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Voy a hablar claro. Para el que suscribe ‘La guerra de los mundos’ (‘War of the Worlds’, Steven Spielberg, 2005) es superior a ‘La guerra de los mundos’ (‘War of the Worlds’, Byron Haskin, 1953), ambas basadas en la famosa novela de H.G.Wells. Si retrocedo en el tiempo pienso que ‘Deseos humanos’ (‘Human Desire’, Fritz Lang, 1954) es preferible a ‘La bestia humana’ (‘La bête humaine’, Jean Renoir, 1938), ambas basada en la famosa novela de Émile Zola; y también prefiero, por poco, ‘La cosa’ (‘The Thing’, John Carpenter, 1982) a ‘El enigma de otro mundo’ (‘The Thing from Another World’, Christian I. Niby, 1951), ambas basadas en el relato de John W. Campbell Jr. A los primeros toda la vida se le han llamado remakes, palabra que significa rehacer, ya sea una nueva versión de un guión previo o una nueva adaptación. Para hablar sobre la superioridad de esos remakes jamás se ha necesitado hacer hincapié en que eran nuevas adaptaciones de una novela.

En el 2004, dos hermanos deciden hacer una película titulada ‘Ladykillers’ (‘The Ladykillers’, Joel Coen, Ethan Coen) que curiosamente es un remake de un clásico de la comedia británica, ‘El quinteto de la muerte’ (‘The Ladykillers’, Alexander Mackendrick, 1955). Los Coen llevaron palos hasta de sus admiradores más fervientes —personalmente, el film no me parece tan malo a pesar de su convencionalismo—, y ha debido ser tal el trauma que ahora los realizadores se han asegurado de extender bien el eufemismo conocido como “nueva adaptación de la novela”, cuando pienso que han caído en el mismo error que el film protagonizado por Tom Hanks —impresionante en su heredado papel como lo está Jeff Bridges en el suyo—, logrando su film más comercial y cayendo en concesiones innecesarias. Por supuesto, todo muy bien disfrazado.

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No voy a negarle a los Coen el valor de realizar un western en pleno 2010 y conseguir con ello importantes nominaciones a los Oscars, pero no es de recibo defender su trabajo basándose en que su película está alejado del tipo de cine comercial que se hace hoy en día, entregados a las nuevas tecnologías con las que se pretende deslumbrar al cada vez menos impresionable espectador. Y no me lo parece porque los Coen jamás se han dejado llevar por la corriente, su filmografía está llena de trabajos arriesgados, algunos de los cuales se han convertido en éxitos y otros en films de culto. Nadie debería sorprenderse de ver un film como ‘Valor de ley’ (‘True Grit’) compartiendo cartel con memeces del calibre de ‘TRON: Legacy’ (id, Joseph Kosinski, 2010). Son los Coen, y de momento ellos no han sucumbido a las filigranas visuales de colores.

Lo que ya me parece muy poco creíble son las declaraciones de los dos hermanos al respecto del film original, alegando que mientras hacían la película no les interesó ni lo más mínimo el revisar el film de Henry Hathaway, entre otras cosas porque su fama superó a la de la novela y permanece como uno de los films míticos del cine estadounidense. Lo quieran o no esa popularidad seguro que ha ayudado en algo al inesperado —dicen los hermanos sorprendidos, mientras yo me chupo el dedo— éxito que está teniendo ‘Valor de ley’ (‘True Grit’), un western maravillosamente fotografiado, con excelentes interpretaciones, algunas ideas buenas, pero tan falto de vida y emoción, que personalmente, aún encontrándome dentro del maravilloso universo del western, me he sentido profundamente decepcionado. Así que no voy a soltar la típica coletilla que se suelta desde el estreno de ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’, Clint Eastwood, 1992) a cada nuevo western que nos llega.

Es curioso que siendo más fiel a la novela de Charles Potis, este remake sea más corto de duración que el film de 1969. Los Coen han efectuado un ejercicio de síntesis, yendo directamente al grano en unos puntos y descuidando otros tantos. Hay brevedad en su inicio, quizá demasiada, aunque la escena de apertura en la que Roger Deakins demuestra que le deben dar un Oscar de una vez, resulta sobrecogedora. La voz en off de Mattie Ross —espléndida Hailee Steinfeld— nos narra el asesinato de su padre por el cobarde Tom Chaney (Josh Brolin) mientras la imagen se va aclarando, para dar lugar al periplo de Mattie buscando venganza. Una odisea llena de peligros, en la que no faltarán alegorías sobre la familia, la pérdida de inocencia y las consecuencias de la violencia en el mundo adolescente. Pero las excelencias de su inicio se ven difuminadas al dar comienzo el núcleo de la historia, el viaje en busca de Chaney, permaneciendo únicamente la labor de Deakins y los actores como únicos elementos sobresalientes.

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Y aunque los hermanos de Minnesota atinan en ideas de puesta en escena realmente interesantes —el acercamiento de Mattie al marshall Cogburn en el juicio del inicio, o el excelente tiroteo en la oscuridad bien avanzado el relato—, no son capaces de hacer interesante una historia mucho mejor contada en la película protagonizada por John Wayne. No me interesa lo que les pase a los personajes, no siento simpatía, ni antipatía, por ninguno de ellos, y todos me resultan muy mecánicos. Por supuesto que Jeff Bridges está muy bien, pero es su caracterización y buen hacer lo que llama la atención, no el personaje en sí, el cual debería despertar algún tipo de emoción más allá de las precisa composición de Bridges, en la que cada gesto, palabra, balbuceo y mirada están en su justo lugar. A estas alturas sobraría decir que Bridges es un actor extraordinario, y que Rooster Cogburn es un papel caramelo hecho a su medida, como lo era en el caso de John Wayne.

Bajones de ritmo, elipsis abruptas, y salidas y entradas aleatorias del personaje de Matt Damon, más una falta apabullante de emoción —por mucho que la música de Carter Burwell invite a ello— y humor —el poco que hay es demasiado facilón y ya se encontraba en el film original mucho mejor matizado— visten una película insuficiente, a ratos distraída, a ratos invitando al sopor, y que extrañamente cambia de tono en su tercio final, antes del epílogo, tirando hacia el cuento de hadas con sabe Dios qué intención. Por el camino quedan ajustados homenajes al western —el de ‘Centauros del desierto’ (‘The Searchers’, John Ford, 1956) es tan descafeinado que apenas se saborea con gusto—, poca tensión en un relato que debería tenerla, y una labor técnica de primera como irresistible envoltorio de un film sin garra. Para colmo, en el innecesario epílogo, los Coen caen en el subrayado más desconsiderado, rindiendo homenaje a los tiempos pasados mostrando el destino de Cogburn y Mattie, figuras desencajadas pertenecientes a otra época ya muerta, mientras la música intenta arrancarnos una lágrima. Qué bonito, qué precioso.

A Hathaway le llegó con un plano congelado.

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