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Bitelchus poster

Me encantó porque había leído un montón de guiones que eran las clásicas comedias hollywoodienses hechas con un molde. Entonces apareció el guión (…), era completamente opuesto a eso: no tenía una historia real, no tenía ningún sentido, era más como pura intuición. Aquél debía ser el guión más amorfo de la historia(…). Tenía el tipo de imaginación abstracta que me gusta, con todos aquellos personajes raros entrando y saliendo.

Tim Burton sobre el guión de ‘Bitelchús’

Confiando ciegamente en las cotas creativas que Tim Burton podía llegar a alcanzar tras el inesperado éxito comercial que fue ‘La gran aventura de Pee-Wee’ (‘Pee-Wee’s big adventure’, 1985), la Warner volvió a depositar en el cineasta la responsabilidad de levantar una apuesta que, por aquél entonces se consideraba poco menos que arriesgada, ser el que llevara a Batman a la gran pantalla. Trabajando codo con codo con Sam Hamm —el que sería guionista de la cinta— Burton comenzó a desarrollar las muchas ideas que terminarían concretándose en el segundo mayor éxito comercial de su carrera, superado sólo recientemente por la horrenda ‘Alicia en el país de las maravillas‘ (‘Alice in wonderland’, 2010).

Pero antes de que el caballero oscuro llegara a las salas de cine, la major tenía la firme intención de que Burton se fogueara algo más en sus atribuciones como director, y el cineasta no paraba de recibir guiones de potenciales filmes sobre los que dejar su impronta. Unos guiones que, como apunta la cita que abre la entrada, no cesaban de sorprender al realizador por su alarmante carencia de imaginación, algo que no aquejaba el manuscrito redactado por Michael McDowell, un guionista al que Burton ya conocía gracias a ‘The jar‘, el irregular episodio que nuestro director había rodado para ‘Alfred Hitchcock presenta‘ (1985-1989).

Bitelchus 1

Dejando de lado momentáneamente al alter ego de Bruce Wayne, Burton se lanzó de lleno al rodaje de aquél extraño libreto que en sus primeras versiones era muchísimo más violento y explícito que lo que finalmente veríamos en 1988; y vale la pena aquí hacer una pequeña parada para apuntar las notables diferencias que pueden observarse entre lo que inicialmente estaba plasmado por McDowell en el libreto de ‘Bitelchús‘ (‘Beetlejuice’, 1988) y aquello que después sería reescrito por Warren Skaaren.

(De aquí en adelante, spoilers) Ya desde el comienzo de la cinta, la muerte de los Meitland sería visualizada con mayor crudeza y Bitelchús, un demonio alado que toma forma humana, es descrito como un ser sanguinario que pretende masacrar a los Deetz en lugar de echarlos de la casa y no casarse con Lydia, la hija mayor del matrimonio neoyorquino, sino violarla. A esto se une que la excéntrica pareja de la Gran Manzana tiene otra hija, más pequeña, que es la que puede ver al matrimonio Meitland y que termina salvajemente mutilada por Bitelchús en un final sanguinolento en el que, mediante un exorcismo, los protagonistas logran zafarse de él.

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Radicalmente cambiado por las primeras reescrituras de Skaaren, el guión de ‘Bitelchús’ redactado por el guionista suaviza el terrorífico tono de la historia original, añadiendo ese limbo burocrático al que acuden en un par de ocasiones Adam y Barbara, las alusiones musicales —que inicialmente serían canciones de la Motown y no de Harry Belafonte—, rebajando el carácter homicida del fantasma para convertirlo en un pervertido recalcitrante y haciendo que al final, Lidya se quedara con los Meitland y, entre los tres, convirtieran el exterior de la casa en la típica mansión victoriana encantada.

A partir de estas últimas ideas, serían la presencia y los intereses de Burton los que terminarían definiendo el filme que ha llegado hasta nuestros días, una catálogo del horror pasado por el tamiz del cineasta en la forma de una historia de fantasmas a la que su director le da completamente la vuelta, pervirtiendo muchos de los arquetipos asociados a los relatos de seres de ultratumba y casas encantadas para obtener una comedia salvajemente alocada puntualizada por la espléndida e icónica partitura de Danny Elfman, que se amolda con incomodidad a la estructura natural de una historia —con su exposición, nudo y desenlace— y en la que, de nuevo, vuelve a ser fundamental el personaje central.

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Un personaje central que, encarnado de forma excelsa por Michael Keaton —en un papel que Burton quería inicialmente que fuera a parar a Sammy Davies Jr.—, se enmarca a la perfección en el tipo de héroe/antihéroe burtoniano que le hemos visto al cineasta en la práctica totalidad de su filmografía, y que aquí queda caracterizado por una total libertad en lo que a definición se refiere: nadie puede prever los actos del “bioexorcista”, una fuerza de la naturaleza que se debe a sus impulsos más primarios, que ha aceptado plenamente su condición de muerto y que, aun así, es un marginado dentro de la jerarquía burocrática del limbo, como bien les explica a Adam y Barbara, Juno, la anciana que les guía a la hora de intentar expulsar a los Deetz de su hogar.

Comparado con Bitelchús, el único elemento del filme que puede situarse a la misma altura de protagonismo no es ninguno de los compañeros de reparto de Keaton —todos estupendos, dicho sea de paso—, sino el marco de referencia en el que se mueve toda la acción de la cinta, esa casa victoriana que en manos de Burton es un pasaje del terror de cualquier parque de atracciones, un lugar en el que la sorpresa está garantizada y que sirve de perfecto exponente de esa inversión de la estructura de las cintas de fantasmas que comentaba más arriba: aquí no son los vivos los que viven aterrorizados por los muertos, sino que son estos los que no pueden soportar la idea de tener que convivir con tan molestos inquilinos.

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Lo ajustado del presupuesto —quince millones de dólares para un filme de estas características es una miseria— provocó que Burton tuviera que recurrir gustoso a efectos visuales de artesanales como la animación por stop-motion utilizada, por ejemplo, para las serpientes de Saturno, aumentando así la sensación de “todo vale” que dimana de la cinta desde el arranque hasta el último plano, haciendo gala el diseño de producción de un eclecticismo que macla fuentes tan dispares como el costumbrismo americano, que decora la anodina mansión de los Meitland, o el expresionismo alemán que apreciamos en los tortuosos pasillos en blanco y negro del mundo del más allá.

Éxito de taquilla desde el momento en que se estrenó, ‘Bitelchús’ amasó la nada desdeñable cantidad de 73 millones de dólares, colocándose en la décima posición de los filmes más taquilleros de 1988. Alabado por la crítica y abrazado por el público, el segundo largometraje de Tim Burton demostró a los ejecutivos de la Warner más allá de cualquier duda razonable que el excéntrico cineasta era una apuesta más que segura para levantar con garantías el blockbuster que la major quería que fuera su ‘Batman’. Lejos estaban los responsables de la productora de saber cuán acertada iba a ser su apuesta.

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