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Taylor Kitsch, Blake Lively y Aaron Johnson en Salvajes

Que ahora os esté contando esta historia no significa que al final de ella acabe con vida. Es de esa clase de historias.

O. (Blake Lively)

Tras la innecesaria continuación de uno de sus títulos más populares, ‘Wall Street: El dinero nunca duerme’ (‘Wall Street: Money Never Sleeps’, 2010), Oliver Stone decidió embarcarse en la adaptación de una novela criminal, ‘Salvajes’ (‘Savages’, 2012), un material prometedor en manos del autor de ‘Asesinos natos’ (‘Natural Born Killers’, 1994) y ‘Giro al infierno’ (‘U-Turn’, 1997). El problema es que del creador que dejó huella entre los 80 y los 90, y todavía detalles de gran cine en la década siguiente —cabe destacar la irregular ‘Alejandro Magno’ (‘Alexander’, 2004), que alterna momentos formidables con otros bochornos— apenas queda el prestigio del nombre y los gastados trucos de un veterano profesional.

Resulta obvio que al guionista de ‘El precio del poder’ (‘Scarface’, Brian de Palma, 1983) le atraen las historias criminales vinculadas al narcotráfico. De hecho, Stone no se limita a ocuparse de la puesta en escena sino que también colabora en el guion de ‘Salvajes’ junto a Shane Salerno y Don Winslow, el autor del libro. Los protagonistas de la historia son tres jóvenes guapos de California que ganan una fortuna vendiendo marihuana; bueno, uno de ellos es quien la cultiva y la comercializa, otro interviene solo cuando es necesario ejercer la violencia y luego está la chica, que les proporciona sexo cuándo y cómo quieran (en los primeros de la película la muchacha se autodefine como una “guarra” y revela cómo lo hacen sus dos amores, a los que ve como “las dos mitades de un hombre perfecto”). El trío se considera algo más que amigos o un equipo, se ven como una familia. Es posiblemente el único detalle poco convencional del film.

Johnson y Lively comparten una escena de sexo en Salvajes

Blake Lively encarna a Ofelia (aunque prefiere que le llamen O., simplemente, que Shakespeare da muy mal rollo) y es la encargada de narrar una historia que llega a parecer un amago de ‘Breaking Bad’ (2008-2013) mezclado con el pijerío y la frivolidad de ‘Gossip Girl’ (2007-2012). Tras una jornada de compras en un centro comercial —la profundidad del personaje es apabullante—, la chica es secuestrada por un cártel mexicano que había fracasado intentando llegar a un acuerdo con los protagonistas, a los que dan vida Taylor Kitsch y Aaron Johnson. Salma Hayek interpreta a la peculiar “madre” de la organización mafiosa y Benicio del Toro y Demián Bichir a sus dos secuaces de mayor confianza; el primero es el perturbado y el otro el tranquilo (reflejos oscuros de los jóvenes). Completa el potente reparto John Travolta, como un corrupto agente de la DEA que recibe un dinerillo por ayudar a los protagonistas —Uma Thurman rodó escenas como la madre de O. pero fueron suprimidas para aligerar el metraje—.

El primer gran problema de ‘Salvajes’ es que son los villanos los que despiertan alguna simpatía. Los héroes son tan simples y caricaturescos como el resto, pero el trabajo interpretativo de Lively, Kitsch y Johnson queda reducido a posar ante la cámara y explotar su sexualidad (para deleite de sus fans y aburrimiento del que quiere ver cine). Chon es presentado como un rudo exmarine y eso ya da pie a situaciones con tiroteos, explosiones y persecuciones al más puro estilo Hollywood (y es tan majo que siempre puede contar con la ayuda de expertos mercenarios colegas); se supone que el muchacho está traumatizado por la guerra pero las fogosas sesiones íntimas con O. le mantienen cuerdo. Normal que se cabree cuando le arrebatan su droga sanadora y exija a Ben, el pseudo-macho del triángulo, que se deje de chorradas pacifistas y abrace su lado más bárbaro como única solución para recuperar a la chica y sobrevivir en una guerra inevitable.

Benicio del Toro en una escena de Salvajes

Hayek, Travolta, Bichir y sobre todo Del Toro —un fuera de serie, enciende la pantalla en cada aparición— sostienen la película a base de carisma, eficacia y sentido del humor. Los esbeltos narcopijos contraatacan y ponen en jaque a los malvados mafiosos, una jugada que solo puede llevar a la destrucción de uno de los bandos. El guion y la puesta en escena han ido dando tumbos y apostando por diferentes tonos en un desesperado intento por encontrar un equilibrio imposible, pero uno se encuentra expectante ante lo que puede ocurrir y cómo se va a plasmar. ‘Salvajes’ quiere ser ese libre espectáculo violento, palomitero y desquiciado que habría encajado perfectamente en la filmografía de Tony Scott, pero Stone no levanta el pie del freno y de vez en cuando necesita dar volantazos hacia un discurso realista y crítico a lo Steven Soderbergh. Por el qué dirán, me temo.

El desastre se consuma en el último tramo de la película, cuando se aleja del (acertado) desenlace de la novela y ofrece al espectador una sorprendente cabriola más propia del género fantástico. Nada le prepara a uno para la vuelta de tuerca final de ‘Salvajes’, una de las decisiones más absurdas y lamentables en la carrera de Oliver Stone. Es casi increíble que se trate del mismo cineasta que alcanzó su plenitud artística con ‘JFK’ (1991). La mayoría de los cineastas, especialmente los que llevan en activo varias décadas, de vez en cuando dejan a un lado sus inquietudes y sus obsesiones y filman algo accesible y cómodo, por diversas razones (dinero, reconocimiento, favores…); es parte del juego, comprensible. Lo preocupante en el caso de Stone no es que esté atravesando una mala racha, que esté encadenando largometrajes torpes y conformistas, sino que parece una versión desgastada y descafeinada de sí mismo, uno más en la industria, sin la pasión y el riesgo que le caracterizaban.

1,5

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