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Mi compañera Beatriz es una fan acérrima de la comedia en general y de Judd Apatow en particular, pasión esta última que no comparto en absoluto, a pesar de que sí creo que en su cine —tanto en las películas que ha dirigido como en las que ha producido, que curiosamente me parecen superiores— hay momentos desternillantes. Sin embargo, creo que a pesar de que Apatow intenta ser irreverente, y muy políticamente incorrecto, al final termina saliéndole el tiro por la culata, y sus films además de demasiado largos —una comedia jamás debe excederse en su duración— acaban resultando una oda al conservadurismo más atroz.

(Spoilers) ‘Sácame del paraíso’ (‘Wanderlust’, David Wein, 2012) no es una excepción, aunque por otros detalles creo que estamos ante una de las mejores comedias salidas de la factoría Apatow. El film supone la cuarta colaboración entre su realizador, el desconocido —al menos para la gran audiencia— David Wain y Paul Rudd, uno de esos carismáticos actores, casi siempre ligados al género, que no termina de convertirse en una estrella a pesar de que raro es el año en el que no se estrenan un par de films protagonizados por él. Rudd posee ese rostro amable y “normal” que hace que la mayoría de las veces nos identifiquemos con sus personajes. En ‘Sácame del paraíso‘ comparte cartel con Jennifer Aniston, que da vida a uno de esos personajes que poco se apartan de su sempiterna Rachel de la sobrevaloradísima ‘Friends’. Una tópica pareja protagonista en un film en el que los secundarios prácticamente lo son todo, algo que ya parece una norma en los films de la casa Apatow.

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Los primeros minutos de ‘Sácame del paríso’ nos muestran a George (Rudd) y Linda (Aniston) intentando afrontar la compra de un mal llamado microloft, el sueño de todo americano medio. Es un inicio bastante moderado en todos los aspectos, y también efectivo, ya que uno llega a preguntarse si realmente merece la pena endeudarse durante años para pagar la hipoteca de lo que muchos llamarían hogar, cuando no son más que unos pocos metros cuadrados donde el joven matrimonio hace toda su vida, esto es, dormir, follar, comer y dar fiestas. Un apartamento —ni eso— demasiado pequeño que cuesta un dineral. Ya sabemos entonces que la historia tomará unos derroteros que subrayarán la no necesidad de bienes materiales para ser verdaderamente feliz.

Como ambos se quedan sin trabajo —delirante el momento en el que Linda le presenta a la HBO un documental y la cadena lo rechaza demandando algo sobre vampiros, en posible referencia a esa serie cuya quinta temporada empieza sin rumbo fijo— deben dejar el pequeño nido de amor e irse a vivir con el más que repelente hermano de George y su infeliz esposa —excelente Michaela Watkins—, topándose en el camino con una comunidad llamada Elysium, en la que la pareja pasarán unos días inolvidables que les harán replantearse su vida. Cómo no, en Elysium ni el dinero, ni la ropa, ni las posesiones son importantes. El compartir, en todos los aspectos, y tener lo necesario para vivir es más que suficiente. El problema es que todas las situaciones planteadas en ese tramo terminan tomando caminos muy convencionales. Una vez más, el sello Apatow se ve claramente en el film. Buen desarrollo, con momentos divertidos, pero final convencional, facilón y demasiado conciliador.

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A pesar de que por momentos el film parece lanzar dardos hirientes contra la socciedad actual, este cede ante lo convencional buscando lógicamente una mayor comercialidad. Afortunadamente, y aunque podríamos restarle algoe de metraje a una historia más bien mínima, el film no se resiente en su ritmo y como hemos dicho se apoya en una labor de secundarios realmente eficaz. Así tenemos todos los personajes que pululan por la comunidad, a cada cual más llamativo y simpático, o ese matrimonio infeliz formado por el hermano de George y su esposa y que proporcionan uno de los momentos más hilarantes de la película, aquel en el que él, descubierto por sus continuas infidelidades, las justifica ante ella con uno de los argumentos más absurdos, y graciosos, oídos en mucho tiempo. El contraste al que es sometido la pareja principal con el resto de relaciones del film es una de las dudosas armas de empatía que este despliega.

Por otro lado personajes como el del veterano Alan Alda alegran sin miramientos la función, entre otras cosas por la excelente labor del actor, con un personaje entrañable, el fundador de Elysium, que ya padece de senilidad y sin embargo tiene las ideas muy claras para ciertas cosas —atención al momento de la cafetería con Linda—, convirtiéndose de lejos en el personaje más querido de la función, algo que milagrosamente se traspasa al resto del elenco, que sin llegar a hacer maravillas interpretativas resultan muy simpáticos, incluidos los malos de la historia, cómo no, una empresa que quiere los terrenos de la comunidad para edificar. Pero los happy end son necesarios en estos tiempos de crisis, sobre todo en películas que arremeten contra el egoísmo y avaricia humanas, y en un giro de guión inesperado, pero bien calculado, Elysium seguirá transmitiendo felicidad a sus residentes. Previo pago, claro.

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