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‘The Warrios, los amos de la noche’ (‘The Warriors’, Walter Hill, 1979) fue filmada inmediatamente después de ‘Driver’ (‘The Driver’, 1978) —a juicio de quien esto firma uno de los mejores trabajos de su director—, y ayudó a cimentar la breve fama, o prestigio, del que disfrutó Walter Hill hasta la mitad de los 80. Si en sus dos previos atrabajos había dado muestras de una capacidad de síntesis realmente envidiable, en la que hoy nos ocupa vuelve a pasar un poco lo mismo, aunque esta vez el material del que parte, una novela de Sol Yurick, da lugar a un guión de Hill y David Shaber que es aún más esquemático que los anteriores.

Hill intentó que ‘The Warriors, los amos de la noche’ tuviese gente conocida en su reparto. Para el personaje llamado Cowboy —que terminó haciendo Tom McKitterick en su único papel para el cine, convirtiéndose después en periodista deportivo— el director tanteó a nada menos que Robert De Niro, pero al actor no le interesó lo más mínimo. También quiso que el film tuviese una voz en off —recurso muy peligroso y que hay que saber usar—, un narrador que tendría las cuerdas vocales de Orson Welles. Como todos sabemos nada de eso sucedió, y tal vez fue mejor para crear prácticamente de la nada un film de culto, que aún hoy tiene no pocos defensores —en su momento Ronald Reagan se declaró un fan de la película, algo que prefiero no pararme a analizar—.

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(From here to the end, Spoilers) El film está ambientado en un futuro distópico en la ciudad de New York. Cientos de bandas callejeras hacen una tregua para reunirse y oír lo que un líder, al que llaman Cyrus, tiene que decir. Su idea es dejar de pelear, reunir a todas las bandas y con un ejército de 100.000 hombres enfrentarse a toda la policía de la ciudad, formada por 60.000 miembros, y tomar New York bajo su control. En medio del júbilo por la idea, que es aceptada por prácticamente todos, alguien dispara contra Cyrus y lo mata. La confusión se apodera del lugar, al que además ha llegado la policía en secreto para parar la reunión, y echan la culpa a la banda The Warriors, cuyos componentes tendrán que volver al lugar al que pertenecen, Coney Island, intentando no sólo no encontrarse con la policía, sino con las distintas bandas del lugar, dado que la tregua ha terminado violentamente.

El resto de la película es precisamente esa huida, o regreso al hogar si se prefiere, de los personajes centrales que le infieren al film un héroe colectivo. Si en los dos anteriores films de Hill solía haber un personaje central, en la presente hay más de uno, algo que el director repetiría en futuras ocasiones llegando a ser parte de su estilo. Esta vez a Hill le interesa como los distintos héroes de la función deben permanecer juntos, soportándose, unidos por la misma causa, aunque las ideas para conseguir un bien común no sean las mismas. No hay ni una sola secuencia en la que un personaje se quede solo, siempre está acompañado por alguno de los suyos. Únicamente en el instante en el que que Swan —un Michael Beck al que Hill contrató después de verlo en ‘Madman’ (id, Dan Cohen, 1978) al lado de Sigourney Weaver, cuya interpretación era la que quería ver Hill debido a su inminente participación en ‘Alien’ (id, Ridley Scott, 1979), película que Hill produjo— se queda a solas con una mujer que les sigue, sirve al director para intentar una historia de amor.

Al igual que en las persecuciones de ‘Driver’, que ocupan un buen tramo de metraje, el acoso y persecución que sufren The Warriors ocupa el 99% del metraje, con varias set pieces en las que la violencia es la reina de la función. Tras la muerte en off de uno de sus componentes —brutal alegoría al peligro de la gente descontrolada y mal informada—, nuestros personajes —los llamo nuestros porque en contra de lo que parece, Hill nos pone de su lado, es decir, son los buenos, aunque sean una banda callejera con todo lo que eso representa— se enfrentarán a varios peligros, siendo evidentemente los peores las bandas rivales. Hill filma con contundencia los enfrentamientos, y en su puesta en escena hay algo del John Carpenter de aquellos años, sobre todo el de ‘Asalto a la comisaría del distrito 13’ (‘Assault on Precinct 13’, 1976), de la que parece heredar tonos cromáticos en su fotografía.

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Toda la película, excepto una muy violenta secuencia en unos lavabos, está filmada en exteriores, y Hill se cuida de retratar a la perfección la noche de la ciudad —impecablemente fotografiada por Andrew Laszlo—, en la que sólo parece haber peligros. Escenas de acción una tras otra, y no todas filmadas con convicción —aquella en la que tres Warriors se enfrentan a unos tipejos disfrazados de jugadores de béisbol está realizada de forma algo confusa—, y un intento de abstracción, ya marca de la casa, elevan ‘The Warriors, los amos de la noche’ por encima de la media. Interpretaciones mínimamente dignas —hay que citar que algunos rostros pertenecían a verdaderos pandilleros—, y un final liberador al lado del mar mientras amanece, como contraste a la odisea nocturna.

La música, hija de su época, a veces chirría más de lo normal, y algunos de sus personajes en lugar de serlo parecen monigotes, pero ‘The Warriors, los amos de la noche’ es un digno entretenimiento que ha aguantado estoicamente el paso del tiempo, y siempre nos quedará la peculiar belleza de Deborah Van Valkenburgh, la primera fémina en el cine de Hill que fue algo más allá de representar problemas en historias masculinas, algo que limaría aún más en su siguiente trabajo, todo un homenaje al género de géneros cuando este estaba ya agonizando.

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