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Aunque ya no somos aquella fuerza que en los viejos tiempos removía cielo y tierra seguimos siendo lo que somos. El mismo temple en nuestros heroicos corazones, debilitados por el tiempo y el destino, pero de férrea voluntad, para luchar, para buscar, para encontrar y para nunca rendirse.

En estos tiempos de reboots, remakes y demás ejercicios de revisionismo, ‘Skyfall’ (id Sam Mendes, 2012) sobresale por encima de todos ellos, sobre todo por haber sido capaz de insuflar aire a un saga después de 50 años, que se dice pronto. Lejos queda el clasicismo de Sean Connery —probablemente el mejor Bond que se haya pasado por delante de una cámara—, el carácter casi paródico de Roger Moore y la elegancia irónica de Pierce Brosnan. Curiosamente los intentos de hacer parecer a Bond más humano a lo largo de los años fracasaron en las incursiones de George Lazenby —el único Bond que se casaba en pantalla— y Timothy Dalton —un Bond de aspecto desaliñado con aire a lo Indiana Jones, personaje que curiosamente nació por el deseo de sus creadores de hacer películas al estilo 007—, hasta llegar a Daniel Craig, que con tres títulos se ha convertido, a mi juicio, en el segundo mejor Bond de la historia.

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Martin Campbell, responsable de alguna de las peores películas de la saga, vio la luz cuando tuvo que dirigir a Daniel Craig en ‘Casino Royale’ (id, 2006), y a la tercera fue la vencida. James Bond empezaba a ser humano bajo la piel de Craig, una bestia parda que acerca al personaje a mitos modernos como el de Jason Bourne, quien rescató para el cine/espectáculo una acción más física alejada en cierta parte de las pirotecnias que tanto gustan de consumir. Con el título de la primera novela del personaje se narraban los orígenes del mismo bajo una nueva óptica. El éxito fue estruendoso, no tanto con el siguiente, la infravalorada pero para nada mala película ‘Quantum of Solace’ (id, Marc Forster, 2008), especie de interludio entre aquel y el presente ‘Skyfall’, vibrante, enérgico y emocionante film que gracias a la labor de Sam Mendes se convierte en el mejor de la saga. Así, como suena.

Dejando a un lado que a todos pilló por sorpresa el hecho de que Mendes tomase las riendas de una película Bond, teniendo en cuenta su filmografía —lo mismo podemos decir de un realizador como Marc Forster, quien dentro de nada nos invadirá con una película sobre zombies—, lo cierto es que ‘Skyfall’ supone el completo renacimiento del personaje, adaptado por completo a estos nuevos tiempos tan frágiles sin perder el norte o los orígenes. Un ejercicio que mezcla secuencias de acción deslumbrantes, y bien filmadas, con un intimismo rara vez visto en una película de la saga, enfrentando a Craig con una actor de la talla de Javier Bardem en un tour de force antológico en el que se permite incluso el bromear con la propia imagen de Bond y su particular universo.

(From here to the end, Spoilers) Un ex-agente del servicio secreto británico ha decidido revelar la identidad de agentes secretos repartidos por todo el mundo, poniendo en peligro la seguridad mundial. El MI6, preocupado por tamaña amenaza real, designará la misión a su mejor agente, James Bond, quien deberá viajar al mismísimo centro de su propio yo para enfrentarse a un enemigo que no responde a ninguna bandera, nación o ideología. Su motivo es simple y llanamente una venganza de gigantescas proporciones, hasta que se encuentra con la horma de su zapato. Javier Bardem, con otro de sus llamativos peinados, borda un personaje en apariencia sencillo, al que inunda de matices con su interpretación. La némesis por excelencia de 007, aquel que prefirió ver maldad en la elección de M (Judi Dench) al prescindir de sus servicios en lugar de aceptar que el juego es así tal y como hace 007 tras su aventura en el prólogo del film.

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Como en toda película de 007 ‘Skyfall’ desarrolla su acción a lo largo y ancho del planeta. El carácter internacional del personaje nos lleva esta vez hasta lugares como Shangai, donde se produce la set piece más deslumbrante para mí. Una pelea con un francotirador en la que la mano de Roger Deakins —uno de los artistas más ninguneados en la historia de los Oscars— alcanza cotas insuperables en una secuencia que juega con sombras y reflejos de la misma forma que el personaje de Bond es sometido a todo tipo de alegorías visuales con respecto a quién fue, quién es y será. Sombras, reflejos de un mismo ser. Pasado, presente y futuro se pasean cada dos por tres en la película hasta una catarsis final que reinventa por completo al personaje y su universo en una operación que recuerda a la de Christopher Nolan en ‘El caballero oscuro: La leyenda renace’ (‘The Dark Knight Rises’, 2012) —el personaje de Moneypenny recibe el mismo tratamiento que el de Robin en el mencionado film—. Tal y como reza el personaje en su encuentro con el villano de la función, ahora se dedica a la resurrección.

Sam Mendes sorprende porque parece sentirse muy a gusto filmando una película de estas características. Su mano para las secuencias de acción, en las que se ve claramente todo, no está reñida con sus dotes para secuencias más íntimas, sobre todo en esa parte final, tan deslumbrante como inesperada, en una campiña escocesa en la que Bond se sumerge en su pasado más oscuro destruyendo por completo su origen para cual Ave Fénix renacer de sus cenizas. M, Q, todo es nuevo y viejo a la vez, todo se reinventa. Y si 007 atemorizaba en su primera incursión con un contundente “la zorra está muerta” tras la experiencia vivida, a partir de ahora debemos temer al hombre con licencia para matar. Ha vuelto con más energía que nunca, y no lo dejará. No nos dejará.

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