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Western: 'Mi nombre es Ninguno' de Tonino Valerii
Críticas

Western: 'Mi nombre es Ninguno' de Tonino Valerii

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‘Mi nombre es Ninguno’ (‘Il mio nome è Nessuno’, 1973) es, probablemente el western más famoso de Tonino Valerii, de quien hace poco os hablaba sobre su única e inolvidable aportación al giallo. El proyecto surge de la mente del máximo responsable del spaghetti western, Sergio Leone. El famoso director estaba en cierto modo impactado por cómo la serie Trinidad, con Terence Hill y Bud Spencer, se burlaba de lo que él había hecho popular.

Si el spaghetti western ya subvierte elementos del género en sí, las comedias de la popular pareja exageran hasta lo indecible, y siempre desde una perspectiva cómica las propias exageraciones del sapaghetti. Hablamos de secuencias enteras a base de tortazos y humor chusco. La intención de Leone era no sólo competir con la famosa saga, sino superarla. Las intenciones de Valerii eran otras muy diferentes, hablar del fin de la época del western clásico. El resultado se mueve entre lo desconcertante y lo fascinante.

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Autores enfrentados

Esta película fue el inicio de la enemistad entre Leone y Valerii. Productor y director chocaban continuamente, y curiosamente ese enfrentamiento produce que el film tenga unos cambios tonales muy marcados. Por un lado, tenemos la historia del pistolero al que da vida Henry Fonda, y que no venga la muerte de su hermano a cambio de una gran cantidad de dinero con la que poder huir hacia Europa. Por otro, la del pistolero al que da vida Terence Hill, la antítesis del citado, y que por supuesto proporciona los momentos, no pocos, cómicos de la cinta.

Una vez más en el género cinematográfico por excelencia se enfrentan la experiencia y la juventud, el crepúsculo y el amanecer. Dos personajes antiéticos que no sólo representan dos formas de enfrentarse a la vida, sino dos formas estilísticas de hacer cine. Una, más clásica y sobria, la que enteramente pertenece a Valerii, y la otra, más “moderna”, exagerada y de tono paródico, de la cual el propio Leone dirigió algunas secuencias para ahorrar tiempo de filmación.

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Algunas de las secuencias protagonizadas por Terence Hill —que aquí realiza un homenaje al perfil Eastwood creado por Leone: pistolero de pasado oscuro y sin nombre— pueden provocar la más profunda irritación. Algunas son demasiado largas y el humor vulgar no ayuda. En otras se evoca al eterno compañero de Hill, en muchas películas, Bud Spencer —véase esa secuencia con el muñeco de madera—. En las que ambos actores comparten escena, Fonda se come a Hill claramente- El enfrentamiento de tipos de actores tan diferentes también parece buscado.

El fin de una época da paso a otra

Es el personaje de Fonda, llamado Jack Beauregard, el que capta toda nuestra atención. El viejo pistolero, que tiene que utilizar gafas para leer, como una de las últimas muestras de un tiempo que acaba. Los ecos de Sam Peckinpah son bien claros. Además de que, temáticamente, el film se hermana con alguna conocida obra de Peckinpah, sobre todo ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bunch’, 1969), así se le llama al enorme grupo al que se enfrenta en un momento dado —bastante épico, tirando además del ralentí— Beauregard. Y si Clint Eastwood en ‘Infierno de cobardes’ (‘High Plains Drifter’, 1973) ponía el nombre de Leone en una cruz de un cementerio, Valerii, tal vez Leone, hace lo mismo aquí con Peckinpah en un guiño bastante lúcido.

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Por supuesto no puede faltar la impresionante banda sonora de Ennio Morricone, que nos regala otro de sus grandes scores, moviéndose esta vez entre lo festivo —momentos Hill— y lo enormemente nostálgico —momentos Fonda—. Se permite el lujo además de juguetear con Wagner y sus famosas valkirias al bromear sobre la famosa melodía cuando el grupo salvaje de cien hombres cabalga amenazante. Unos años antes de que Francis Ford Coopola cambiase caballos por helicópteros en una secuencia muy parecida.

‘Mi nombre es Ninguno’ —realmente el título debería haber sido ‘Mi nombre es Nadie’— muestra, en sus últimos compases, un carácter elegíaco bastante embriagador. La emotiva carta que Beauregard le deja al hombre sin nombre no sólo rinde tributo a los viejos tiempos, sino que abraza los nuevos, un legado que se cede cual herencia a los nuevos pistoleros. Valerii se adelanta a Michael Cimino en su monumental ‘La puerta del cielo’ (‘Heaven’s Gate’, 1980), barco incluido.

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