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Maverick cartel

Hago lo que tenga que hacer para seguir adelante y llegar a la siguiente. Nunca sabes si te van a volver a contratar, y piensas constantemente que este va a ser el último trabajo que vas a tener. Lo juro por Dios, te vuelves tan inseguro que terminas creyendo que van a olvidarse de tu nombre…Es un negocio muy extraño.

Richard Donner

El verano de 1992, el año que tan desastrosamente había comenzado para el cineasta con ‘La fuerza de la ilusión‘ (‘Radio Flyer’, 1992), le presentó a Richard Donner múltiples opciones para dar continuidad a su carrera de entre las cuales ‘Liberad a Willy‘ (‘Free Willy’, Simon Wincer, 1993) sería la que más llamaría la atención del realizador: una historia que resonaba con fuerza en las firmes creencias de defensa de los animales de Donner —que siempre que ha podido ha metido referencias en sus cintas contra, por ejemplo, el uso de las pieles como prenda de vestir— y que además hubiera supuesto una nueva oportunidad para rodar un filme con un niño de protagonista.

Pero si algo había aprendido de forma dolorosa Donner tanto con ‘La fuerza de la ilusión’ como con ‘Max’s bar‘ (‘Inside Moves’, 1980) es que no debía atarse a proyectos en los que pudiera estar emocionalmente implicado o que presentaran un potencial riesgo comercial. El apetito del realizador había cambiado para querer alimentarse exclusivamente de blockbusters y en ‘Liberad a Willy’ se daban la mano de manera más que obvia los dos factores anteriores citados.

Implicado también momentáneamente en ‘Dragonheart‘ (id, Rob Cohen, 1996), sería la marcha del proyecto de su estrella inicial —Harrison Ford— lo que provocaría la pérdida de interés del mismo. Y mientras su atención se centraba en el PETA, la defensa de los animales y toda la parafernalia que rodeó al estreno de ‘Liberad a Willy’ —filme que terminarían produciendo él y su esposa—, sería su amigo Mel Gibson el que le propondría viajar al oeste para participar en un torneo de póker que se terminaría materializando en su siguiente película, la simpatiquísima ‘Maverick‘ (id, 1994).

Maverick 1

A principios de los noventa, y gracias a dos magistrales títulos llamados ‘Bailando con lobos‘ (‘Dances with Wolves’, Kevin Costner, 1991) y ‘Sin perdón‘ (‘Unforgiven’, Clint Eastwood, 1992), el western parecía estar viviendo un revival del que muchos intentaron aprovecharse con desiguales resultados. Queriendo cambiar de tono tras la seriedad que comportaría su magnífico debut con ‘El hombre sin rostro‘ (‘The Man Without a Face’, 1993), Mel Gibson no dudó ni un momento en las posibilidades que se escondían tras la idea de Bruce Davey, su socio en la producción del filme, de actualizar la divertida serie de televisión ‘Maverick‘ (id, 1957-1962).

La idea se vendió sola a una Warner que todavía tenía muy reciente el inmenso éxito de ‘El fugitivo‘ (‘The Fugitive’, Andrew Davis, 1993), y el desarrollo de la misma fue rápido como la pólvora, contando para escribir el guión con el legendario William Goldman y para dirigir un libreto que resultaría ser una espléndida mezcla de humor y acción con un Richard Donner encantadísimo de que su siguiente proyecto tuviera todas las papeletas para ser un éxito casi asegurado.

A estas alturas, y habiendo conseguido lo que había logrado a lo largo de su trayectoria, lo único que le importaba al realizador era seleccionar proyectos que fueran divertidos y tuvieran el potencial de levantar el ánimo a la audiencia, y ‘Maverick‘ (id, 1994) iba a reportarle precisamente eso, diversión a raudales.

Maverick 2

Inicialmente escrito como un personaje de la misma edad que el de Brett Maverick, un jugador de cartas profesional que se las verá y deseará para poder llegar con vida a una timba de póker cuyo premio de medio millón de dólares es codiciado por muchos, el Marshal Zane Cooper fue envejecido por Goldman cuando Paul Newman mostró inusitado interés por el papel. Pero por más que el nombre de Newman hubiera jugado a favor del filme, el abandono del veterano actor supuso un alivio para Donner y Gibson, por cuanto por todos era conocida la rigidez de Newman a la hora de actuar, una rigidez que se oponía completamente al gusto por la improvisación del director y su estrella.

Como afirmaría Donner en aquellos momentos “(…)no queríamos ofrecérselo a James Garner por miedo a ofenderle. A fin de cuentas, el fue el tipo que creó el personaje , ¿cómo íbamos a pedirle pues otra cosa que no fuera interpretar a Maverick?”. Afortunadamente, Garner aceptó encantado, y la cinta se benefició sobremanera por la adición de un actor cuya química con Gibson es inmediata, algo que también podríamos afirmar, y quizás con mucha mayor contundencia, de la que se crea, desde el primer momento en que comparten plano, entre el actor australiano y Jodie Foster.

Papel para el que se había pensado en Meg Ryan o Kim Basinger, la explosiva mezcla entre cándida inocencia y sexualidad arrebatadora que la espléndida actriz aporta al papel de Anabelle Bransford, una timadora aún más experta que Maverick, es sin duda alguna una de las mejores bazas de un filme que, con su trío principal completado, contaría con múltiples cameos que se cuentan entre los momentos más hilarantes del metraje, ya sea por mano de Margot Kidder, Corey Feldman o Danny Glover, éste último en el momento más antológico de toda la acción.

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Un acción que, apartándose conscientemente del esquema non-stop de su anterior película, no renuncia, no obstante, a la inclusión de una espléndida set-piece intermedia en la que Maverick tiene que tomar el control de una diligencia cuyos caballos galopan desbocados: una vez más, la claridad narrativa del cineasta aunada con el magnífico trabajo de edición de Stuart Baird, logra demostrar que a la hora de plasmar acción en la gran pantalla, pocos cineastas han habido en las últimas décadas con las ideas tan bien ordenadas como Richard Donner.

Con un rodaje que discurrió entre mil y una bromas y con la improvisación alentada de forma constante por el director, Donner se obstinaría, para quebradero de cabeza de Vilmos Zsigmond, el director de fotografía, en rodar la partida final con tres cámaras, intentando no perderse ninguna de las espontáneas e irrepetibles reacciones de los actores, llegando al punto de que, en ciertos momentos, según declaraba Zsigmond “había lentes de medio y primer plano enfocadas en Mel”.

Y llegó el momento que el cineasta había aprendido a temer tras los nefastos resultados que había dado en ‘La fuerza de la ilusión’, el del pase previo: con salidas de la sala al rato de empezar la proyección, a Donner le quedo claro que tenía que recortar un filme cuya duración original superaba las dos horas y media, y en la sala de montaje se perdió para siempre algo más de media hora en la que iba incluida una secuencia que reunía a Gibson con Linda Hunt una década después de que ambos intervinieran en ‘El año que vivimos peligrosamente‘ (‘The Year of Living Dangerously’, Peter Weir, 1982).

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Pulido el metraje, el sexto western más taquillero de la historia recibiría favorables críticas de la prensa especializada, algo que llevaría a Donner a afirmar “(…)Mucha gente está viendo esta película como lo que es, una road-movie(…)Lo que estamos tratando de decir con ella es ‘sal del cine y siéntete bien’. No es Shakespeare. Es entretenimiento y nada más”.

En efecto, ‘Maverick’ es un puro y placentero entretenimiento que se disfruta de principio a fin y que queda muy por encima de la media de lo que el cine de palomitas suele ofrecer gracias a, de nuevo, la extraordinaria labor de director y reparto —no lo he nombrado antes, pero Alfred Molina se sale como villano de la acción— seguida, a la misma altura, por el magnífico trabajo de Tom Sander en el diseño de producción y del citado Zsigmond en una fotografía que crea el ambiente perfecto para que el espectador pueda trasladarse al lejano oeste.

Un lejano oeste al que la cinta rinde constante homenaje con incontables guiños hacia el género y la aparición de eternos secundarios del mismo y que, en la humilde opinión del que esto suscribe, nunca ha resultado más divertido.

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