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Un cirujano plástico, Danny (Adam Sandler) finge estar casado para tener relaciones esporádicas, fingiendo haber sido abandonado. Un día su estrategia sale mal y su joven conquista, Palmer (Brooklyn Decker), cree que lo está, lo que obliga a Danny a recurrir a su compañera (Jennifer Aniston) para que ejerza de su perfecta esposa para resolver su problema.

Admito que la comedia norteamericana vive una edad de bronce, llena de creatividad inesperada. Incluso hay en activo cómicos, como Will Ferrell, que trabajan en su tipo de humor película a película, mejorando cada vez sus registros y logrando una evolución genuina de sus registros más groseros hacia territorios más extraños e inesperados.

Adam Sandler lleva una carrera muy sólida y exitosa desde los noventa, marcada por puntuales desvaríos al drama y a la tragicomedia, trabajando de manera grandiosa un arquetipo de hombre inmaduro, al borde de la exasperación y de estilo encantador pese a ser puro odio reprimido en dulzura políticamente incorrecta.

Lo curioso es que su carrera tardía, pese al decline de su calidad, es enteramente autoconsciente. Sandler, que ahora ya tiene 46 años, rueda películas basadas en la noción de crecer y en las negociaciones que una vida adulta y una paternidad tienen sobre él. Más allá incluso de su colaboración con Judd Apatow en ‘Hazme reír’ (Funny People, 2009), Sandler se postula como un cómico consciente de su edad y juguetón con la nostalgia del primer mundo, esto es, la nostalgia del ocio, de la cultura popular.

‘Sígueme el rollo’ (Just go with it, 2011) de Dennis Dugan, escrita por un montón de guionistas, Allan Loeb, Tim Herlihy, Tim Dowling y el propio Sandler proponen un remake, enteramente heterodoxo, del vehículo de Waltar Matthau, ‘Flor de cactus’ (Cactus Flower, 1969).

El estilo Sandler se despliega con singular eficacia: bromas continuadas sobre el sobrepeso, la raza, la edad, la alimentación, las digestiones y las maneras de ir al baño, la potencia sexual, los miembros viriles reinan sobre toda la película, cuyas intenciones se palpan a cada chiste y escena. Pero lo sorprendente del film es su inusitado foco de atención sobre unos personajes concretos.

Para empezar, para contar las diferencias entre Sandler y su conquista juvenil, la deseable modelo de Sport’s Illustrated Brooklyn Decker (siempre el arquetipo sandleriano está frente a una mujer deseable que no parece compartir atracción hacia hombres igualmente sexies), no logran conectar debido a que no comparten ninguna complicidad cultural.

Y Jennifer Aniston, aquí una compañera de trabajo que oculta un indudable atractivo, parece vivir a remolque de su mejor amiga (Nicole Kidman en un papel irónico y el mejor que ha hecho en años), felizmente casada y ejemplar en todo. Los dos personajes negocian con la edad, pero solamente el femenino es maduro y asume como parte de su aventura la maternidad y el trabajo independiente.

El viaje de descubrimiento del personaje de Sandler pasa por descubrir los placeres de la madurez en todos sus aspectos: paternidad, química, sorpresa. Hay, por supuesto, muchísimos chistes pero, por vez primera, la película intenta hacer evidente la necesidad de su héroe para conectar con la edad adulta y con sus obligaciones. Nick Swardson hace de secundario cómico y excéntrico y la dirección, escasamente inspirada y poco creativa, de Dennis Dugan hace añorar a un Sandler que ha ido despreocupándose de sus directores habituales, cada vez más perezosos detrás de la cámara. Lo que sorprende es que este entretenimiento contenga un verosímil desarrollo de personajes, ahora falta que Sandler vuelva a sus mejores comedias que, por cierto, siempre tuvieron como motor la nostalgia como la infravalorada ‘El chico ideal’ (The wedding singer, 1998).

Aniston y Sandler brillan, Swardson cumple y el breve papel de Kidman, en un rol autoconsciente como mujer infelizmente casada y operada de manera exagerada, es un soplo de aire fresco, demostrando que Sandler siempre es capaz de incluir a celebridades, también de la actuación, venidas a menos en papeles divertido, haciendo de su humillación una virtud.

Beatriz Maldivia la consideró intrascendente y así lo explicó en su crítica.

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