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Sherlock Holmes: Juego de sombras

En mi humilde opinión, el cine de aventuras tendría que ser aquel que nos haga desear pasar las peripecias que están viviendo sus protagonistas, envidiar sus destinos y misiones y anhelar dedicarnos a lo que ellos hacen. Provocarnos vivir vicariamente lo que no podemos saborear con nuestros propios cuerpos, trasladarnos a lugares y épocas oníricos y deslizarnos en una vorágine de sucesos que, a pesar de sus riesgos y desventajas, deseamos compartir… estoy segura de que hace unas décadas, eso era el cine para los espectadores de todas las edades. Y más adelante lo fue para las generaciones que vinimos después, durante nuestras infancias.

Según nos hacemos mayores, vamos comprendiendo que este séptimo arte que nos da tantas alegrías y decepciones ofrece otras maneras de disfrutarlo, ya pueda ser en un deleite estético, como en una reflexión intelectual, como en un goce emotivo, causado por compartir los sufrimientos o logros de sus personajes. Sin embargo, ninguna de estas opciones conlleva el deseo de convertirnos en esas personas o la traslación de nuestras inquietudes al otro lado de la pantalla. Solo el cine de aventuras que funciona de verdad lo consigue. Tan rara es la vez que esto se halla que, por mucho que me sirva para pasarlo como una enana, ya he dejado de buscarlo. Cuando lo encuentro sin esperarlo, sea como sea la película que me lo proporciona, me recreo y siento que estoy recibiendo aquello que ansiaba siempre que acudía al cine.

Las aventuras de Sherlock Holmes

Sherlock Holmes: Juego de sombras

Como habréis podido adivinar, toda esta consideración previa está incluida para decir que ‘Sherlock Holmes: Juego de sombras’ (‘Sherlock Holmes: Game of Shadows’, 2011), de Guy Ritchie, ha sido una de esas pocas películas que lo han conseguido conmigo. No la he apreciado como película de investigaciones, quizá tampoco como retrato de mi detective favorito, aunque sobre todo esto hablaré más adelante para matizarlo; pero sí me ha parecido magnífica en lo que se refiere a la posibilidad de hacerme vivir una aventura, de obligarme a pensar que mi vida es aburrida –y, creedme, mi vida puede no ser exultante, pero no es rutinaria– y a desear convertirme en una analista loca que corre, huye, salta y pega y que se cuela donde no ha sido invitada para pasar un buen rato y tocarles a unos cuantos las narices con la excusa de investigar asesinatos u otro tipo de delitos. Si para algunos eso no vale el precio de la entrada, entonces no los comprendo.

Sobre la anterior entrega comenté que me habían gustado mucho los personajes, pues me recordaban a House y a Wilson quienes a su vez se inspiran, como también había indicado ya, en Holmes y Watson. Me gustaba mucho el toma y daca que se produce entre el personaje de Robert Downey Jr. y el de Jude Law y la química que consiguen como pareja, que ya la quisieran para sí muchas películas de amor. Aquí me costó encontrar eso en los primeros compases, pero más adelante sí que lo aprecié. No es de extrañar que las tres mujeres protagonistas, Noomi Rapace, Rachel McAdams y Kelly Reilly tengan mucho menos peso o incluso se las relegue voluntariamente para que “no estorben”. El cameos de lujo de Stephen Fry, del que tanto esperaba, pues adoro a este actor y presentador, queda simpático, pero no aporta nada. Jared Harris, como Moriarty, normalito. Ya que se contaba con uno de esos antagonistas tan poderosos que casi podrían tener el carisma de un principal, habría cabido esperar más derroche en su interpretación.

Sherlock Holmes: Juego de sombras

Este Holmes al que se le acusa de no parecerse en nada al que creó Sir Arthur Conan Doyle, en realidad no difiere tanto del personaje loco, drogadicto, boxeador, maestro del disfraz y obsesivo de los relatos y novelas. A lo que puede que no recuerde a muchos es al Holmes que se ha marcado en sus mentes, ese Basil Rathbone cuyas hechuras se inspiraban, no ya en los escritos, sino en las ilustraciones que los acompañaban en la revista Strand. Así que me reitero en que no es tan infiel al original como se quiere hacer creer. En cuanto a si investiga o sigue pistas menos de lo que debería, cosa que había escuchado en boca de una conocida antes de ver la película, no estoy de acuerdo. El protagonista está constantemente deduciendo –o, como decía David Addison o Bruce Willis, en broma, en ‘Luz de luna’, “detectando“–, lo que ocurre es que lo hace sobre la marcha, sin necesidad de diálogos explicativos que detengan la acción. Y, si nos sorprenden las conclusiones pues no hemos sido capaces de seguir su hilo de deducciones, bienvenidos al universo Holmes, ya que eso era tal cual lo que ocurría en los relatos. La opción estética de Ritchie de los ralentís y cambios de emulsión puede gustar más o menos, ahí no entro, pero el proceso del investigador no es tan diferente al relatado por Conan Doyle.

Pues eso, que ‘Sherlock Holmes: Juego de sombras’ puede no ser una película para quien espere investigaciones detectivescas, que obviamente no está a la altura de la magistral serie ‘Sherlock’, de la BBC, ni cuenta con un guion enrevesado con una trama magistral cuyo desmadejamiento nos llene de asombro. Sin embargo, a mí me gustó porque me sirvió para dejarme arrastrar por la aventura y no pido más, de hecho, me parece ya mucho pedir.

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