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Un artista con visos suicidas y proféticas alucinaciones (Ryan Gosling) conecta las vidas de su psquiatra (Ewan McGregor) y su amante (Naomi Watts), otra suicida en potencia que fue paciente en el pasado del mismo doctor.

Marc Forster venía de dirigir la exitosa ‘Monster’s Ball’ (id, 2001) y la ya reseñada ‘Descubriendo Nunca Jamás’ (Finding Neverland, 2004) con todo su ajetreo de premios diversos, pero el resultado fue este David Lynch para pobres que goza de una cierta fama de culto.

La historia empieza de un modo verdaderamente intrigante, dado que Forster insiste en repetir, una y otra vez, una serie de signos y metáforas visuales todo el tiempo, demostrando cierta competencia como estilista, pero careciendo del atrevimiento de un Lynch, aún así resultando efectivo.

La primera parte de la película es apreciable, en cuanto a que explora la relación intrigante que puede tener un doctor obsesionado con la muerte con su paciente, cuyos atisbos depresivos no terminan de encajar con la personalidad, aparentemente burguesa del protagonista. Pero estamos, por desgracia, alejados del talento para la narración no lineal de Lynch en el que sueños y deseos se mezclan con una visión pesadillesca y todos esos efectismos carecen de peso dramático por la resolución última del conflicto.

Una vez el guión de David Benioff, aquí en bajísima forma, revela su patética sorpresa final y cuyo spoiler revelo ahora entre paréntesis (que todo es un sueño o visión), la película deja clara su intención de epatar de una manera ingenua: ¿qué papel tiene el protagonista además de alucinar? De hecho, si todo es válido en el misterio ¿cual es la intriga?

La mayoría de ingeniosos juegos cromáticos de la iluminación, y de montaje, que proveen aquí los habituales colaboradores Roberto Schaefer y Matt Chessé respectivamente, quedan en una altura decididamente pretenciosa: la intención es forzar significados o jugar a un rompecabezas bastante más simple y menos apasionante de lo que se pretende. De hecho, la idea básica (que una colisión de coche provoca alucinaciones sobre pasados) es de una vulgaridad alarmante.

Marc Forster realizaría un trabajo posterior bastante más agradecido con ‘Más extraño que la ficción’ (Stranger than fiction, 2006) y su carrera no ha vuelto a verse invitada por la ligereza: sus aportaciones a las grandes producciones tampoco han mejorado. El público encontrará en ‘Mulholland Drive’ (id, 2002) una obra maestra de mayor enjundia y sobre todo que trata al espectador con inteligencia y propone dilemas más interesantes sobre sus personajes.

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