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Batman cartel

Nunca he sido un amante de los cómics, pero siempre me ha atraído la imagen de Batman y el Joker. La razón por la que nunca he sido un fan del tebeo es porque no podía discernir qué bocadillo de diálogo se suponía que tenía que leer. No se si era dislexia u otro motivo, pero esa fue la razón por la que me encanta ‘La broma asesina’ porque por primera vez pude saber cuál leer. Es mi favorito. Es el primer cómic que me apasionó. Y su éxito dio respaldo a nuestras ideas.

Tim Burton

Como comenté en la entrada de ‘Bitelchús’ (‘Beetlejuice’, 1988), Tim Burton había comenzado a trabajar junto a Sam Hamm en las ideas previas para ‘Batman‘ (id, 1989) allá por 1986, aparcándolas momentáneamente para poder dedicarse al exitoso filme de fantasmas que convencería de forma definitiva a la Warner acerca de la idoneidad del realizador de cara a poder levantar un filme que Michael Uslan, uno de los productores, llevaba queriendo poner en pie desde casi una década antes.

Todos los caminos no llevan a Gotham

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Habiendo adquirido los derechos a DC en 1979, Uslan y Benjamin Melniker pretendían hacer una “versión definitiva, oscura y seria de Batman, de la misma manera que Bob Kane y Bill Finger la habían visualizado en 1939. Una criatura de la noche que acecha a los criminales desde las sombras”. Pero Uslan y Melniker no lo tuvieron fácil, encontrándose con el rechazo constante de unas productoras —Columbia y Universal, por ejemplo— a las que no les interesaba ver a un héroe oscuro, insistiendo en retomar el tono ligero y camp de la serie de televisión de los años 60.

Contando en un momento dado con Tom Mankiewicz, el guionista que había auxiliado a Richard Donner a pulir el ridículo carácter del libreto escrito por el matrimonio Newman para ‘Superman‘ (id, 1978), el tratamiento inicial del escritor se centraba en el origen tanto del personaje como de Dick Grayson —el primer Robin— como en el enfrentamiento de ambos con el Joker y Rupert Thorne, un jefe mafioso de los cómics.

Warner, que ya se había hecho cargo del filme en 1981, anunció su estreno de cara a mediados de 1985, barajándose nombres como los de Joe Dante o Ivan Reitman para la dirección , reescribiéndose el tratamiento de Mankiewicz hasta en nueve ocasiones diferentes por distintos guionistas y pretendiendo Uslan que, al igual que Christopher Reeve, el actor elegido para interpretar a Batman fuera un completo desconocido.

Una solución llamada Tim Burton

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Elegido Burton como responsable de llegar a tiempo a la fecha de estreno prevista para junio de 1989, una de las primeras decisiones que tomó el director antes de abandonar temporalmente el proyecto, fue desechar el guión de Mankiewicz por considerar que no reflejaba el matiz oscuro que pretendía darle al personaje, contratando al citado Sam Hamm para reescribir por completo el libreto siguiendo los patrones que dictaban dos títulos editados por DC durante los ochenta que habían dado por completo la vuelta al personaje: ‘El regreso del caballero oscuro‘ y ‘La broma asesina‘. La pretensión de Burton era clara, capturar para la gran pantalla la sombría idiosincrasia con la que Frank Miller, Alan Moore y Brian Bolland caracterizaban al hombre murciélago.

Tras la pausa de ‘Bitelchús’, la reanudación del proceso de pre-producción de ‘Batman’ generaría una polémica desproporcionada cuando, tras considerar otras opciones como Mel Gibson, Bill Murray, Pierce Brosnan o Charlie Sheen, Tim Burton decidió que fuera Michael Keaton el que se enfundara el traje negro. En palabras del director:

Un murciélago es algo salvaje. Ya había trabajado con Michael y por eso pensé que sería perfecto, porque tiene esa mirada. (…) Es de esos tipos a los que te imaginas poniéndose un bat-traje; lo hace porque lo necesita, porque no ese un macho gigantesco y robusto. (…) Coger a Michael y convertirlo en Batman recalcaba todo eso de la doble personalidad que, para mí, es de lo que trata la película.

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Las reacciones de los fans del cómics no se harían esperar: con Bob Kane —el creador del personaje— como primer sorprendido de la decisión de Burton, hasta cincuenta mil fueron las nada agradables misivas recibidas en las oficinas centrales de Warner solicitando la retirada del actor en lo que consideraban una osadía contra el personaje. A tanto llegaría el ruido que los aficionados hicieron que las acciones de la productora tocarían fondo en la bolsa, haciéndose eco de ello hasta el Wall Street Journal.

Afortunadamente, la sangre no llegaría al río con el resto de las decisiones que Burton y Marion Dougherty tomaron de cara al reparto, no albergando ninguno de ellos duda alguna al respecto de quién sería el encargado de encarnar al Joker, la némesis por excelencia de Batman en los cómics y el personaje que en los dos títulos anteriormente citados que habían revolucionado el noveno arte había sido explorado con maestría por Miller y Moore. Un Jack Nicholson que, de nuevo en palabras del cineasta:

era el Joker (…) Jack es genial. Puede hacer seis tomas, y en cada una de ellas te dará algo nuevo (…) Sólo verlo ya entusiasmaba.

Las fortalezas de un superhéroe

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Ya hemos ido apuntando, en las dos entregas anteriores de este especial que estamos dedicando a Tim Burton, la suma importancia que en la filmografía del cineasta tiene el tratamiento del personaje central, que siempre funciona como pilar, visibles o invisibles, para el desarrollo de las ideas visuales que tan bien caracterizan la trayectoria del director. Y si normalmente es uno el que sirve a los propósitos del realizador, en el caso de ‘Batman’ será a través del hombre murciélago y de su antagonista que el director exprese su particular visión del héroe.

Adentrándose en la psique del personaje, Burton y Hamm ahondan en la doble definición de Bruce Wayne y su alter ego, construyendo a un héroe torturado por su pasado que no basa sus acciones en ningún noble propósito y se deja llevar por un único objetivo, la venganza. Una venganza que se va cobrando en todos los criminales que se ponen en su camino mientras busca denodadamente a aquél que asesinó a sus padres a sangre fría en un oscuro callejón al que vuelve cada año para honrar su memoria.

Lo que guionista y director consiguen con tal definición es alejar al personaje del carácter mesiánico que, hasta entonces, había rodeado al epítome por excelencia de los superhéroes, Superman, sumiendo a Batman en una oscuridad e introspección a la que se opone de forma directa la luminosidad y el colorido con el que se muestra al desquiciado Joker.

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Como corrupta cara de la misma moneda, el Joker cumple la función en la cinta de servir como escaparate a la libertad de la que Burton siempre ha intentado hacer gala en su filmografía: al no atarse a ninguna ley de la sociedad, el Joker es una fuerza de la naturaleza imprevisible cuyo carácter como dualidad monstruosa de Batman queda expuesta en el diálogo que ambos mantienen en el clímax final en la catedral de Gotham, haciendo ambos responsable al otro de su “nacimiento”.

Unida a la espléndida definición de ambos personajes —que, no obstante, será superada con creces en la trilogía de Nolan, sobre todo en lo que al Joker concierne— encontramos el segundo pilar fundamental que a mi parecer fue claro responsable del éxito de una cinta que, con 50 millones de presupuesto, recaudó más de 400 en Estados Unidos. Y este no es otro que su diseño de producción, obra de un Oscarizado Anton Furst que logró aquí el culmen de una carrera jalonada por títulos como ‘En compañía de lobos‘ (‘In the Company of Wolves’, Neil Jordan, 1984) o ‘Alien, el octavo pasajero‘ (‘Alien’, Ridley Scott, 1979).

La arquitectura de Gotham, amalgama asombrosa de estilos que van desde el art nouveau al nazismo pasando, cómo no, por el expresionismo alemán o el constructivismo ruso, convierte a la ciudad de Batman en el laberinto de sombras idóneo por el que mover al héroe, sirviendo al mismo tiempo de fiel reflejo de la torturada psique del personaje y de extensión de la personalidad con la que el hombre murciélago es descrito. Unida al diseño, la espectacular partitura de Danny Elfman —un trabajo que marcaría sobremanera su posterior producción— abunda en la misma función que aquél, sirviendo las zonas más umbrías de la banda sonora del mismo modo que lo hacen esos imposibles edificios que Burton definiría como “un infierno que había eructado el pavimento y seguía creciendo”.

Y sus talones de Aquiles

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‘Batman’ no es uno de esos filmes de los ochenta por los que el tiempo parece no haber transcurrido. Y aunque el envejecimiento al que le han sometido los casi cinco lustros que han pasado desde su estreno estén muy lejos de lo que acusa su continuación —de la que, obviamente, ya hablaremos—, no es menos cierto que, visto hoy, el filme detenta someras carencias que se mueven en dispares ámbitos.

De entre ellos, los más llamativos son los que atañen, de una parte, a la narrativa que Burton extrae del guión de Hamm, fracturada e irregular en ciertos momentos y, de la otra, al protagonismo y definición de los secundarios, personajes todos ellos sin excepción que parecen puestos ahí para hacer bulto y que en ningún momento completan ni a Bruce Wayne/Batman ni al Joker, no sirviendo Vicky Vale —bellísima Kim Basinger—, Knox, Bob o cualquier otro que se pasee por la acción para algo más que potenciar lo espléndido de la mesura de Keaton o lo histriónico de un Nicholson cuyo protagonismo raya casi en lo absoluto en detrimento del hombre murciélago.

Queda así el filme como una muestra más —espléndida, eso sí— de las filias y obsesiones de Burton y, sobre todo, de lo que una correcta interpretación de Batman podía llegar a ofrecer. Lástima que tuviéramos que esperar dieciséis años, y soportar tres filmes que van de lo mediocre a lo infumable, para que el caballero oscuro volviera a encontrar justa representación en la gran pantalla.

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