'Scream', una crónica generacional

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Hace tiempo fui a ver ‘Scream 4’, pero hubo algo que no conté: fui por mi primo. Porque mi primo es siete años más joven que yo, va al instituto y ama las películas de terror. Entonces fui al cine porque sentí la necesidad de que esa película podía hablar en su código antes que en el mío. Luego pasó lo que pasó. En todo caso, antes de ir, empezamos una costumbre más bien saludable: ver películas de terror que yo le recomendaba. Educado en la saga de ‘Saw’, criado con la mitología de los remakes japoneses, mi primo era otra manera de entender y acercarse al terror, bastante opuesta a la mía, por otra parte. En todo caso, recordé unas cuantas que hoy voy a contaros.

1. Yo fui un aficionado adolescente al cine de terror

Los veranos suelen ser muy húmedos en la costa. Tampoco es que los veranos pudieran merecer mayor objeción: se viaja con los padres, se suda, se protesta, se reciben incluso algunos presentes. En una librería compré el Goremanía de Jesús Palacios. ¡Menudo libro! Ese libro básicamente fue el principio de toda mi educación cinéfila: en la misma tienda, compraría esos libros de Midons, a precios muy razonables, que escribieron Lardín, Sánchez, Berruezo & García. Un año después, leí el ‘Cine de Terror contemporáneo‘ de Pedro Berruezo, seguramente el mejor libro que he se ha escrito sobre el asunto en castellano y también la secuela de Goremanía, de Palacios y más colaboradores, un libro más ambicioso, con varias firmas, entrevistas, algo más variado. Palacios y Berruezo me darían palabras cuyo alcance filosófico no entendería hasta muchos años después. Para empezar, me explicarían qué es el cine de terror posmoderno: referencias, ironía, autoconciencia. Me explicarían la división. El papel fundacional de Carpenter. Todos esos asuntos.

Con el declive del VHS y el auge del DVD, era un gran momento para leer a Palacios y cuando tuve catorce años, leer no solamente otros libros, más históricos, sobre el género ayudaba sino que releer a Palacios y a Berruezo era perfecto. Su estilo era bastante diferente a lo que iría leyendo y descubriendo y viendo y era su interés sobre el cine de terror como algo importante, subversivo, diferente lo que despertaba el mío. En un pasaje, Berruezo desmenuzaba ‘Jóvenes Ocultos’ (Lost Boys, 1987) a partir de la cultura juvenil de la que se impregnaba. Era un texto similar a la reseña, positiva, que hacía Palacios del libro en Goremanía. Sin embargo, algo cambiaba.: Berruezo conocía los códigos de los que hablaba, estaba impregnado de ellos, aunque no se contagiaran en su estilo.

2. Scream, entonces.

Con ‘Scream’ (id, 1996) me ocurrió que siempre tenía la sensación de llegar tarde. La primera película de terror que vi en cines, ‘Scream 3’ (id, 2000) era de una imaginación cansada. La popularidad del disfraz, el auge al año siguiente de ‘Scary Movie’ (id, 2001) harían que tuviera la sensación de que mi relación con la saga quedaba inconclusa: me gustaba la mitología, me parecía muy divertido que alguien hablara de las reglas de una película de terror en una película de terror y que ese personaje, Randy Meeks, diera un speech todavía mejor en la segunda entrega.

Cuando leí los libros de Berruezo y Palacios, la saga me pareció importante. Sin embargo, no me impresionó tanto como las películas de John Carpenter, Dario Argento o Brian DePalma, pero me pareció importante, relevante, capaz de hablar con una inteligencia sobre una tradición, con un sentido de estar riéndose de los clichés que me parecía fresco. Todo lo que encontraba encantador a la película de Wes Craven tenía que ver con la importancia de que yo tuviera entonces el mismo conocimiento enciclopédico del género que sus dos asesinos: todo lo divertido e importante de la película pasaba porque mi identificación con los psicópatas deviniera catártica, colosal.

3. El grito.

Para mi sorpresa, mi primo encontró realmente transgresora la película. Mi primo, al que yo juzgaba quemado por la ironía en replay de ‘Padre de Família’ (Family Guy, 1999-2003, 2005-) encontraba revolucionaria y brutal la película, también todos los diálogos deliberadamente irónicos de Kevin Williamson. Cuando volví a ver la película, muchos años después de 2002, todo había cambiado en ella. Había visto algún que otro fragmento en televisión, pero ahora la obra de Craven me parecía anticuada. Carecía de la frescura que sigo encontrando en los trabajos de Carpenter o DePalma. Carecía también incluso de la vibrante ironía de ‘Detrás de la máscara’ (Behind the mask, the rise of John Vernon, 2008), cuyo descubrimiento fue debido a un Berruezo al que ya conocía y que vestía desde hace años el nickname de John Tones. Ya dije también que no era una película de Michael Haneke, con nuestra mirada puesta en cuestión. La diferencia era, claro, que el género ya no me interesaba como entonces, que la enciclopedia del mismo no me reportaba diversión alguna, más que vaga identificación.

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Todos sus aciertos estaban en el guión. El sensacionalismo televisivo de los noventa acecha a la protagonista, Sidney Prescott. Ella es la sociedad mass-mediática norteamericana de su tiempo encarnada por el asesinato brutal de su madre, convertido en reportaje de gran audiencia por una periodista que la termina ayudando. Su novio, y su mejor amigo, encarnan el cinismo de la generación MTV, algo de lo que habla con gran precisión David Foster Wallace: ““Television nevertheless is just plain pleasurable, though it may seem odd that so much of the pleasures of my generation lies in making fun of it”. El cine de terror se convierte en la supervivencia: el pulso de Randy Meeks con los dos supervillanos es algo más que el pulso de un fan con dos hombres divertidos, convencidos de que el crimen puede ser reproducido – como una serie de clichés. Porque la película desafía algunos clichés, como la virginidad de la protagonista, al tiempo que señala el absurdo de otros.

Ante la carcajada honesta de mi primo, observé alucinado. ¿Cómo podía fallar la cuarta entrega? Lo hacía, claro, repitiendo una estructura de la primera, con la excusa de los remakes, pero olvidando cual es la característica más firme de esta nueva generación: pese a Internet, no hay memoria histórica. La primera entrega de Craven sí se basa en la memoria, en una memoria de videoclub y de reposición televisiva, en una memoria en la que violencia es la única violencia asistida, ya sea por programas nocturnos que desdibujan historias llenas de vileza y maldad y asesinos peligrosos como por grandes clásicos del autocine que, proyectados en televisión, educan a toda una generación en la imagen quintaesencial de una chica perseguida por un cuchillo. Pero la generación de mi primo no es, al fin y al cabo, tan alejada de la mía: la generación de sustos internáuticos, webs de baratillo, fantasmas nipones e hiperrealismo progresivamente aumentado por YouTube. Hay en sus informativos más desastres, más espectacularidad y más brutalidad de la que pueden imaginar (Guerra de Irak, Guántanamo, tsunamis, etc) y todo se ha multiplicado, desde las pestañas de navegación hasta las pantallas, portátiles, incluso los rumores, infamias portátiles como las que retrata con inteligencia ‘Rumores y mentiras’ (Easy A, 2010).

Partiendo de esa base, el consuelo de mi primo era que unos personajes se supieran clichés y estuvieran convencidos de hacer historia.

Que matar fuera, a fin de cuentas, una obligación fílmica.

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