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El póster de Mondo para The Master

Desde ‘Amor’ (‘Amour’, Michael Haneke, 2012), ningún otro estreno me ha impresionado tanto como ‘The Master’ (Paul Thomas Anderson, 2012). La vi hace un par de semanas —en España no se estrenó hasta el 4 de enero— y sigo pensando en ella, no se me va de la cabeza. Es diferente, misteriosa, hermosa, divertida y melancólica. Para mí las dos de Haneke y Anderson son, claramente, las mejores películas que compitieron en la pasada edición de los Oscar.

No pretendo hacer una división exacta pero a menudo nos encontramos con dos clases de películas. Unas quieren narrar una historia, de la mejor manera posible, y otras son ventanas a universos ficticios, donde somos invitados a vivir durante un tiempo limitado, sentados cómodamente en la butaca. Este segundo grupo de trabajos pueden ser más difíciles, más incómodos, y puede que aburran durante algún momento, porque no buscan entretener o complacer al espectador, sino crear un mundo alternativo al nuestro y permitir al espectador que se sumerja en él, abandonando el suyo en un viaje que dejará huella, como si fuera una auténtica experiencia.

No siempre funciona. Enfocar pajarillos y atardeceres, soltar frases de sobres de azúcar relacionadas con la vida y la muerte, eso lo hace cualquiera, es cine, todo puede serlo, pero no tiene mérito (o yo al menos no se lo encuentro). Cuando alguien tiene el talento y la fortuna para lograr que funcione, la obra adquiere un valor especial, que no caduca, y es haber capturado un pedazo de vida que siempre estará ahí, atrapado, esperando a que alguien decide adentrarse en ella. En cierto modo, es como un sueño al que se puede volver siempre que uno quiera.

No estoy menospreciando el cine que prefiere contar historias, también requiere talento. Y pueden proporcionar viajes emocionantes que uno desea repetir, como una espectacular atracción de feria para un crío. Pero tienen que ceñirse a una estructura, a una trama, cuidar que el público se entere de todo y capte cada detalle, que no se pierda. Las otras parten con una ventaja importante: no tienen que seguir normas. Pueden acabar sin que se resuelva nada. Pueden detenerse en situaciones donde no pase algo relevante, solo por el placer de ver o escuchar. Un paisaje, un animal, una canción, un diálogo, un rostro… No hay prisa, porque no se va a ninguna parte, se trata de contemplar y disfrutar (de diversas maneras).

The Master

‘The Master’ puede verse como la historia de una secta y la relación entre dos hombres, maestro y aprendiz, amigos, lo que cada uno interprete. Para mí es un retrato de soledad y desorientación, de búsqueda y sufrimiento, de almas que necesitan paz. Del ser humano. Es curiosa la elección del personaje principal, Freddie Quell, al que da vida un asombroso Joaquin Phoenix entregado en cuerpo y alma a la película. A menudo se llama creador al autor que escribe un guion y lo dirige, pero un actor (como un compositor o un diseñador de vestuario) también debe ser reconocido como creador. Freddie es un ser humano creado por Phoenix, una transformación de puro genio. Merecía el Oscar, nadie ha estado a su nivel en 2012.

P.T. Anderson sitúa la acción después de la II Guerra Mundial y centra la mirada en un excombatiente que regresa a EE.UU. A través de un discurso comprensivo y esperanzador se habla a los soldados sobre el futuro que tienen por delante, que sobre sus hombros descansa el futuro, y más bonitas mentiras. ¿Cómo vuelve a la normalidad alguien que ha sido instruido para matar o morir por algo tan absurdo como una bandera? Es una brutalidad maquillada de heroísmo y necesidad. Pero todo ha acabado así que a ganar dinero, formar una familia y levantar el país. Freddie no tiene a dónde ir. Es un marinero sin barco. No tiene nada ni a nadie, y no parece querer nada. Le vemos deambulando, de trabajo en trabajo, metiéndose en problemas, sin rumbo fijo. Solo sigue sus impulsos…

Joaquin Phoenix en The Master

Una noche, Freddie se cuela en un barco donde se celebra una fiesta y descubre “La Causa”, un culto inspirado en la Cienciología —aunque el retrato se puede extender a cualquier creencia con líder, libro sagrado y cuento mágico sobre el origen del hombre (y la mujer)—. El grupo adora la palabra de Lancaster Dodd, al que da vida Philip Seymour Hoffman, un intérprete que es otro caso aparte, como Daniel Day-Lewis o Christoph Waltz, colosos que cuando están inspirados ofrecen algo incomparable. A Hoffman le basta una escena para desnudar el alma de su personaje. Desde su presentación queda claro que Dodd es un charlatán con habilidad ganarse a un público fácil y necesitado. Freddie lo es y en un principio Dodd y “La Causa” significan orientación, sentido, promesa de paz.

Anderson muestra el ridículo de organizaciones como “La Causa”, basadas en la palabra de un hombre, contrarias a la ciencia, pero Dodd no es un payaso. Es inteligente, contradictorio, carismático, un excelente mentiroso que va a tratar de sacar provecho de la crisis espiritual que ahoga a parte del país. Acoge a Freddie y éste responde con entusiasmo y agradecimiento. Es como un perro callejero que acaba de encontrar un hogar y un dueño, al que defenderá de cualquier ataque. Pero Freddie no es tonto y empezará a atar cabos… Apoyado en el talento de Phoenix y Hoffman, Anderson nos muestra una relación fascinante que por sí sola justifica toda la película y la eleva por encima de la gran mayoría de los estrenos que nos han llegado en los últimos años. No encontraremos este impresionante duelo interpretativo en ninguna otra parte.

Philip Seymour Hoffman en The Master

Es muy interesante el choque de personalidades. Freddie se deja llevar como un animal, algo que Dodd rechaza específicamente en sus discursos, al mismo tiempo que se muestra incapaz de superar sus propias debilidades, de frenar sus deseos y corregir sus errores. Está divorciado, abusa del alcohol… A pesar de ser un hombre respetado por una legión de seguidores, de su familia, Dodd es un hombre triste y solitario, de hecho se llega a comparar con Freddie, y a éste le hace gracia, pero no es ninguna tontería. En el fondo, ambos se encuentran en una situación parecida. Dodd también está perdido, y es infeliz. En parte porque es consciente de la farsa, de la estupidez y el absurdo que está vendiendo. Sabe quién es y lo que está haciendo.

Hay una escena en la que sus seguidores están esperando una charla en la que va a presentar su nuevo libro y él tarda en aparecer porque le cuesta ponerse la máscara de brillante líder. No es casual que la segunda vez que le discuten su obra, el personaje de Laura Dern, Dodd tarda mucho menos en perder la paciencia y responder a gritos. Se va quedando sin recursos intelectuales para defender la rentable bobada de “La Causa”. El engaño, en el que él desearía creer, tiene cada vez menos sentido. Conforme avanza la película, queda claro que el personaje se pudre bajo la montaña de mentiras que ha estado levantando. Por eso Freddie, y su potente fórmula alcohólica, es un feliz encuentro…

Amy Adams

Freddie es una vía de escape, es pureza, sinceridad; le respeta porque cree en él de forma auténtica, por eso será tan doloroso el momento de la inevitable decepción. La relación también se quiebra por la esposa de Dodd (impecable Amy Adams), una mujer entregada a la fe que extiende su marido, pedirá la sumisión de Freddie o su expulsión. Porque es una mala influencia para Dodd. Demasiada libertad y descontrol. Ciertamente, Freddie parece libre, pero, ¿lo es de verdad? Por lo pronto le encadena su adicción al alcohol, lo que altera sus emociones, posiblemente debido a los traumas del pasado que aún le atormentan. Ha sufrido mucho, ha estado muy solo, y todo eso le ha pasado factura, aunque él se parta de risa contando sus experiencias. Es un mecanismo de defensa. Y cuando uno está borracho, puede culpar a la bebida.

Es extraordinaria la forma en la que Phoenix se expresa como Freddie, dotándolo de un físico singular y reconocible. Demacrado, torcido, confundido, víctima del destino y de los excesos que no puede (y no quiere) refrenar. Anderson lo muestra feliz, casi por primera y única vez, junto a una mujer de arena (que no va a durar y que él mismo ya ha deformado), tomando el Sol en la playa, acurrucándose para dormir, como un bebé junto al pecho de su madre. Al final puede que ‘The Master’ no haya contado nada concreto, no sigue la evolución de la secta o de Dodd (si bien queda claro que el movimiento tiene éxito), no explora el camino que toma Freddie hacia la redención (¿la hay?, supongo que es interpretable)…

Joaquin Phoenix

Recrea una época, hasta el punto de que las imágenes no parecen filmadas en este siglo, y nos deja echar un vistazo a la vida de varios personajes cuyos destinos se entrecruzan, mientras se ofrece un afilado y tragicómico análisis del comportamiento humano, de sus limitaciones, frustraciones y anhelos. Es un dibujo triste, pero lleno de humor. Cada uno que saque sus propias conclusiones. Para mí, ‘The Master’ es una película única, una rotunda obra maestra.

5 estrellas

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