terrible accidente del amigo de todos ellos, cambiando, para siempre, el devenir de sus vidas.

Les petits mouchoirs que es como los franceses llaman a las mentiras piadosas, a las Little White Lies en también memorable expresión anglosajona. Con 154 minutazos, estas son mentiras de una hondura considerable, pienso, y me siento a ver esta película, que empieza con una deslumbrante secuencia inicial, en la que diría que este cineasta francés, Guillaume Canet, se ha bebido el pulso formal de aquél Robert Zemeckis. También firma Canet el guión y creo que estamos ante un excelente director de actores, un más que solvente cineasta, y un guionista bastante flojo, de ahí vienen mis problemas.

Desafortunadamente, no se ha tomado los mismos brebajes de Lawrence Kasdan o del todavía más sutil Kenneth Branagh quienes ya han rodado esta película mucho antes, mucho mejor y también con mimbres menos excesivos y mejores. Me estoy refiriendo, claro, a películas tan estupendas como ‘Reencuentro’ (The Big Chill, 1983) o ‘Los Amigos de Peter’ (Peter’s Friends, 1992) todas forjadas en la reunión y la nostalgia y todas contando con un grupo espectacular de grandes actores y una perspectiva social y política bastante admirable.

Esta película no es excepción. Guillaume Canet abre la película de un modo tan potente como innegable y es indudable que el efectismo dramático funciona de un modo servicial, colocando al espectador inmerso en la historia, pero lo que sostiene después la película son su estupendo plantel de actores, no tanto, me temo, su guión, bastante discutible, cargado de clichés, cuando debería ser, precisamente, lo más interesante de esta historia.

François Cluzet, Marion Cotillard o Jean Dujardin se cuentan entre las presencias más reconocibles en esta propuesta, y están magnéticos, pero no conviene olvidar a otros excelentes actores galos como Benoît Magimel o Gilles Lellouche, ambos con una carrera solvente a sus espaldas, o los más desconocidos aquí Pascale Arbillot o Valérie Bonneton.

Cotillard ofrece un registro dramático inusual, dado que en su carrera reciente, alternando superproducciones hollywoodienses con vehículos franceses hechos a su medida, rara vez se le ofrece la posibilidad de interpretar, glups, a una francesa de clase media en una serie de aprietos vitales muy concretos. Resulta refrescante ver a Cotillard de vuelta al cine francés, demostrando su versatilidad y sus matices, siempre más desaprovechados en las películas de gran presupuesto, donde, hasta ahora, ha tenido labores demasiado decorativas.


La fotografía de Christophe Offenstein es decididamente bella y hermosa, demostrando que Canet tiene aliados técnicamente muy notables. Dos horas y media después, los excesos lacrimógenos, los speeches-a-buen-momento tampoco terminan de funcionar. Es posible que la película quiera configurarse como un fresco generacional sobre una generación de estos treintaytantos frivolones y con sus pequeñas hipocresías (¡como fueron entonces!) pero no hallo en ella nada novedoso o reconocible, más allá de un encadenado de efectismos.

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