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Me hace gracia la campaña de promoción de una película como ‘Tierra prometida’ (‘Promised Land’, Gus Van Sant, 2012) en nuestro país. La publicidad reza que nos encontramos ante una de las mejores películas del año, repito, una de las mejores películas del año, sin duda para arrastrar a la gente al cine, y de paso cometer el mismo error que cometen algunos de los personajes del film: mentir. Podría comprender que el film gustase a cierto tipo de espectador porque al fin y al cabo, público lo hay de infinidad de clases y todos tienen su tipo de película; pero de ahí a decir que es uno de los mejores films del año hay un abismo enorme. Dudo mucho que ‘Tierra prometida’ vaya a parecer en las listas de lo mejor de lo estrenado en el 2013. Ni siquiera se encuentra entre lo mejor de sus artífices.

Matt Damon y John Krasinski, a partir de una historia de Dave Eggers, han unido fuerzas para el guión del último trabajo del Gus Van Sant más amable y accesible, y sinceramente no entiendo cómo dos actores a los que les creo un mínimo de inteligencia, no han pulido las deficiencias de una historia tan simplona y facilona como la que narra Van Sant, o qué vieron de interés en la misma. Tal vez no encontraron otro escritor que se atreviese a arreglar tal guisa, si no, no me lo explico. Conviene citar que hablamos de la película que debía haber sido el debut en la dirección de Matt Damon, quien terminó desechando la idea por tener poco tiemo de preparación y por los consabidos conflictos creativos.

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(From here to the end, Spoilers) Realmente saber el argumento de ‘Tierra prometida’ —por cierto, título más pretencioso de lo debido— es saberlo practicamente todo sobre la misma. Matt Damon y Frances McDormand dan vida a dos representantes de una importante y poderosa compañía de gas natural que deben convencer a todos los habitantes de un pequeño pueblo, camino de la ruina, de vender lo que poseen para que la empresa siga expandiéndose. Los pobres lugareños son engatusados con falsas promesas de riqueza en el caso de que vendan, y amenazas de perderlo todo en caso contrario. Algunos aceptarán, otro no, pero todos dudarán cuando hace acto de presencia un ecologista que pone en tela de juicio a la empresa de gas natural y sus actividades.

La película desaprovecha todas y cada una de sus posibilidades. Todo en ella es leve y previsible, por tener no tiene prácticamente nada, salvo unas buenas interpretaciones de su elenco, y una acertada banda sonora de Danny Elfman, esta vez sin tanto protagonismo como en otras ocasiones. La más que visible denuncia a las grandes corporaciones que se aprovechan del azote en algunos sitios de la condenada crisis económica actual, es de lo más ligera que un servidor ha visto, como si no quisieran herir sensibilidades en este mundo tan políticamente correcto que nos ha tocado vivir —si denunicas algo, hazlo con un par, poniendo toda la carne en el asador—, y el conflicto del personaje al que da vida Damon —darse cuenta que trabaja engañando a la gente— está resuelto de un plumazo muy poco creíble.

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‘Tierra prometida’ tiene un aspecto de telefilm que tira para atrás, y su factura poco más es. Gus Van Sant dirige sin pasión, sin ganas, sin fuerza, quizá poco interesado por el material, limitándose a colocar la cámara en los lugares adecuados y cumplir con su papeleta. Si en una de las anteriores colaboraciones entre director y estrella, la infumable ‘Gerry’ (id, 2002), me resultaba insoportable lo pretencioso de la propuesta, en el caso que no ocupa es todo lo contrario, su simpleza me desborda. El posible disfrute del film está en los actores y sus increíblemente simples personajes, sin aristas ni claroscuros, por mucho que el personaje de John Krasinki, al que se ve venir a km de distancia, lo intente. Con personajes tan claros y nada complicados, las cosas suceden con total parsimonia y tranquilidad. ‘Tierra prometida’ es un film sin sobresaltos, a pesar de su carácter de cinta comprometida.

Atrás quedan las posiblidades de un triángulo amoroso —donde la preciosa Rosemarie DeWitt destaca por encima de todo gracias a su naturalidad—, el amago de historia de amor entre el personaje de McDormand y el de Titus Welliver —secundario que pasará a la historia por haber dado vida al humo negor de ‘Lost’—, ramificaciones argumentales echadas a perder en pos de los buenos sentimientos, aunque afortunadamente sin cargar las tintas —el film es tan pobre que hasta rechaza esa opción—. Como también está desaprovechado un actor de la talla de Hal Hoolbrook, con menos importancia de la que parece. Y soterrada, muy soterrada se queda esa defensa del individuo —Gus Van Sant jugando a ser King Vidor, era lo que me faltaba—, cuya defensa final se ve venir desde el inicio como solución al problema.

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