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Western: 'La puerta del cielo' de Michael Cimino
Críticas

Western: 'La puerta del cielo' de Michael Cimino

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"Si los ricos pudiesen pagar a otros para morir por ellos, los pobres se ganarían decentemente la vida."

Esa demoledora frase marca gran parte de la trama de ‘La puerta del cielo’ (‘Heaven’s Gate’, Michael Cimino, 1980), considerada el fracaso comercial más grande de la historia del cine, tanto que hundió a la United Artits —ya sabéis, esa compañía independiente que crearon Charles Chaplin, Mary Pickford, D.W. Griffith y Douglas Fairbanks— que se recuperó del descalabro cuando estrenó ‘Sólo para sus ojos’ (‘Only For Your Eyes’, John Glen, 1981). Cimino sufrió una de las máximas de Hollywood: vales lo que tu última película. En ambos sentidos.

Reciente el éxito de ‘El cazador’ (‘The Deer Hunter’, 1978) —el rodaje de ‘La puerta del cielo’ comenzó al poco de arrasar aquélla en los Oscars— la productora dio carta blanca —podía hacer literalmente lo que quisiese— a su director para su siguiente film. Tras el descalabro, Cimino estuvo cinco años sin poder dirigir, hasta que de nuevo vio la luz con su inmensa ‘Manhattan Sur’ (‘Year of the Dragon’). El fracaso de esta atemporal y magna obra probablemente se debe al excesivo corte de escenas que le obligaron a hacer al director. 219 minutos rebajados a 148.

Aunque el montaje de más de tres horas y media ha podido verse en varios de los pases televisivos, ahora nuestro país puede presumir de poseer la edición más completa que existe en Blu-ray en cualquier parte del mundo. La Aventura lo ha editado con dos discos extras en los que hay una muy sugerente serie de documentales, y la versión, totalmente prescindible, de 148 minutos, por si algún desalmado quiere hacer comparaciones. Una pena que nunca veamos la primera versión de poco más de cinco horas que Cimino enseñó a los productores.

El tan actual problema de la inmigración —merecemos ser exterminados como especie, pero ese es otro tema— es reflejado aquí con una dureza pocas veces vista, a través de un trozo de la historia de los Estados Unidos. ‘La puerta del cielo’ navega continuamente sobre la eterna diferencia de clases, sobre la ley del más fuerte, aplastando al más pobre. Cimino utiliza a tres personajes centrales —en las voces y cuerpos de Kris Kristofferson, Isabelle Huppert y Christopher Walken— como ejes de un baile que dura más de 40 años.

Un baile dividido en tres partes

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‘La puerta del cielo’ se divide en tres partes bien diferenciadas, teniendo como protagonista central a James Averill —un Kris Kristofferson totalmente entregado, en una de las mejores composiciones de su carrera, probablemente la más sentida y llena de fuerza—, en tres momentos de su larga vida, separados por tres poderosas y sugerentes elipsis que invitan al espectador a tomar partido, a hacer ese ejercicio cada vez más denostado: pensar. ‘La puerta del cielo’ es una película que demuestra lo cíclica que es la vida, una vida nada fácil y con poco instantes para ser feliz.

La primera media hora supone una graduación, la de Averill en Harvard, en 1870. Allí, entre grandes palabras —los diferentes discursos de Joseph Cotten y John Hurt— se festeja en un gran baile alrededor de un árbol, la alegría del futuro próspero, que está por comenzar. Jóvenes, sin saber lo que ese futuro les deparará bailan sin otra preocupación. Averill se atreve con una mujer que le ha llamado la atención. El citado baile circular será reproducido más tarde en dos situaciones bien diferentes.

Una elipsis de nada menos que veinte años nos descubre a Averill en un tren, el paso del tiempo se ve esculpido en su cansado rostro. Ahora es un sheriff que defenderá a los granjeros inmigrantes de la Asociación de ganaderos, que para nada los quieren por sus tierras. La fotografía de Vilmos Zsigmond empieza a marcar esa melancolía que cubrirá el relato sobre todo en su tramo final. Los años que han transcurrido en medio son sugeridos, la alegría del inicio se ha convertido en lucha encarnizada por los derechos de todo ser humano.

Un baile a tres bandas

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Los extremos a los que llega la citada asociación —cuyo jefe está interpretado por un Sam Waterston, que logra a la perfección resultar de lo más odiable— escandalizarían a cualquiera, asesinar a 125 inmigrantes para solucionar el problema. La violencia marca este tramo, el más largo del film, y la mezcla con el romanticismo de varios instantes. También se propone un triángulo amoroso que enlaza a tres personajes fascinantes. Averill ya estaba presente en el relato. Entran en el mismo Ella (Isabelle Huppert) y Champion —Christopher Walken repitiendo con Cimino—. Una prostituta y un agente que trabaja para la Asociación.

Se producen también dos bailes circulares de muy diferente índole, que se hermana con las ausencias del relato, un canto a la memoria, de ahí que el film haga partícipe al espectador. El primero es el famoso baile en la carpa que da título al film. En ella, además de ver al mismo compositor de la banda sonora, David Mansfield, sobre patines tocando el violín, vemos a los personajes de Jeff Bridges y Brad Dourif, como parte importante de la comunidad en una velada de disfrute que casi puede considerarse el único momento de verdadera fecilidad.

Cimino se vuelve un virtuoso con la cámara en esa secuencia. Siguiendo a todos bailando, no deja en ningún momento de moverse con ellos, creando una comunión entre personajes, historia y un espectador que a esas alturas se ha comprometido con lo que le cuentan. Pasado, presente, y de nuevo futuro —¿qué sucederá con el triángulo, qué con las absurdas leyes que permiten matar a los inmigrantes?— se juntan en harmonía, mezclándose. La violencia en la historia del hombre, en la historia del país, se repetirá. Pero antes de la explosión final. Cimino nos regala un momento de paz.

Un baile de muerte

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Ese instante es, cómo no, el baile solitario entre Kristofferson y Huppert, mientras Mansfield y su banda les ponen música, con el lugar ya vacío. La cámara se mueve en conjunción con el hermoso vals que suena, leit motiv del film. Y como todo momento de felicidad, dura una pequeña porción de tiempo. Lo que viene es muerte, destrucción, desolación, injusticia y esperanzas rotas. Cimino prácticamente se codea con Sam Peckinpah en la exposición de la violencia.

El tercer y último baile circular es el de los granjeros atacando por sorpresa y con decisión a los hombres que han sido contratados para acabar con ellos. Carretas, caballos, mucha polvareda, y terror. Hombres y mujeres contra expertos tiradores, salvados en última instancia por el gobierno. Cimino sigue explorando la violencia, esta vez como válvula de escape para algunos de los personajes. Aterrador el plano de la mujer quitándose la vida porque ya no le queda nada. ¿No sigue siendo actual? Mucho.

Si la presentación del personaje de Christopher Walken es de las que dejan huella —su sombra tras una sábana tendida, un disparo, y su figura alejándose, vista a través del agujero que ha dejado—, su muerte es de lo más impactante. Con la despedida escrita del lugar que decoró para Ella —por la que logró ver la injusticia de los hombres para los que él trabaja—, y a la que amó, es acribillado sin piedad. Cuando el film no puede ser más duro, sigue su desfile de muerte. Los de arriba siempre masacrarán a los de abajo. Averill se quedará completamente solo.

El baile de la vida

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Cimino termina de coronarse con un epílogo impresionante, en el que el carácter circular de la película queda completamente cerrado. Han pasado trece años. Averill camina por la cubierta de su lujoso velero. Los años han hecho mella en su rostro. Entra en su camarote, una mujer dormida le espera. El instante recuerda al primer encuentro que vemos entre él y Champion con el primero durmiendo una borrachera. La mujer es la del baile de graduación, y la historia que no hemos visto la sentimos. No hay palabras, la melancolía por los viejos tiempos se apodera del espectador.

El baile concluye. La memoria se impone a la historia, con sus puntos flacos, con sus huecos. Porque todos recordamos nuestro pasado a trozos, incluso mezclados. Es el baile del paso del tiempo, que en cierto modo nos lleva inexorablemente a un inevitable final físico mientras nuestra mente recorre aquellos maravillosos años de sueños y promesas. Averill sale de su camarote sin decir nada, sabemos de sobra dónde está su mente. La tristeza más desoladora nos embriaga con él.

Una obra maestra que en cada nuevo baile da nuevos pasos. Realizada además en un muy particular momento del cine estadounidense, finales de los setenta, principios de los ochenta, cuando viejos y nuevos directores proponían sus más curiosas obras. Sólo basta recordar qué películas hicieron en aquellos años gente como Martin Scorsese, Milos Forman, Francis Ford Coppola, Steven Spielberg, Clint Eastwood, Hal Ashby, Paul Schrader, Don Siegel, Sam Fuller, Brian De Palma, John Carpenter o Sergio Leone.

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