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Llegamos al final de este especial sobre vampiros cinematográficos con una película que no tenía pensado incluir cuando comencé el especial —entre otras cosas porque aún no estaba filmada—, y que sin embargo ahora veo que es perfecta para finalizar el mismo. ‘Stake Land’ (2010) supone el segundo largometraje del cineasta Jim Mickle, de quien ahora y debido a la buena recepción crítica del presente film, cobra relevancia su ópera prima, ‘Mulberry Street’ (2006), considerada entre cierto sector de la red como un título de culto dentro del subgénero zombie. Un título destinado al olvido gracias a que la maravillosa distribución de películas vive, en estos tiempos de Internet, su época más gloriosa logrando enterrar cualquier película a su alcance. Dicho film, de muy bajo presupuesto, se caracterizaba por un claustrofóbico uso de los espacios.

‘Stake Land’ sigue siendo un film de muy bajo coste, pero en cambio abre su campo de acción a todo un mundo apocalíptico infestado de unos vampiros muy peculiares. Acentuando el lado más salvaje de los mismos, semejan una mezcla entre vampiro y zombie, seres incapaces de pensar movidos única y exclusivamente por su deseo de sangre. Curiosamente la figura del vampiro en esta película es más un mcguffin utilizado para hablar realmente de otras cosas. Su empleo me ha parecido tan inteligente que no he podido resistirme a incluirla en el grupo —en el que evidentemente ni están todas las que son, ni son todas las que están— como broche final, y también por el hecho de considerarla una magnífica muestra de género, muy entretenida, reflexiva, arriesgadamente política y con un personaje central lleno de carisma.

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Y es que el cazavampiros, al que llaman Mister, podría llenar él solo la película. Un personaje del que se nota enamorado el guionista, Nick Damici, que además se encarga de interpretarlo, llenándolo de matices. Su carácter solitario, su dureza, su templanza, no son elementos demasiado originales, y menos aún cuando aparece su lado bueno —como ocurre casi siempre en este tipo de personajes—, que le aparta de ser práctico en un mundo que se muere y en el que no hay tiempo para sentimentalismos. Sin embargo, que no sea original no significa que no sea bueno, y en el caso que nos ocupa está tan bien escrito y es tan coherente con el universo creado, que su presencia resulta fascinante. Con ecos del western otoñal —en otros tiempos, sería un papel idóneo para actores como Ben Johnson o Ernest Borgnine—, Mister sobrevive a los vampiros mientras busca algo de luz en un mundo oscuro.

Acompañado de un muchacho que se libró de morir al lado de su familia —terrible e impactante inicio del film, con detalles tan atrevidos como el del bebé, algo que jamás hubiera sido incluido en una película puramente comercial— y con el que camina por un mundo devastado no sólo por los vampiros, sino por el propio ser humano, demostrando una vez más que el peor enemigo del hombre es él mismo. Este detalle argumental de poderosa presencia hermana a ‘Stake Land’ con un film reciente como ‘The Road’ (id, Tom Hillcoat, 2009), con el que además comparte un mismo estilo de fotografía, añadiendo el elemento fantástico y ampliando así los peligros en la trama. Los vampiros, caracterizados muy convincentemente, resultan aquí el enemigo menos temible de la función.

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El ansia animal de la sangre queda por debajo de la maldad inteligente del hombre, capaz de utilizar a los propios vampiros para exterminar un país, lazándolos desde un avión —detalle dicho en off, pero muy efectivo por su atrevimiento y originalidad, dadas las connotaciones políticas que de ahí se derivan—, o tal y como se muestra en un momento dado, desde helicópteros, provocando escenas de caos de una violencia sin concesiones. Estallidos vampíricos en una película que posee un ritmo lento pero intenso, tomándose su tiempo y al mismo tiempo demostrando una gran capacidad de síntesis, con un perfecto tratamiento de temas a través de sus personajes. Las relaciones paternofiliales, el perdón, la lucha por la supervivencia, la amistad o el resquebrajamiento de las creencias más firmes se encuentran en las imágenes de ‘Stake Land’.

Una casi irreconocible Kelly McGuillis —qué lejos quedan los tiempos de ‘Único testigo’ (‘Witness’, Peter Weir, 1985) y ‘Top Gun’ (id, Tony Scott, 1986)— aporta bastante al último punto, dando vida a una monja que es liberada de ser violada, uniéndose a los protagonistas con los que crea un fuerte nexo de unión. El destino que sufre dicho personaje es un buen ejemplo de cómo manejar un tópico con inteligencia, provocando además cierta reflexión. En los matices, muchas veces, está la diferencia. ‘Stake Land’ está llena de ellos, ofreciendo una mirada sobria sobre el género a través de la historia de un joven que debe convertirse en adulto para sobrevivir. Una road movie llena de monstruosos vampiros que nublan las posibilidades de un nuevo mundo feliz. Tan sangrienta como emotiva.

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