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La semana pasado se estrenó en nuestro país el esperado regreso de Walter Hill al cine de acción puro y duro con ‘Una bala en la cabeza’ (‘Bullet to the Head’, 2012), con uno de los iconos del género, Sylvester Stallone, quien ha regresado a la actualidad cinematográfica con fuerza, la misma que va a intentar Arnold Schwarzenegger, quien ya había trabajado con Hill en uno de sus hits, ‘Danko: Calor rojo’ (‘Red Heat’, 1988), que casi estuvo a punto de titularse ‘Dimitri’. El actor austriaco por aquel entonces no paraba de trabajar, y a pesar de memeces del calibre de ‘Ejecutor’ (‘Raw Deal’, John Irvin, 1986) o ‘Perseguido’ (‘The Running Man’, Paul Michael Glasser, 1987), se había hecho un nombre gracias a films como ‘Terminator’ (‘The Terminator’, James Cameron, 1984) y ‘Depredador’ (‘Predator’, John McTiernan, 1987) además de haber dado vida a Conan. Que los caminos de Schwarzenegger y Hill se cruzasen en aquella época, teniendo en cuenta que por detrás estaban Andrew G. Vajna y Mario Kassar tejiendo hilos, entra dentro de la más aplastante de las lógicas.

Hill vuelve a sus labores de guionista en un producto que en apariencia parece estar al servicio de su estrella principal, y así es durante momentos, pero también es fácil ver una película muy del estilo de su director, que aunque esta vez, como alguna otra, cede un poco ante las exigencias del Hollywood de aquellos años pero manteniendo un poco la esencia de su cine. Para ello echó mano de dos guionistas clásicos como Harry Kleiner, que había trabajado con Hill en su anterior film, y Troy Kennedy-Martin —en su currículum encontramos cintas como ‘Un trabajo en Italia’ (‘The Italian Job’, Peter Collinson, 1969) y ‘Los violentos de Kelly’ (‘Kelly´s Heroes’, Brian G. Hutton, 1970)—, y el resultado no se encuentra ni entre lo mejor ni entre lo peor de su realizador, aunque se acerca más a lo segundo. A pesar de sus parciales aciertos, nos encontramos ante uno de los films más blandos de Hill, pero tanto entonces como hoy día, un decente entretenimiento que algunos bautizaron como “El Ninotchka del cine de acción”.

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Precisamente la película del genial Ernst Lubitsch —película sobre la que se suele bromear diciendo que Lubitsch fue el único director que logró hacer reír a Greta Garbo— fue la que le sugirió Hill a Schwarzenegger como modelo a tener en cuenta para perfilar el personaje de Iván Danko, capitán de la policía rusa —la película es la primera producción estadounidense que dejan filmar en Moscú en concreto en la famosa Plaza Roja— que debe viajar a Chicago tras la pista de un importante traficante de drogas. Desde luego, el futuro gobernador de California da la sensación de que siguió los consejos de Walter Hill al respecto, ya que se pasa todo el film imitando gestos de la Garbo en el mencionado film, jugando además con su propia imagen, la que el actor cosechaba en aquellos años. Schwarzenegger, que aún no había empezado a reírse de sí mismo, se acerca a su composición a la que hizo para James Cameron, de hecho por momento Arnie parece un Terminator ruso, y casi como tal es presentado en la escena de la sauna.

James Belushi, que por aquel entonces empezaba a ser famoso, es el partenarie de Schwarzenegger, en la piel del Sargento Art Ridzik, que ayudará a Danko en la captura del traficante —Ed O´Ross, años más tarde conocido por un importante papel en la impresionate serie de televisión ‘A dos metros bajo tierra’ (‘Six Feet Under’)—, aportando el previsible punto cómico a la funcion —aunque James Belushi no me parece un mal actor, al lado de su hermano, el mítico John Belushi, no tiene nada que hacer—, con chistes sobre el modo de vida soviético, muy toscos y pobres, amén de alguna referencia a Clint Eastwood y su mítico Harry el sucio —recordemos que Hill quiso trabajar con Eastwood, algo de que sólo pensarlo se nos cae la baba—. Así pues, la buddy movie —subgénero que prácticamente instauró Hill— está servida. Dos personajes de caracteres muy diferentes y que acabarán necesitándose y respetándose por un bien común. Por supuesto el discurso de Hill queda reducido aquí a la mínima esencia —si muchas de sus películas hacen gala de una ejemplar síntesis, esta es quizá demasiado esquemática— y su función se límita a la excelentes secuencias de acción.

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Entre dichas secuencias de acción destacan la de un tiroteo con Schwarzenegger en camiseta que es una especie de autohomenaje doble a ‘La huída’ (‘The Getaway’, Sam Peckinpah, 1972) y que curiosamente repetiría dos años más tarde. Y cómo no, la joya de la función, esa espectacular y muy bien montada —labor obra de los habituales Freeman A. davies, Donn Aron y Carmel Davies— persecución de autobuses en el clímax de la película, y que parece un capricho personal a lo bestia dado el amor cinematográfico que Hill siente por dichos medios de transporte. El resto se reduce a un humor algo burdo, pero efectivo, dentro de una historia más simple que un botijo, en la que la diferencia entre buenos y malos está bien clara, y de cara a la galería el final también es de lo más complacientes dentro del cine de Hill, quien siempre se ha caracterizado por tenerlos bien puestos. El caso se soluciona, no sin unos cuantos cadáveres de por medio, cada uno para su casa y todos tan contentos.

Por supuesto la película fue un éxito, Schwarzengger era el mayor reclamo de todos y empezaba a estar en lo más alto —hasta alcanzar esplendor, por así llamarlo, en la década siguiente— Y Hill culminaría su trato con la Carolco en un thriller al servicio de otra estrella ochentera, Mickey Rourke.

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