Steven Spielberg: 'Indiana Jones y el Reino de la Calavera de Cristal', otoñal y superlativa aventura

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“La vida es lo que sucede mientras hacemos planes”

- Profesor Oxley

Tres años después del rotundo éxito estético de ‘Munich’, que venía a culminar una década realmente prolífica y madura, regresó, por fin, el arqueólogo más famoso de la historia del cine. Durante muchos años se había especulado con la posibilidad de una cuarta película, habiéndonos quedado en 1989 con la extraordinaria tercera parte. Cuando se supo que el regreso era un hecho, y que la película vería la luz en verano de 2008, se montó una de esas desproporcionadas expectativas que ahora llaman Hype, y que terminan distorsionando la recepción de una película hasta extremos insospechados.

Pero si había regresado ‘Star Wars’, ¿por qué no ésta? Y si aquélla nueva trilogía les pareció a muchos tan floja, ¿lo sería también ésta? ¿Podría aguantar Harrison Ford el paso de los años y continuar demostrando que está en forma y que puede encarnar al aventurero? ¿Podría seguir sorprendiendo y divirtiendo la saga dos décadas después, con las profundas transformaciones que ha sufrido el cine-espectáculo? La respuesta vendría en una película de aventuras sorprendentemente joven, pero que además habla de temas como el advenimiento de la vejez y el precio de la sabiduría. Ahí es nada.

“No es la segunda venida de Cristo, es una película de aventuras”. Lo dijo George Lucas cuando la presentaron en Cannes, pues ya había algunas voces que señalaban a la película como una más. Y sus palabras encierran estoicismo y sensatez. Viendo la recepción de películas como ésta, o en un caso algo alejado el Hype que se ha montado con ‘Avatar’, empiezo a pensar que a los espectadores jóvenes de hoy día no les habría gustado nada ‘La guerra de las galaxias’ si se estrenase hoy. Muchos quieren ver lo que no hay, y se niegan a ver lo que hay. Y lo que hay es cine de un dinamismo, una alegría por filmar, un ingenio desatado, una imaginación desbordante, realmente gozosos.

La sombra del héroe

En plena Guerra Fría, los alemanes nazis han sido sustituidos por los rusos comunistas y totalitaristas. No importa, Indy les odia exactamente igual o más. Y ahora ejerce de espía ocasional para el gobierno de su país, dados sus profundos conocimientos de arqueología antigua y de ocultismo. Es muy hermoso el plano en que el héroe se encasqueta el sombrero, pero en off, pues sólo vemos su sombra haciéndolo. Indiana no puede hacerse corpóreo de pronto, todos debemos llenar esa sombra, o ese hueco, con las expectativas y los recuerdos que tenemos de él. Es decir, no es solamente un plano que certifique la aureola mítica del héroe, aunque también.

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La gran secuencia de apertura funciona a modo de prólogo, siguiendo la tradición de las anteriores aventuras. La diferencia radica en que este prólogo no está desgajado del resto de la historia, si no que es el inicio de ella. Es un prólogo narrado con una precisión y una energía admirables por parte de Spielberg, y en el que sorprende la credibilidad de un Ford de sesenta y seis años muy valiente, que no teme que comparen esta imagen con la de hace dos décadas, y que se deja literalmente la piel en cada plano. Siempre he creído que Ford es un actor soberbio, muy físico y muy natural, sin alardes de actor del método ni divismos de ninguna clase.

Hay mucha acción en este arranque, y Ford la lleva sobre sus hombros con el peso evidente de la edad, pero con envidiable fuerza y agilidad, sin parecer nunca poco creíble. El espeluznante plano final de la bomba atómica estallando, sin embargo, nos dice hasta qué punto hace mucho que hemos suspendido nuestra credibilidad con las aventuras de éste arqueólogo. No hay duda de que se han tomado en serio esta película, por muy ligera que sea, y hay mucha verdad en un Indy cuestionado por el FBI que abandona su puesto de profesor, y que observa nostálgico la fotografía de su padre fallecido (Sean Connery, que se negó a regresar a la saga).

Entre ‘American Graffiti’ y Ovnis

La aventura va a comenzar en una América con reminiscencias, ineludibles, a la segunda película de George Lucas, y va a terminar con un relato de ocultismo y de Ovnis tan en boga, precisamente, en aquélla época de tupés y rockabilly. Y no va a adolecer de la menor caída de ritmo. Con una soberbia secuencia de persecución (la de los rusos a los dos aventureros por las calles de la ciudad), que debería ser estudiada en una improbable “Escuela del cine de acción” por el perfecto montaje y la cuidadísima planificación, entramos en un viaje que nos llevará por algunos escenarios realmente conseguidos de América del Sur. Así, la saga, después de pasarse por África (‘El arca perdida’), por Asia (‘El templo maldito’), y por casi toda Europa (‘La última cruzada’), termina su periplo mundial en el continente suramericano.

Hay astucia y mucho buen gusto en la construcción de ambientes como la cárcel de Perú, o la tumba de Nazca, o la jungla y las cataratas por las que los protagonistas acceden al reino perdido de El Dorado. En ese sentido, Janusz Kaminski, que desde ‘La lista de Schindler’ es el operador fijo de Spielberg, recoge el testigo del gran Douglas Slocombe (que había hecho un gran trabajo en las tres previas) y firma una fotografía vibrante y colorista, que ofrece nuevas tonalidades de luz a una saga que necesitaba de una evolución en ese sentido, y sale vivo del empeño.

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Muy superior, en esfuerzo, en secuencias de acción, en astucia y ganas de filmar, a su díptico jurásico, esta gozosa película es, sencillamente, una superlativa aventura a la que sólo desmerece terminar con el casamiento del héroe con su antigua amante Marion (por cierto, muy divertida Karen Allen), pero que en casi todo lo demás (los personajes de Shia Lebouf o Cate Blanchett, el clímax final, el misticismo de la calavera de cristal) está a la altura de una saga a la que se le pide lo más en cuestión de espectáculo y diversión.

Es decir un Spielberg a medio camino entre la ligereza apasionante de los ochenta y la madurez actual.

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