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Walter Hill se estrenó en la dirección de largometrajes con ‘El luchador’ (‘Hard Times’, 1975) después de haber participado en la escritura del guión de cinco thrillers que tuvieron cierta repercusión a principios de los 70. ‘El rastro de un suave perfume’ (‘Hickey & Boggs’, Robert Culp, 1972), ‘La huida’ (‘The Getaway’, Sam Peckinpah, 1972), ‘El ladrón que vino a cenar’ (‘The Thief Who Came to Dinner, Bud Yorkin, 1973), ‘El hombre de Mackintosh’ (‘The Mackintosh Man’, John Huston, 1973) y ‘Con el agua al cuello’ (‘The Drowning Pool’, Stuart Rosenberg’, 1975) anticipan en mayor o menor medida lo que Hill ofrecería como realizador. En su ópera prima tuvo la suerte de contar con actores de primera fila en aquellos años, Charles Bronson y James Coburn, nada menos.

Resulta curioso pues ver a esos dos actores en el debut de Hill, director que no disimula sus influencias de realizadores como Sergio Leone y Sam Peckinpah, precisamente dos directores con los que ya habían trabajado Bronson y Coburn. El primero al igual que en ‘Hasta que llegó su hora’ (‘C’era una volta il West’, 1968) da vida a un personaje parco en palabras y que además parece surgido del universo del western —hombre con oscuro pasado sobre el que apenas se sabe nada, y que desaparece tan rápido como vino, cual pistolero errante—; y el segundo interpreta a un divertido vividor que bien podría encajar en cualquier película de perdedores de John Huston.

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(From here to the end, Spoilers) Y como si se tratase de un film del director de ‘Fat City’ (id, 1972), Will ambienta su historia en la época de la Gran Depresión, narrando la historia de unos pobres diablos que hacían lo que podían para subsistir en un mundo hostil, vacío y con incierto futuro. Bron son da vid a Chaney, un misterioso hombre cualificado como pocos para luchas callejeras, en las que participa en la ciudad de New Orleans, ayudado por Speed (James Coburn) vividor experto en organizar combates y que siempre está endeudado por su adicción a las apuestas. El uno encontrará en el otro la oportunidad de triunfar, aunque ambos con distintos fines.

Si de algo hace gala ‘El luchador’ es por su capacidad de síntesis, tanto en la propuesta de la historia como en el desarrollo de personajes, algo muy bien reflejado en el guión de Hill, quien no necesita más de hora y media para contar su historia. Por un lado esto ayuda a una narración fluida y sin fisuras, con un muy acertado ritmo —montaje del futuro realizador Roger Spottiswoode— y sin detenerse más de lo necesario en menudencias. El film va directo al grano y da lo que ofrece, peleas cuerpo a cuerpo —Bronson, de 53 años, no utilizó ningún doble— y un leve retrato sobre el hecho de necesitarse en tiempos difíciles. Por otro lado, no dejamos de hablar de clichés, y se echa en falta un poco más de empaque en los personajes secundarios.

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‘El luchador’ no sólo supone una de las mejores interpretaciones de Charles Bronson —como anécdota cabe citar que Bronson y Hill terminaron mal, porque el segundo fue muy duro criticando la interpretación de Jill Ireland, por aquel entonces esposa de Bronson—, también inaugura ese subgénero de luchas, y en cierto modo el film se anticipa a ‘Rocky’ (id, John G. Advilsen, 1976), pero sin el falso tono épico y facilón del film protagonizado por Stallone. De hecho en ‘El luchador’ todo es gris o negro, no hay esperanza y posee un marcado tonto pesimista acorde con la época que retrata. En ese aspecto el título original es mucho más significativo que el puramente comercial que le pusieron en nuestro país y que ahora sirve para confundirla con el film dirigido por Darren Aronofsky y protagonizado por Mickey Rourke, el cual guarda no pocas coincidencias con el film de Hill.

A día de hoy ‘El luchador’ es considerada por muchos como una de las mejores películas de su director. Yo no diría tanto, su sencillez a veces juega en su contra, y le falta una mayor garra en la exposición de la violencia. De todos modos, en ella se vislumbra todo lo que Hill sería capaz de hacer en futuras realizaciones, en las que demostraría tener más soltura. Sin ir más lejos, su siguiente película sería una demostración de ello, un thriller con ecos del polar francés cuya influencia sería mayor de la esperada.

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