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Un grupo de astronautas, liderado por la optimista antropóloga Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y su novio Charlie Holloway (Logan-Marshall-Green), llega a un planeta esperando encontrar todas las respuestas de la vida, guiados por un mensaje de un grupo de alienígenas antiguos que podría unir todos los saberes de la Humanidad. Patrocinados por Peter Weyland (Guy Pearce) y liderados por Meredith Vickers (Charlize Theron), la nave llega al planeta creyendo que han sido invitados por tal raza. Mientras tanto, algunos miembros de la tripulación demuestran tener sus propios intereses como el androide David (Michael Fassbender) y un misterio horrible se desvela ante sus ojos….

Ridley Scott dirigió este mazacote de verano, con un guión que escribió primero Jon Spaiths y pulió después Damon Lindelof, sin que ninguno de los dos consiga convertirlo en una pieza imprescindible de narrativa y oigo ya a los divertidos lectores comentando las muy inexplicables decisiones de los personajes en medio de la película. La dirección de fotografía corrió a cargo de Dariusz Wolski, el inspiradísimo diseño de producción fue a cargo de Arthur Max y el montador habitual de Scott, Pietro Scalia, realiza otro trabajo eficiente. La música cargante de Marc Streinfeild es el elemento más tosco de la propuesta.

El cineasta Scott, tantas veces cuestionado y tantas veces viniendo de superproducciones hollywoodienses dirigidas con su habitual destreza pero carentes de las cotas de belleza que alcanzara hace dos décadas con sus tres primeras películas, bien merecería una revisión. Su montaje del ‘Reino de los cielos’ (Kingdom of Heaven, 2005) es una válida, relevante pieza de cine histórico moroso, reflexivo y tocado de una extraña belleza y su reivindicación entre lo mejor de su director no debería tardar tanto.


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Por supuesto, el hype nos ha dicho que esta película es una especie de nueva entrega, precuela, versión del universo expandido del mundo en el que transcurre ‘Alien: El Octavo Pasajero’ (Alien, 1979) del propio Scott y el equivocadísimo último plano se encarga así de certificar tal conexión. Hay un mural diseñado por HR Giger, creador de la criatura alienígena original, a modo de más adecuada coda, pero la mayor parte del tiempo, es otra versión de muy diversos materiales que ya han estado más o menos cerca del universo estético y argumental de Alien. Mi compañero Mikel Zorrilla explica así su disgusto y la relación con tal franquicia, que a mi me parece, a todas luces, irrelevante en tanto que el relato de esta película es familiar pero, a excepción de su último plano, se ocupa de un asunto bastante distinto al de un misterio con criatura a bordo.

Conviene rescatar aquí las palabras del guionista Dan O’Bannon para la creación de la primera entrega.: dijo que había imitado todas las películas de terror y ciencia ficción que había visto, respondiendo así a los quisquillosos que notaba los parecidos con la elegante, olvidada y magnífica ‘Terror en el espacio’ (Terror nello spazio, 1965) del maravilloso Mario Bava. El equipo de la película no descuida mandar un guiño estético en los trajes de los protagonistas, como bien recuerda ese explorador (sideral, incansable) del género que es John Tones, por cierto.

No puedo evitar sentir simpatía por la excelencia compositiva de Scott, ni dejar de admirar todas sus decisiones de puesta en escena, incluso su obligado interludio sangriento a costa del cuerpo es bienvenido como una hipérbole de insólita belleza. ¿Qué es la película? Una versión más o menos atea de ‘En las montañas de la locura’ de HP Lovecraft, con más o menos la misma idea central.: si hay Dioses ¿quien os ha dicho que sean bondadosos? ¿Es la vida una celebración positivista o es la vida, también, algo que se abre paso y devora y conviene y mata y crea? Este Dios castigador no es cristiano, es, peor, naturalmente malvado a nuestros ojos idiotas y humanos.

Lo de ateo va por la introducción de la película, que aunque recupere viejas ideas de la conspiración, se plantea la idea de unos Dioses creadores de vida con una intervención contraria: que el director Scott está detrás es algo que se hace notar, pese a que este humilde crítico desee ver la prometida versión de Del Toro del asunto. El resultado es encomiable, ocasionalmente hermoso, altamente entretenido: ninguno de los caracteres aquí tiene un perfil interesante, excepto el maravilloso androide David encarnado por un sobrenatural Michael Fassbender. No es casual que él sea el interesado en la creación, hete aquí Scott devuelto a la gracia de sus poderes y lanzando ideas tan atrevidas como extrañas en el panorama actual de producciones veraniegas.

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