'The Master', amor de puñetazo ebrio

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El borracho y agresivo Freddie (Joaquin Phoenix) vaga entre diversos trabajos, cuando conoce, en un barco, al carismático líder Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), quien se define como médico y filósofo pero lidera un importante culto en la América de los cincuenta.



¿Cómo acercarnos a esta impecable, misteriosa y relevante obra? Vamos a intentar volver sobre los pasos del director más esquivo e imaginativo del cine norteamericano, el primer e indudable maestro – en la medida en que su estilo no es solamente reconocible sino que funciona bajo reglas enteramente nuevas – del que tenemos noticia tras la exitosa generación del Nuevo Hollywood y algunos agentes independientes surgidos, en parte, a Sundance.

Paul Thomas Anderson suele dirigir la misma historia del antagonismo paternofilial una y otra vez. Ése era el tema central de su genial debut, ‘Sidney’ (Hard Eight, 1996), con la amistad entre Philip Baker Hall y John C. Reilly como asunto paternofilial. Incluso cuando se volvió scorsiano en su película menos interesante, la eficiente ‘Boogie Nights’ (id, 1997) había también lazos de paternidad con el inocente “hombretón” encarnado por Mark Wahlberg.

Ya en ‘Magnolia’ (id, 1999) su primera y fascinante obra maestra, un caos que se llena de altmanismos para lograr la mejor actuación de Tom Cruise, logra retratar varias relaciones destructivas de padres con sus descendientes, incluyendo la más potente, la de un niño que se rebela contra un padre obsesionado por su triunfo.

¿Y su rareza incomprendida, la genial ‘Punch-Drunk Love’ (id, 2002)? Pieza de cámara sobre el problema escondido del personaje de Adam Sandler, quien busca amar pese a su crianza. A modo de paso político, ‘Pozos de ambición’ (There will be blood, 2007) se proponía como agonizante, distanciado y desconcertante western en el que la ambición del petróleo encontraba una firme aliada en la religión organizada.

Por eso ‘The Master’ (id, 2012) despega donde terminó la otra. Hay una nueva relación, entre Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) y el alcoholizante Freddie (Joaquin Phoenix). Pero esta vez, por primera desde Magnolia con su rebelión suspendida en el filo mismo de su último acto, parece que el hijo simbólico va a ganar la batalla.

¿Quien es el padre? Un charlatán, un embustero, pero cuya manera de someter es verbal, necesita la reafirmación y se propone salvar, aunque ello no sea lo más sencillo, el destino de Freddie. Desconcertado por su poderío tras la primera sesión de terapia, Freddie se propone creer en el maestro pero su rabia no desaparece. Soldado alchoholizado, furioso, desnortado, presa del deseo y absolutamente estancado en la promesa de que podrá cambiar, es en el desierto donde abandona al maestro.

Cualquier acercamiento a la película es, de momento, tentativo. Sucede esto con los mejores. En esta lección interpretativa, Anderson se propone volver a los grandes estilistas. La obsesión temática y rítmica por las olas remiten al Hitchcock más poético de los cincuenta y sus obsesiones circulares sacadas directamente del mundo de ‘Vértigo’ (Vertigo, 1958). Los juegos brillantes de sonido anticipando imágenes son bien aprendidos de Terrence Malick. El uso, calculado, de la narración subjetiva demuestra muchas cosas bien aprendidas del mejor Roman Polanski. Los actores actúan verdaderamente como en el mejor cine clásico, hieráticos, dejando espacio, su manera de colocarse en el plano se suma a una concepción peculiar de la puesta en escena, el montaje, la música y la composición.

De esto, saca Anderson no un estilo sino una manera única de comprender el lenguaje cinematográfico. Tamaña hazaña debe ser celebrado como lo que es: un paso adelante en el cine norteamericano, una pieza artística de suma importancia y de enigmática belleza con dos actores en estado de gracia inmenso. Joaquin Phoenix emborracha los tics del mejor Montgomery Clift mientras que Philip Seymour Hoffman adopta los gestos justos de un Orson Welles sin dejarse ensombrecer por la sombra gigantesca de éste.

Amy Adams, por otra parte, parece ser redescubierta, como sus dos protagonistas, por Anderson, en un papel que llena de matices y estatismo. En esta fiesta delicada de autodestrucción, deseo, humillación y finalmente huida hacia algún lugar que es posible que sea mejor que el infierno, estamos invitados a reflexionar. El ritmo es avasallador, renunciando al frenesí o a la construcción lenta de gran parte del mejor cine independiente y de arte y ensayo. En vez de eso, nos encontramos en un proceso de hipnosis: la narración se sigue perfectamente, pero sus misterios permanecen intactos. Tal maestría es difícil de lograr, y pocas veces veremos un cineasta, a sus 42 años, en estado tan libérrimo y ferozmente creativo.

Lo ha dicho Kent Jones: puede que el resultado mismo de los grandes antagonismos de la filmografía de Paul Thomas Anderson sean resueltos en esta obra perdurable, única, rodada en 65 milímetros por el excelente operador del Coppola tardío, Mihai Malăimare, Jr. quien hace un trabajo sencillamente histórico, recordando la belleza de ratio de un formato cuyas posibilidades han estado decididamente inexploradas por el fervor acrítico de tecnologías últimas interpretadas como capaces (el uso feísta de las digitales, por ejemplo, rara vez dignificado). Lo mismo del impresionante trabajo musical de Jonny Greenwood, de Radiohead, que repite con el cineasta tras una experiencia fascinante en su odisea petrolífera. Logros que igualmente comparten Peter McNulty y Leslie Jones en la labor impresionante de montaje.

Esta película no requiere ya de las nominaciones del mismo certamen que ignoró a Scorsese tantos años, que dejó sin premios a obras maestras de Hitchock o Kubrick, lo que sí requiere es ser vista, experimentada y discutida. Mikel comparte entusiasmo y dedicó elogios al film.

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