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'Sicario', descenso a los infiernos
Críticas

'Sicario', descenso a los infiernos

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En una de las secuencias más llamativas de ‘Sicario’ (id, Denis Villeneuve, 2015) —nominada a muy pocos Oscars en la próxima edición— un grupo de asalto, de esos que trabajan para las altas esferas realizando operaciones peligrosas y secretas, el director Denis Villeneuve —con un par de joyas, o más, en su recomendable filmografía—, ayudado de Roger Deakins filma lo que la película narra a través de los ojos de su protagonista, un descenso a los infiernos. El horizonte, bajo el que va desapareciendo el grupo de asalto, posee el color del fuego, y acto seguido las órdenes son las de usar las armas con total libertad.

Un descenso a los infiernos vivido en primera persona por el personaje principal, la agente del FBI Kate Macer (Emily Blunt), otro gran personaje femenino en la filmografía de su director. Desde su ópera prima hasta la presente, el cine de Villeneuve se ha caracterizado por poseer una sensibilidad femenina absolutamente envidiable, lejos de maniqueísmos y estupideces sobre la diferencia de sexos. Todo un logro en un mundo asquerosamente machista —quien piense lo contrario vive en los mundos de Yupi, con una piruleta en la mano y la ignorancia en la otra—, cruel, violento y lleno de cloacas humanas. Con Macer realiza además un juego de traspaso emocional hacia el espectador. Como ella, somos los testigos.

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Posee ‘Sicario’ tres formas de retratar el difícil mundo en el que vivimos —aquí representado de forma alegórica con la lucha contra el cártel de droga mexicano, sobre todo en la ciudad de Juárez, de la que algún político ha expresado su disgusto con la película, aludiendo a estúpidas razones políticas—, y que juntas conforman la visión total, quizá nunca completa, del enorme basurero moral en el que vivimos. Una de ellas es aérea —lejos del objetivo—. Las tomas en planos cenitales del film —y que recuerdan a las de ‘La isla mínima’ (Alberto Rodríguez, 2014)— son mucho más que bonitas panorámicas aéreas. Muestran el aspecto de ese infierno de lejos, y siempre algún detalle visual en el que fijarse.

La segunda es sobre la superficie, y que comprende buena parte del film. Desde el impactante descubrimiento inicial del film —todas las películas de Villeneuve comprenden en su comienzo un hecho traumático para el personaje central—, hasta la magistral secuencia en la autopista de la frontera mexicana, en la que la labor del montador Joe Walker brilla con luz propia. El infierno comienza a mostrar su forma, sus peligros, y en ese tramo la actriz Emily Blunt destaca por la impecable labor de mostrar emocionalmente sus dudas, sus reparos, pero sobre todo sus miedos. Nuestros miedos.

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El infierno que nadie quiere ver

La tercera es bajo tierra, y da comienzo con la secuencia al inicio señalada. Un confuso viaje a través de unos grandes túneles, la inmersión completa en el infierno, y cuya verdad desvelada, más allá de las diferentes agencias que parecen tomar parte, o no, en un complicado entramado, es de lo más terrible. En ese punto, Macer cede el testigo al espectador, ya identificado de sobra con ella, y asiste a la verdadera naturaleza de la misión. Una misión que concluye en una cómoda casa, alrededor de una cómoda mesa con cuatro seres humanos cenando. En ella, un inmenso Benicio del Toro —que parece va a protagonizar una innecesaria secuela sobre su personaje— explica con pocas palabras, miradas y definitivos actos, lo que hay que hacer en este mundo para aplicar justicia. El mundo de lobos que él mismo le cita a Macer posteriormente, y para el que casi nadie está preparado.

No es ‘Sicario’ un título colocado porque sí. El viaje infernal de su protagonista —Emily Blunt demuestra aquí que es capaz de absolutamente todo— da comienzo con la definición en pantalla del término, seguido de los sonidos de su corazón —impresionante trabajo en la banda sonora por parte de Jóhann Jóhannsson— y concluye con el título sobre la imagen de unos niños jugando al fútbol, sobresaltados por el sonido de disparos en algún lugar no muy lejano. Unos niños —uno de ellos hijo de un policía corrupto— que serán criados en dicho infierno, o cerca de él, que crecerán y se convertirán en alguien, a uno u otro lado. Una vez más Villeneuve deja al espectador el juicio moral cerrando su film de forma inesperada.

Para dicho descenso Villeneuve se sirve —además de una labor actoral de lo más completa—, o el uso del fuera de campo en instantes inesperados —el momento de Alejandro (Del Toro) torturando a un detenido, o la comentada secuencia de la cena—, de una misteriosa e implacable fotografía de Roger Deakins, añadiendo textura al viaje físico y emocional de su protagonista, un viaje que se irá oscureciendo paulatinamente. Comienza de día, concluye de noche, y en su epílogo recupera la luz del día con nuevos lobos en la lucha encarnizada de un mundo más jodido de lo que pensamos.

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