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'The Duke of Burgundy', sumisión/dominación
Críticas

'The Duke of Burgundy', sumisión/dominación

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En el tercer episodio de la tercera temporada de la serie ‘Sherlock’ (íd., 2010 - ), Holmes debe entrar en la muy segura oficina de uno de sus archienemigos. Acompañado de su fiel compañero Watson le dice que burlará todos los sistemas de seguridad debido a “un error humano”. A continuación descubrimos que una mujer con la que Holmes está teniendo una relación de pareja, les deja entrar. Watson, escandalizado, se da cuenta de que su amigo se ha echado novia única y exclusivamente por eso, y cuando le advierte de los sentimientos de esa mujer Holmes le espeta: “como dije, error humano”.

Viendo ‘The Duke of Burgundy’ (Peter Strickland, 2014) me vino a la memoria ese peculiar instante de una serie que en nada, o muy poco, tiene que ver con el presente film, uno de esos que pasan por festivales, pero dudo que conozcan algún día distribución comercial en nuestras salas. Si el detective más famoso de la historia —ficticia— asegura que el amor es un error, en la historia escrita y dirigida por Strickland puede verse como una de las interpretaciones en el subtexto de un relato sobre la dominación y la sumisión. Y sin ningún hombre en toda la película.

(From here to the end, Spoilers) ‘The Duke of Burgundy’ es un relato impreciso, temporalmente hablando, sucede, o parece suceder a principios del siglo XX en algún lugar que parece encontrarse entre una pesadilla y un cuento de hadas. Imprecisa es también su narrativa, intencionadamente; su carácter cíclico, que habla no sólo de la rutina que vuelve una y otra vez a la vida de la pareja, sino de la unión entre principio y fin, entre lo que nos une y nos separa, para volver a comenzar. Así es, o parece ser, la relación entre las dos amantes del film, Cinthya y Evelyn.

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La dominación, la dependencia

En los primeros compases del film vemos cómo Evelyn —sensacional trabajo, sobre todo gestual, de Chiara D’Anna— es sometida a todo tipo de humillaciones por Cinthya —también excelente Sidse Babett Knudsen, actriz con mayor experiencia, algo sin duda vital para dar vida al personaje—; ésta le obliga a limpiar la casa, en todos y cada uno de sus rincones, sin permitirle ni un solo error o descuido. Si ha de castigarla, la coge de la mano, la lleva al baño cuya puerta se cierra delante de nuestros curiosos ojos, le ordena que abra la boca y el sonido que oímos no deja lugar a dudas, mientras nuestra imaginación se ha disparado a lugares permitidos únicamente por la mente abierta, o no, de cada uno.

Strickland, subrayemos, un hombre hablando sobre una relación entre dos mujeres, sin el más mínimo maniqueísmo o absurdo discurso sobre la diferencia de sexos, se muestra muy inteligente a la hora de privarnos, visualmente hablando, de las escenas sexuales entre ambas mujeres, y en las que la depravación ocurre en el lado más oscuro —siempre mucho más interesante que el luminoso— de la mente humana. Solo cuando se eche mano del “amor romántico”, el director nos regala instantes entre ambas mujeres, con caricias, besos y susurros.

Pero antes de eso, nos propondrá un viaje que será el retrato de la vida de pareja, donde nada es lo que parece, y en el que el que domina realmente el juego no es quien creemos. La rutina y la repetición de ciertos actos nos son mostradas una y otra vez en el interior de dicha casa, mientras Strickland va cambiando el punto de vista de Evelyn a Cinthia. La segunda se somete a los caprichos de la primera, interpretando el rol de dominatrix para satisfacer sus más oscuros deseos carnales. Y lo hace única y exclusivamente por amor, algo que muchos considerarían un error.

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La sumisión, el poder

Establece así un muy interesante punto de vista que rara vez se establece en una historia de dominación y sumisión, donde la sumisa es la que realmente manda, y la dominante es la que obedece. Un cambio de roles, sólo en la perspectiva, que el director además somete —es la palabra perfecta en esta película— a todo tipo de juegos metafóricos, no sólo por establecer un paralelismo entre las mujeres y la vida de las mariposas y polillas que ambas estudian, sino a través de una puesta en escena que va tornando, sobre todo en la fotografía, según avanza la película.

Si en una pareja normal y corriente recurrir a juegos de dominación y sumisión puede combatir la rutina de la relación —el enemigo más feroz de cualquier tipo de relación—, en ‘The Duke of Burgundy’ es al revés. Los juegos son la rutina, el día a día, con apenas variaciones en su ejecución. El combate está en la demostración del sentimiento puro y duro, si es que existe. Volver a él de vez en cuando, para poder seguir avanzando, porque todo empieza de nuevo, como siempre.

Al ya comentado trabajo de ambas actrices —a lo que habría que añadir una casi extraña participación del resto del elenco, entre los que el director llega a colocar en determinadas secuencias maniquíes— hay que sumar la más que estimable, y simbólica, puesta en escena de Strickland y algunas de sus soluciones visuales. Atención a cuando la cámara se mete entre las piernas de Cinthya para expresar el punto de vista de Evelyn. O esos flashes de polillas, que bombardean en cierto instante la pantalla. O el excelente cierre, que parece el inicio.

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