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La saga de ‘Transformers’ es un claro ejemplo de lo que un director como Michael Bay es capaz de hacer con una cantidad insultante de dinero. Cada vez que veo una de sus películas pienso en lo bien que se utilizarían 300 millones de dólares en otras cosas mucho mejores que el cine, y si nos quedamos dentro del séptimo arte, lo cierto es que tanto dinero da para hacer muchas buenas películas, creo yo. No obstante, Bay —de quien aquí un servidor, salva dos de sus películas, digamos que son placeres culpables— tiene su legión interminable de fans, si no es evidente que sus películas no recaudarían tanto. Cine de consumo rápido acorde con los tiempos que vivimos en los que el montaje caótico, la aparatosidad y el nerviosismo fílmico están a la orden del día. Por supuesto, que no falten una buena ración de efectos visuales y una gran cantidad de destrozos, cuanto más mejor.

Con Bay el dicho “menos es más” se invierte de forma radical. El ejemplo lo tenemos en esta saga en la que en cada nueva entrega se intenta el más difícil todavía a todos los niveles. Y siendo coherente, al menos eso no se lo podemos negar, el director de ‘Armageddon’ (id, 1998) convierte sus productos en juguetes con los que disfrutar en cierta medida. El problema es que el disfrute en un film de Bay se reduce a lo dicho anteriormente, la exigencia es mínima, y lo ofrecido no cubre ninguna expectativa. No obstante, y después de la lamentable segunda entrega, que prácticamente era un insulto a la inteligencia del espectador, esta tercera muestra del hacer de Bay en la saga es mejor de lo esperado. No digo buena, digo mejor, y estoy de acuerdo con mi compañero Pablo Muñoz en alguna de las observaciones vertidas en su crítica.

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El tiempo ha pasado en la vida de Sam —un Shia LaBeouf visiblemente cansado de su personaje—, y ahora pasa la mayor parte del día buscando trabajo para poder satisfacer a su novia, la espectacular Carly —Rosie Huntington-Whiteley sustituyendo a Megan Fox, a la que yo particularmente echo de menos, por increíble que parezca—, que posee un trabajo de cierta relevancia, y en el que su jefe —el televisivo Patrick Dempsey en un papel demasiado grande para él, a no ser que no te lo tomes en serio desde el principio— no le quita los ojos de encima. Así pues, el pobre Sam, mientras se mide sus atributos —él salvó al mundo dos veces— con su competidor, los Deception y los Autobots entrarán de nuevo en guerra. El mundo estará de nuevo en peligro, y el famoso viaje a la luna de 1969 revelará curiosas verdades. El resto nos lo imaginamos, y sin duda con poco margen de error.

Que el argumento sea de una simpleza que asusta es algo que no debería cogernos por sorpresa a nadie. Es como si fuéramos a ver una película de Terrence Malick esperando explicaciones —incluso esperando cine—, y saliésemos cabreados por lo contrario. De todos modos, que el cine de acción, enormemente infravalorado tanto por la crítica como por el público, no ha de rebajarse tanto. Ahí tenemos muestras perfectas de John McTiernan, Richard Donner o Walter Hill para entender de lo que hablo. Con todo, en un film de Bay el guión hay que dejarlo a un lado, y entrar dentro de lo posible en su arrolladora maquinaria destroza cosas, si es que el aluvión de imágenes grandilocuentes nos deja. Lo que verdaderamente importa en una cinta del señor Bahía es su presunta espectacularidad. Si en las dos entregas anteriores ésta era confundida con aparatosidad, y la palabra emoción —indispensable en una buena cinta de acción— brillaba por su ausencia, en la tercera entrega ocurre más o menos lo mismo, con una pequeña diferencia: el montaje. Y cómo no, la aceptación del propio Bay de sus limitaciones.

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Si con anterioridad no nos enterábamos absolutamente de nada a la hora de disfrutar de la pelea entre dos robots gigantes, en ‘Transformers: El lado oscuro de la luna’ al menos sí nos enteramos. Bay parece haber aprendido la lección —o eso, o por fin ha entendido lo que más se le suele criticar— y el corte de plano tarda más en llegar. Ya no tenemos dos millones de plano por segundo, ahora ha bajado a un millón. Con esa contención en el montaje, las escenas de acción ganan, y aunque el vacío es enorme, al menos el mareo ha desaparecido. Sólo ese pequeño cambio me ha hecho disfrutar más de esta entrega de lo que esperaba, pero no se confundan, ni siquiera hablo de un placer culpable como para mí lo son ‘Armageddon’ o ‘La roca’ (‘The Rock’, 1996), simplemente no me ha parecido el bodriaco que me esperaba. Set pieces como la del edificio de Chicago son dignas de citarse, y en la que Bay no esconde sus intenciones, destrozo mayúsculo, intentado superar las entregas anteriores.

Personajes secundarios presumiblemente chistosos sin llegar a serlo jamás. Una rubia tonta que se queda quieta como una estatua mientras una ciudad explota literalmente detrás de ella. Un pardillo que por supuesto tiene el corazón de la chica. Unos soldados que tratarán de proteger a la tierra por honor. Unos robotejos graciosos cuyo germen están en R2D2 y C3PO. Y los granes y únicos protagonistas de la historia: los imponentes robots, que en esta película son revelados como los artífices de acontecimientos importantes en la historia del ser humano. Ese ejercicio de cambiar el curso de la historia, tan de moda últimamente en el cine de evasión, tiene cierta chispa, pero se acaba en el planteamiento. Las posibilidades de una idea de Steven Spielberg, productor del evento, se pierden en la pirotecnia que Bay ofrece una vez más. Y no será la última.

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