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En la magistral película de Sam Peckinpah ‘Perros de paja’ (‘Straw Dogs’, 1971), film que por cierto sigue conservando toda su fuerza a día de hoy, probablemente hoy más que antes, el director mostraba sin miramientos el lado salvaje de todo ser humano. La aceptación de dicho lado nos ayuda para enfrentarnos a las barbaridades que todos sin excepción somos capaces de hacer. Baste una mirada sobre nuestra propia Historia para darle la razón a Peckinpah. Su discurso, duramente atacado por ciegos, está realizado sin maniqueísmos ni trampas y sobrevive a lo largo del tiempo como una advertencia, como un retrato visceral sin concesiones del lado más oscuro del hombre. Rod Lurie parece no haber entendido nada de nada.

Los remakes pueblan el cine desde que este nació. Pero hay remakes y remakes. En mi opinión, un buen remake es aquel que sin traicionar la esencia del original —teniendo en cuenta que hablamos de un film genial— aporta algo más a la historia, ofreciendo otro enfoque. Es evidente que cada director tiene su visión del mundo, pero ahí tenemos ejemplos de lo que quiero decir. Chirstian I. Niby, bajo la tutela de Howard Hawks, realizó la magistral ‘El enigma de otro mundo’ (‘The Thing From Another World’, 1951), siendo revisada después por el genial John Carpenter en la maravillosa ‘La cosa’ (‘The Thing’, 1982). También podemos observar como el mismo director realiza dos tratamientos distintos de la misma obra; no hay más que acordarse en Leo McCarey y sus imprescindibles ‘Tú y yo’ (‘Love Affair, 1939) y ‘Tú y yo’ (‘An Affair to Remember’, 1957). Podríamos citar también los revisados de Douglas Sirk de las películas de John M. Stahl, y así hasta dejar claro que el remake, per se, no es una mala operación. Con ‘Perros de paja’ (‘Straw Dogs’, 2010) sí.

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A pesar de que el referente literario, ‘The Siege of Trencher’s Farm’ de Gordon Williams, está acreditado, lo cierto es que estamos ante un remake propiamente dicho del film de Peckinpah. Los cambios realizados dejan con la boca abierta, por el simple hecho de que son mínimos, y en cambio el resultado es de una desfachatez insultante. Un joven matrimonio decide volver al pueblo de origen de ella. Lurie cambia la campiña inglesa por el sur de Estados Unidos, en una localidad donde sus habitantes son fervientes religiosos, pero muchos de ellos unos cazurros impresionantes. También se añade el detalle de que Amy Summer (Kate Bosworth) había tenido una relación con Charlie (Alexander Skarsgård) por lo que la fuerza de la famosa escena de la violación no aparece por ningun lado.

Y es que tal punto de inflexión en la historia no tiene nada que ver con la misma escena del film de 1971. En este caso Rod Lurie ha seguido todos los patrones que envenenan las escenas sexuales del cine actual, tomando incluso formulismo televisivos. No es casualidad que uno de los actores más cachondos de la actualidad —hasta yo me lo tiraría—, Alexander Skarsgård, también visto en la olvidable ‘Melancholia’ (Lars von Trier, 2010), esté en el reparto y protagonice dicha secuencia. Recién salido de la impresionante ‘True Blood’, en la que hace babear a media humanidad como vampiro, el actor cae demasiado bien como para dar vida a un personaje al que se le supone cierta profundidad psicológica. Sus dudas al respecto de lo que están haciendo no están bien mostradas, y lo que es peor, la famosa escena ni revuelve ni asquea. Y hablamos de una violación.

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Si Peckinpah utilizaba planos cortos y se concentraba en las expresiones de los actores, Lurie se recrea en los cuerpazos de sus intérpretes. Con ello, el efecto logrado es el contrario al del film original. En ‘Perros de paja’ versión 2010 no asistimos a una escena de sexo brutal que nos conmociona y agita nuestras conciencias. Simplemente disfrutamos del espectáculo y de unos cuerpos bellos que en ningún momento disgustan. Que la segunda violación suceda en fuera de campo, observando el espectador la reacción de Charlie, es a mi juicio una de las decisiones más equivocadas del relato. Con ello Lurie se muestra muy políticamente correcto, y con pocas ganas de remover conciencias. Su discurso sobre la violencia se queda descafeinado, y el estallido final de la misma aunque bien fotografiado, eso siempre, no pasa de revisar casi plano por plano el film original, pero sin su esencia.

Que se le haya dado un poco más de relevancia al personaje de Tom Hedden, aquí interpretado por un James Woods un poco pasado de rosca, no es más que otro elemento manipulador en la historia. No hay lugar para la ambigüedad en esta película, y todo parece diseñado para justificar la violencia. A Lurie se le ha olvidado que Peckinpah no la justificaba, la mostraba en su total esplendor, con toda su crudeza y realismo, la poética era su arma, y a través de la belleza mostraba la cruda verdad sobre nosotros mismos. El discurso de Lurie es tan banal como inofensivo, una pérdida absoluta de tiempo. Y no, no me creo que este remake ayude a descubrir el original a las generaciones actuales. Una pena. Por cierto, lo de James Mardsen emulando a Dustin Hoffman mejor ni lo comentamos.

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