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El coche del mañana…hoy

-Preston tucker

Ni en sueños podía Francis Ford Coppola imaginar, cuando en 1973 sacó su talonario para asegurar la difícil distribución de una película por la que nadie daba un duro y que sería un bombazo pocas semanas después, que aquel gesto le valdría la oportunidad de hacer una película que, en parte, iba a contar su propia vida, o al menos iba a hablar de sí mismo más que muchas otras de las suyas. Ahora bien, tampoco fue esa gran película que algunos exégetas de la obra coppoliana aclaman, ni mucho menos. Y es que no estaba Coppola para grandes delirios de autor.

De modo que Lucas le devolvió el favor de ‘American Graffiti’, tres lustros más tarde, cuando Coppola no tenía el menor poder a la hora de elegir proyectos, y le puso en bandeja el guión de ‘Tucker, un hombre y su sueño’, ejerciendo las funciones además de productor ejecutivo, y asegurándole, a pesar de los graves descalabros económicos de los años anteriores, una cierta libertad en el montaje final. ¿Aprovechó FFC la oportunidad? Sólo parcialmente…

La primera película de Coppola después de la trágica y traumática muerte de su hijo, es una de las más melancólicas de toda su carrera, y sorprende esto, sobre todo, cuando su tono, por contra, es bastante festivo, y la historia que cuenta, a pesar de estar plagada de malos momentos, de luchas a menudo infructuosas, de sueños a menudo frustrados por la implacable maquinaria industrial del mundo moderno, es una historia de esperanza y de fe. Nunca una fe, sin embargo, transmitió tanto desamparo.

Esto viene a demostrar, cuando hablamos de grandísimos cineastas, que lo más importante, la razón de ser de una película y lo que conforma su acabado final, es el director, su visión y su estado anímico, y todo lo demás fluctúa dependiendo de eso. Pero esa no es la razón para que ‘Tucker’, al menos para quien firma estas líneas, en lugar de formar parte del selecto grupo de sus obras maestras (los tres ‘Padrinos’, claro, ‘Apocalypse’, ‘La conversación’, ‘La ley de la calle’, ‘Dracula’), lo haga de sus películas soberbiamente ejecutadas pero que nada aportan a su leyenda (‘Legítima defensa’, ‘Corazonada’). Es decir, hace compañía con su gran desastre financiero (y una de sus películas menos conseguidas) y a un encargo solventado con todo su poderío visual y narrativo, pero menor si tenemos en cuenta que está hecha por quien está hecha, aunque si la hubiera dirigido otro probablemente saludaríamos a ese nuevo gran director.

Y la razón de que ‘Tucker’ sea tan menor es que es un juguete en manos de un director pensando incapaz de hacernos sentir empatía por su personaje. Pero hablemos antes de la razón primera de hacer esta película.

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Preston Coppola

Esta interesante historia real que es ‘Tucker’, nos cuenta los azares, desventuras y anhelos de un hombre que debía ser una fuerza de la naturaleza comparable al propio Coppola. Preston Tucker es una leyenda dentro de la larga y tumultuosa historia de las compañías automolísticas estadounidenses. ¿Por qué Coppola se dispone a dirigir esta película? Es bien fácil.

Pues porque Tucker fue un visionario que se enfrentó a las grandes compañías dispuesto a innovar en cuanto a diseños de coches, no sólo interior, también exteriormente. Sus sorprendentes ideas fueron un fracaso, sobre todo la más importante, el Tucker Torpedo, pero con él se adelantó a su tiempo y ayudó en el desarrollo de los automóviles actuales. Los paralelismos con el propio Coppola son evidentes, más aún si tenemos en cuenta que los coches de Tucker eran, además de transformadores del concepto de su tiempo, muy bellos para la época, por mucho que no tuvieran éxito de ventas.

Coppola parecía así asumir su posición como artista: la de un creador apasionado, capaz de configurar muchas de las características del cine futuro, y de dar vida a películas muy bellas, pero que quizá se arruinaría en el camino. Ignoraba quizá que sus dos próximas películas (sobre todo la segunda) conocerían un éxito de público que durante tanto tiempo se le había resistido y que por fin recobraría la tranquilidad económica.

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Una fábula ligera

No hay la más mínima emoción, ni capacidad de sugestión, en un aparato narrativo tan alambicado y preciosista como carente de la más mínima capacidad para conmover. El juego visual de las llamadas telefónicas y la superposición de varios ambientes lumínicos en un mismo plano, para dar la falsa impresión de que la pantalla está dividida, se agota a la tercera vez que hace uso de él. Y aunque la dirección de fotografía de Storaro y el diseño de Tavoularis son magníficos, acaban ahogando a los personajes y ofrecindo más densidad que ellos. Estamos más cerca, pues, de la frialdad de ‘The Cotton Club’ que de la valentía de ‘Peggy Sue’.

Jeff Bridges está bien como Preston Tucker, pero no ofrece uno de sus habituales registros que hacen de la sencillez una virtud, sino que es un trabajo sin profundidad, sin aristas, un héroe trágico que se sale con la suya a pesar del éxito, que continúa adelante y al que no nos sentimos especialmente unidos, y del que no nos importa si triunfa o no, quizá como al propio Coppola, que da la sensación de filmar con su habitual brillantez, pero si en ‘The Cotton Club’ o ‘Jardines de piedra’ lo hacía con el corazón ausente, aquí está con el alma ausente, como un cineasta autómata.

La película pasó sin pena ni gloria por la taquilla de todo el mundo. A Coppola ya le daba igual. Había probado que podía seguir adelante aún con fracasos, trabajando como un mercenario más. Los ochenta habían terminado y sus cuentas seguían en números rojos. En pleno ‘impasse’ creativo le llegó la oferta de un mediometraje en compañía de dos amigos (Allen y Scorsese), que se acabó titulando ‘Historias de Nueva York’, y del que su ‘Vida sin Zoe’ es claramente el más inferior, el menos interesante (el que más, sin duda, el impetuoso ‘Apuntes del natural’, una pequeña obra maestra de Scorsese).

Terminado ese proyecto insustancial, Coppola accedió a culminar la historia de los Corleone con una tercera y definitiva entrega. Si contando su propia lucha contra los estudios no había podido redimirse como artista, intentaría regresar a sus orígenes (creativa y familiarmente hablando) y quizá librarse de sus fantasmas con una catarsis definitiva.

Estudio F.F. Coppola en Blogdecine

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