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Una pareja de agobiados trabajadores neoyorquinos (Paul Rudd y Jennifer Aniston) pierde su trabajo y se ve obligada a vender su apartamento y a cambiar de ciudad. Casualmente, encontrarán la idílica comuna hippie de Elysium en la que se reencontrarán con un trozo perdido de sus vidas.

Es esta una semana curiosa. Se ha estrenado la muy ambiciosa ‘Lincoln’ (id, 2012) de Steven Spielberg, que he reseñado ya. Mirando cada imagen de la última película de Spielberg uno comprende una tendencia dominante en la cinefilia: dado que la exquisita iluminación de Janusz Kaminski es hermosa e imaginativa y la interpretación de Daniel Day-Lewis es intensa a la par que mitológica, la película tiene que ser buena porque lo parece.

Y, sin embargo, la mejor película que yo he visto esta semana es ‘Sácame del paraíso’ (Wanderlust, 2012) una comedia dirigida por David Wain y producida por Judd Apatow. Cualquiera que atendiera a la película, me diría que, más allá de que sea divertida, la película no es tan buena.

Y es que David Wain no es un director tan talentoso, ni brillante, como Spielberg y sus dotes narrativas ofrecen, seguramente, muchas menos sorpresas que las de Spielberg, siempre capaz de rodar muy notables secuencias y momentos en sus películas, pero cada vez más perdido en su habilidad de crear películas completas. De hecho, un inteligente y apreciado comentarista me decía que mi problema con la película es ideológico como si la forma escogida no fuera un problema en sí mismo, como si la ideología no fuera el corazón de toda película.: se trata de la razón de su drama y del análisis de sus procedimientos en los que yace el valor artístico, la forma no está separada del fondo sino que lo precede.

Pero Wain tiene algo que Spielberg y su reciente catálogo de guionistas recientes no parecen comprender: ideas claras y realmente inteligentes, capacidad para el matiz y compromiso con la reflexión sin perder un ápice de sentido del humor. Y habilidad para ofrecer un tipo de película que no es tan grandilocuente, aunque resulta ejemplar, y que pocos calificaran de edificante, pese a que sus lecciones políticas sean más válidas que cualquier vehículo de Oscars reciente.

¿Y cual es el argumento de esta comedia? Un matrimonio de ciudad ante la disyuntiva de los ideales pacifistas y comunitarios de un grupo de hippies y la tentativa del estilo de vida acelerado del capitalismo tardío, incluyendo las consecuencias sobre el precio de sus propiedades, dado que han perdido mucho dinero comprando un estudio en una zona chic de Manhattan debido a un boom inmobiliario.

Una vez llegan a la comuna, liderada por un líder espiritual exagerado y que sobreactúa, descubrirán cosas que creían perdidas: la posibilidad de concebir su relación con las fuerzas del trabajo y la vocación de un modo más dulce, la idea de la monogamia como una idea esencialmente cultural, el contacto con la Naturaleza sin el obligado peaje de las grandes y ruidosas urbes posmodernas.

La película tiene una trampa tradicional en este tipo de relatos y es la tendencia conservadora a dibujar los ideales hippies como un grupo inherente de charlatanes y estafadores. La tendencia contraria, la de unos místicos y zen liberadores de la sociedad, ya no parece tan instalada en el imaginario como sí lo están sus iconos, con Woodstock a la cabeza.

Wain y su coguionista Ken Marino son, sin embargo, generosos con sus personajes. El líder, encarnado por Justin Theroux, es un materialista disfrazado, alguien guiado por sus propios intereses individuales, pero no el resto de la comunidad. Y propone una manera reflexiva de volver a pensar el matrimonio: mientras que el personaje de George, encarnado por un magistral Paul Rudd, es impulsivo y no parece amar realmente la comuna una vez lidia con sus consecuencias, su esposa sí es capaz de adaptarse verdaderamente a ese estilo de vida, aunque tarda más, pues prefiere entender en qué se basa todo. ¿No es esa una magnífica definición de un tipo de pelea de género reciente?

El hombre cree que en sus impulsivos hay un espíritu genuinamente antiautoritario pero una vez pierde el status quo está menos dispuesto de lo que creía a reivindicar su presunto paraíso de libertad. Por eso, la escena en la que Rudd asume la poligamia de su matrimonio es tan desoladoramente divertida. Su esposa la ha llevado ya a cabo, y su manera de hacerlo, mediante la revancha y la inseguridad, es tan ansiosa como hilarante para el espectador.

Mientras que aquí, la esposa, fuente de reproches por no haber encontrado una vocación genuina, intenta comprender quien es y qué ventajas puede ofrecer la nueva situación a su estilo de vida previo. En el fondo, son dos personajes lidiando con las mentiras que oculta su rutina. ¿Qué otra película comercial se ha atrevido a lanzar una mirada tan punzante sobre el modo en que vivimos sin perder humor ni caer en triquiñuelas sensacionalistas? A veces, la comedia ligera, la dirección convencional y aparente, es una forma nueva de liberación.

Concibiendo a un matrimonio marcado por la falta de perspectivas profesionales, con la sombra de unos parientes enriquecidos y aparentemente perfectos (parodiados sin piedad alguna en dos secuencias brillantes), la película presenta una conclusión verosímil: hay lecciones por aprender en el contraste a lo ya establecido. Los protagonistas encuentran una forma alternativa de reformar el capitalismo y una forma privada y al fin convincente de renovar su matrimonio.

Ahí, esta película pequeña, sin grandes hallazgos de dirección, encuentra su lado más significativo, insólito y reivindicable. Los protagonistas de esta película son realistas, pero aprenden a no confundir realismo con tedio o con desmesurada avaricia o con sueños frustrados. En su reivindicación, pequeña y amable, del comunitarismo, de escuchar a los demás y de los negocios alternativos, esta película ofrece no solamente una dosis notable de risas sino una magistral lección política disfrazada, por supuesto, de comedia ligera.

Magníficas interpretaciones de Jennifer Aniston (a la que no recordaba tan divertida desde hace tiempo), Alan Alda, el sublime Justin Theroux y una breve, pero realmente sexy Malin Akerman.

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