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Un hombre (Will Smith) parece emprender un viaje de redención absoluta haciendo una serie de favores a desconocidas y tratando de cambiar sus vidas. Las cosas pueden complicarse cuando hay una chica (Rosario Dawson) con la que revive el amor.



Son malos tiempos para el melodrama. Pero Gabriele Muccino y Will Smith hicieron en la apreciable ‘En busca de la felicidad’ (The pursuit of happyness, 2006) un apreciable regreso a algunas de las formas, aunque contaron con un libreto, de Steve Conrad, que llamaba a la puerta de la inverosimilitud en sus momentos más clave.

Gabriele Muccino es un director italiano que tuvo un apreciable éxito internacional con ‘El último beso’ (L’ultimo baccio, 2001), aislada muestra de melodrama bien escrito e interpretado, con una dirección cuya pasión por los efectismos borraba los apuntes más penetrantes de la propuesta. De hecho, su versión norteamericana merece una vindicación.

En su segunda colaboración juntos, el guión lo firma Grant Nieporte y cuenta con un problema básico en la construcción de todo gran melodrama: las razones o los secretos que lleven a los protagonistas a vivir desdicha o sentirse esparcidos por la desgracia personal tienen que ser de peso. Cuando termina esta película, uno siente una genuina lástima, pero por la ignorancia en la que ha vivido el personaje de Smith, pudiéndose redimir en unas cuantas sesiones de terapia y dejando sus empresas para otros asuntos.

El reparto, por otra parte, está demasiado anclado en el arquetipo, tal vez porque todo el espacio es para un Will Smith en su versión más dramática, con un registro que no termina de funcionar debido a los excesos del guión de efectismos narrativos y dramáticos, y en el que solamente Rosario Dawson consigue sobresalir de los miles de clichés que le imponen sus líneas. Pepper y Harrelson aparecen como personajes increíblemente dulzones, el primero como el fiel amigo del salvador y el segundo como un pianista ciega.

El tercer acto de esta película se propone una especie de versión de Jesucristo para los tiempos de los trasplantes de hospital. Resulta toda una banalidad el tormento de Smith, también el último destino de su tarea, mucho menos redentora de lo habitual. ¡Ah, si la gente estudiara más a fondo las historias magníficas y profundas de Frank Capra! ¡Ah si se usara con mayor juicio el melodrama, ahora no habría caído en la casi extinción!

Por otra parte, Angelo Milli compone una tediosa banda sonora y solamente Philippe Le Soud puede aportar algo de razonable talento a esta producción, con un trabajo lumínico coherente, de luces verdosas, nocturnas y en la que el tono de luz diaria aparece siempre grisáceo, de una menor presión de colores. Le Sourd, no me parece casualidad, ha sido el escogido para iluminar la siguiente película de Wong Kar-Wai y tomar el relevo del talentoso Christopher Doyle.

Mi compañero Abuín fue mucho más generoso con el film.

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