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Una prostituta (Julia Roberts) tiene un cliente especial, un rico ejecutivo corporativo de Wall Street (Richard Gere) de alto standing al que atender. Pronto, se enamora de él y su relación más o menos profesional se convierte en una conmovedora y emotiva historia de amor.

‘Pretty Woman’ (id, 1990) es muchas cosas. La primera, un éxito de las sobremesas españolas. En España pueden suceder muchas cosas, pero nunca una mala audiencia de esta película de Garry Marshall. La segunda, un éxito de taquilla mundial. La tercera, esa canción maravillosa de Roy Orbison que suena en la película. Como veis, puede ser muchas cosas Pretty Woman. Carmen de Mairena no se cuenta entre ellas.

En un momento clave de la película, el cínico pero en realidad tierno hombre de negocios de la película le dice al personaje de su prostituta, su zorra, su cortesana, su putita, su mamichula, su obediente meretriz algo así como “Tú y yo no somos tan distintos: los dos jodemos a la gente”. Esta es más o menos la definición y la altura moral de la película. Entre una mujer que vende su cuerpo y un hombre que vende unas acciones no hay diferencia: la posmodernidad era esto. El hombre de negocios está interpretado por Richard Gere quien antes fue puto y ahora pasa a ser hijo de puta: todo queda en familia, hasta esta genealogía de papeles no es más que una sucesión de putaditas.

Yo, en serio, la he visto miles de veces. Voy a proceder a contar cual es el máximo recurso romántico que hay en la película. El argumento comienza con una chica ingenua que pasea por la calle, que se hace la calle, como en una canción de Los Chichos. Los parecidos terminan aquí, aunque puede que no, ya que Richard Gere tiene anillos de oro y un buen pelazo, pero creo que no vive navegando. El personaje de Julia Roberts viene de pueblo: solamente así el guionista nos convence que la pobre no sepa que es una escort, una puta de corte, vamos. No es que no sepa de tarifas, es que en Arkansas no enseñan a las muchachas a valorar sus tetas y son todos muy cafres (que alguien les ayude, en serio, que envíen misiones, misiones de atención a las putas del futuro, un mañana mejor para nuestras mozitas bien pagás, ay, dónde están las monjas cuando se las necesita).

El personaje de Richard Gere es un arquetipo romántico que se me escapa: la trata bien, claro, pero es que a ver si se van a pensar los españoles y las españolas que el putero trata con desdén a la puta o que la vida es una obra de Tennessee Williams. En España se suele señalar al sindicalista y al pijo, pero no se honra jamás al putero, que lleva años dando a la economía todo su amor y todas sus noches. No entiendo como no hay asociaciones de puteros que reivindican a Richard Gere y sus modales, si esto es democrático hasta para el fornicar con mujeres de la moral distraída.

Pues la trata con toda la distinción que merece y ella ¿adivináis? Chapotea feliz en un jacuzzi. El varón ejerce su papel monetario. Supongo que la película y el espectador medio piensan que el tema de la historia es como el amor trasciende el dinero, pero no, la película es tan cínica que es sobre como el amor es el dinero.

Y no hace falta ser un lince para darse cuenta: el amor de Gere se expresa en símbolos continuados de estatus quo igual que Julia Roberts ve a un príncipe en su corcel donde nosotros vemos a un hombre en su lujosa limusina cara. El amor no trasciende nada: el dinero lo hace. Pero el público se cuenta otra mentira y parece desconectar la película de sus imágenes, de sus símbolos. Ya os lo decía: ¿no es maravillosa la posmodernidad? Parece dar la razón a los cínicos: pero a las mujeres les gusta esto. Ya les gusta el dinero. Toma finta posmoderna: el romanticismo es una tasa de beneficio, una renta alta y muchos vestidos coquetos. Pero, claro, qué sabre yo, si, por ejemplo, Cristiano Ronaldo está siempre rodeado de pretty women. ¡Y menudo romántico es él! Seguro que sabe como tratar a una mujer.

¿Todas putas? Válgame Cristo, ¡todas Julia Roberts! Ale-hop, sigamos con la película y su retrato de la mujer como objeto de deseo perfecto, con los labios de Roberts siendo la perdición de toda España, sonriente y bastante feliz de tributar por polvazo. Quién te ha dicho que estudies niña, si rumbeando se llega más lejos. ¡Y luego nos quejamos de Don Omar o Wisin & Yandel!

¿El sueño más romántico de una mujer? Ser prostituta y que Richard Gere te compre para luego decidir estar contigo. Me lo cuentan como un chiste y no me lo creo. Me lo cuentan durante dos horas, con un montón de caritas proporcionadas por Hector Elizondo y Jason Alexander y ya voy dando crédito. El guión de este truño lo escribió JF Lawton y no deja de parecerme maravilloso que en 1990, Buena Vista distribuyera grandes odas a la prostitución para todos los públicos. Es decir, Disney te recomendaba que fueras puta, pero de buen corazón, no vayamos a frivolizar con el tema que no está la vida para joder a nadie más de la cuenta.

En fin, el caso es que el macho de Wall Street le paga un pastón, ella se redime, luego llora, luego se da cuenta de que ese contrato de exclusividad es la fuerza del cariño (qué malpensados son algunos, mi amor, llamándote puta ¡SI ES LA FUERZA DEL DESTINO!) y al final ella cae ante sus pies porque ¿no es el amor puterío? ¿no es putero el destino?

¿No es maravilloso Hollywood?

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