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El Enterprise hace frente a una inesperada amenaza: el peligroso humano genéticamente mejorado Khan Noonien Singh (Ricardo Montalbán) quiere destruir a la tripulación que lideran el Capitán Kirk (William Shatner) y su noble y leal amigo, Spock (Leonard Nimoy).

Susan Sontag deja escrito en sus diarios en pleno 1964: “ciencia ficción: mitología popular contemporánea sobre lo impersonal”. El sueño impersonal del futuro de Gene Roddenberry era, desde luego, un seño paleo-liberal, típico de la era Kennedy: alejado de la tensión actual, su tripulación exploraba y era bondadosa y sus peligros, escasos, pero lidiaban con razas más beligerantes, aunque no se trataba de guerras épicas en las que se recreaba fantasía bélica de tipo alguno. Era también la imaginación de otra época, siempre se resuelve el imaginario mirando hacia atrás, comprendiendo qué imagina el poder o la cultura que generó ese poder concreto.

Tras la decepcionante primera entrega de sus versiones cinematográficas, dirigida en 1979 por Robert Wise, llega una película que realmente reinterpreta el legado de la serie de Gene Roddenberry en una clave bastante dramatúrgica: lo interesante de la serie no era la imaginación sobre lo impersonal sino conflictos morales sobre emoción, raza e inteligencia. Esto lo entendieron muy bien Ronald D. Moore y los que hicieron la llamada “Nueva Generación” (Star Trek: The Next Generation, 1987-1994) al comprender que el androide Data era el gran hallazgo de toda la tripulación.

Ciertamente, la imaginación negativa de la que hablaba Sontag está presente: el dictador Khan puede convertir los desiertos en junglas tropicales. Pero a Nicholas Meyer no le parece este un asunto de mayor relevancia, por eso centra todo su conflicto en espacios opresivos, lo que da para una película trepidante y a la vez claustrofóbica, en el fondo una gran película de submarinos de los sesenta, en la que vemos, de nuevo, el bromance más famoso de la historia llegar a un gran puerto.

Sí, es cierto que la idea de “Génesis” y del poder de Khan hubiera dado para una película hermosa, lírica y reflexiva de ciencia ficción pero si aquí importa la tradicional amistad y el sacrificio pues bienvenida sean. Los diálogos de Nicholas Meyer son muy inspirados: los dos hombres se respetan con nobleza, se admiran, y cuando Nimoy y Shatner, hacia el final de la película, se despiden, vemos honor y palabras muy hondas entre ellos.

Por su parte, Ricardo Montalbán hace lo suyo y lo hace muy bien: está furioso, es un villano de opereta y, con un traje que sobrepasa cualquier noble adjetivación, su interpretación es absolutamente ruda y seria, lo cual hace, lógicamente, que sea tremendamente divertida, poderosa y que dote de entidad cada una de las escenas que habita con gracejo y poderío. Me hubiera gustado ver más cosas de este Khan Noonien Singh, dictador espacial cuya imaginería, comenta Dave Kehr, parece saca de la Tierra Baldía de Eliot, pero no pudo ser.

Por otra parte, de las muchas y largas versiones cinematográficas de Star Trek, esta la juzgo la mejor junto a la versión, ya en un gran presupuesto y en un contexto cultural e industrial bien distinto, de JJ Abrams. Pero esta subestimada pieza de thriller submarino en clave espacial bien merece una revisión, al menos su juego de tensiones se ha perdido, quizás, en el inevitable estruendo y ruido de un género que está olvidando con facilidad pasmosa el grato poder de sus notas más intimistas.

El reparto (Shatner, Nimoy, Montalbán, los también habituales DeForest Kelley, George Takei y Walter Koenig) está servicial, convincente y Kristie Alley funciona como secundaria nueva. Pese a la previa aparición de Khan en la serie, en el episodio ‘Space Seed’, la película puede verse sin problemas como obra independiente. Una sorprendente presencia estelar en la película es James Horner, con sus famosas notas ya apuntadas en muchos de sus temas y un estupendo e inolvidable score.

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