'The Karate Kid', el niño kung-fu

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Lo digo desde el principio: ‘The Karate Kid’ (id, 2010, Harald Zwart) me ha parecido uno de los peores remakes que se han hecho jamás, —dentro de poco os hablaré de otro que se lleva la palma de la vergüenza ajena—, un producto, eso sí perfectamente diseñado para cierto tipo de espectador, a ser posible de origen yanqui, y en concreto de una edad entre los 10 y los 13 años. Nunca me gustó el film original, muy superior al que nos ocupa, desde luego, pero John G. Avildsen no hizo más que repetir la operación de su exitosa ‘Rocky’ (id, 1976), que se alzó con 3 Oscars, trasladando el boxeo al mundo del karate y dando un toque más juvenil a la historia. Avildsen es un director torpe, pero por aquel entonces tenía un buen olfato para el éxito.

Ahora le ha tocado el turno al impersonal Harald Zwart —director de memeces como ‘Agente Cody Banks’ (‘Agent Cody Banks’, 2003) o ‘La pantera rosa 2’ (‘The Pink Panther 2’, 2009), y productor de la recientemente estrenada entre nosotros ‘Zombis nazis’ (‘Død snø’, 2009, Tommy Wirkola)— repetir el éxito de su predecesor, cosa que ha logrado con creces. De hecho estamos ante el remake más exitoso de los últimos años, algo que no deja de sorprender si tenemos en cuenta la cantidad de defensores acérrimos que el film de 1984 tiene. Los tiempos cambian y en este caso ha sido para mejor, al menos económicamente hablando. Otra cosa es la calidad.

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La historia de ‘The Karate Kid’ versión 2010 es la misma que la de 1984 cambiando unos cuantos elementos, por eso de actualizar la trama convenientemente ambientada en China, país que ha adelantado a Japón como potencia y compite directamente con Estados Unidos. Ya no estamos en USA, Pekín es la ciudad en la que vive el protagonista, que se ha mudado allí con su madre en busca de nuevas oportunidades —claro, la crisis mundial hace que no pueda encontrar trabajo en todo el territorio estadounidense—, éste es más joven que el personaje al que daba vida Ralph Macchio. Ya no hablamos de un adolescente, sino de un niño, de color, cuya triste existencia —sus nuevos compañeros lo tienen atemorizado— será iluminada por enseñanzas de kung-fu.

Exacto, en una película cuyo título es ‘The Karate Kid’ el protagonista aprende kung-fu. No sólo lo aprende, sino que llega a dominarlo a la perfección practicando incluso la auto enseñanza inventándose una espectacular patada que para asombro del mundo entero —el público del torneo final y por suma el espectador— será repetida en unos monitores gigantes como si de un videojuego se tratase. Tengo un gran problema de credulidad con esta película, nada de lo que ocurre en ella me convence ni lo más mínimo.

Son muchas las cosas que me distancian y no puedo remediarlo. Un chavalín de 12 años en un país cuyas costumbres le tendrían que sonar a chino, nunca mejor dicho. Anda metido en líos con una pandilla de mal encarados que lo arrinconarán en un momento crucial del film en el que servidor pierde por completo la fe en lo que está viendo. Jackie Chan se pone a demostrar sus habilidades con un grupo de niños a los que no sacude en ningún momento pero igualmente los deja para el arrastre como si fueran cualquier matón de sus películas de artes marciales. No puedo dar crédito a la secuencia, y a partir de ahí todo se hace cuesta abajo.

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El film es demasiado largo y sugiere además una historia de amor entre el protagonista y una niña china, historia que da muchas vueltas y termina por estancarse. También introduce un trauma en el personaje de Jackie Chan por aquello de compartirlo con su alumno —repito, un repelente niño negro al que no conoce absolutamente de nada más que de enseñarle kung-fu haciendo que se quite y se ponga la chaqueta hasta el cansancio— y así fortalecer sus previsibles e increíbles lazos de amistad. A la sobriedad de un esforzado, aunque totalmente desaprovechado, Jackie Chan, hay que sumar la insufrible simpatía de Jaden Smith, que no es más que una versión en pequeño de Will Smith, y el histrionismo de Taraji P. Henson, que da vida a su gritona madre.

Puesta en escena totalmente funcional, desaprovechando el formato scope por mucho que Zwart se explaye filmando maravillosos paisajes orientales. Todo termina ahogado por una omnipresente banda sonora de James Horner, que en estos tiempos alejados de sus mejores partituras ha olvidado el significado de la palabra sutilidad. Su música subraya profundamente y ensalza cada instante de ‘The Karate Kid’ hasta tal punto que si uno cierra los ojos tiene la sensación de estar ante un film épico de batallas al estilo de la trilogía de Peter Jackson. Horroroso.

En definitiva, que aún no gustándome el film de 1984 lo prefiero mil veces al presente despropósito. Eso sí, como operación comercial, absolutamente magistral.

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