Woody Allen: 'Toma el dinero y corre', el cómico toma el control

Síguenos

Woody Allen en una escena de Toma el Dinero y Corre

En relación a las mujeres, el psiquiatra de la cárcel me preguntó si había estado con alguna, y dije que no. Me preguntó si el sexo me parecía sucio, y contesté que solo si se hace bien.

Virgil (Woody Allen)

Hoy, con 77 años y unas 50 películas a sus espaldas, Woody Allen es uno de los profesionales del cine más influyentes y respetados del planeta. Es un caso raro de autor, tanto por lo prolífico de su obra como por partir siempre de sus propios guiones (en solitario o en colaboración), además de contar, por lo general, con excelentes y famosos actores que aceptan trabajar con él por el salario mínimo. No realiza encargos de Hollywood, no rueda secuelas o productos descaradamente comerciales. Busca al público, lo ha hecho siempre, desde que empezó a ganar dinero escribiendo chistes, pero no renuncia a contar sus historias y hacerlo a su manera. Y lleva casi cinco décadas trabajando con éxito. Sus películas son rentables, él se preocupa de que lo sean, y eso le permite seguir con su rutina y conservar el control creativo, algo fundamental para el cineasta neoyorquino.

No obstante, para llegar ahí tuvo que aprender algunas lecciones. Ya hemos hablado de la decepción que se llevó con sus primeros pasos en el negocio. Le proporcionaron (aún más) dinero y fama pero quedó muy descontento por cómo emplearon su talento cómico y decidió que la próxima vez sería diferente; ante todo, se aseguraría de que nadie destrozaba sus ocurrencias. Llegó a un acuerdo con una nueva y modesta productora, Palomar Pictures, para filmar ‘Toma el dinero y corre’ (‘Take the Money and Run’, 1969), un libreto que había escrito junto a Mickey Rose, su amigo de la infancia. En un primer momento, aconsejado por sus representantes (Jack Rollins y Charles H. Joffe), Allen buscó a alguien con experiencia para que dirigiera la película (su favorito era Jerry Lewis) pero finalmente los productores se arriesgaron con él, preocupados por un presupuesto de apenas un millón de dólares. La jugada les salió redonda porque Allen volvió a triunfar en taquilla. Y fue el trampolín que el joven humorista (33 años) necesitaba para empezar su carrera como director.

oSiempre se ha querido comparar a Woody Allen como el personaje torpe y neurótico que suele interpretar en la gran pantalla —y fuera de ella—, a pesar de que él se ha hartado de repetir que no se parecen en nada. Pero como le ocurre a casi todo el que se sienta a escribir, inevitablemente recurre a elementos de su propia vida. Sin ir más lejos, ‘Toma el dinero y corre’ comienza dando detalles del personaje central y aclara que nació el 1 de diciembre de 1935, fecha que comparte con el creador. La descripción que hace de sus padres encaja con los modelos auténticos y detalles como el nombre de la pareja del protagonista, la afición de éste por la música o la intervención del psicoanalista enlazan con el verdadero Allen. A partir de ahí, pura ficción, y un solo objetivo: hacer reír. Otros aspectos de la película, como la trama, los personajes o la iluminación, quedan en segundo plano.

El debut como director y protagonista de Woody Allen gira en torno a Virgil Starkwell, un inepto delincuente. En principio, la película abarcaba toda la vida del criminal, desde su infancia en un barrio conflictivo hasta su inevitable y trágico final a manos de la policía, pero el desenlace —en el que Virgil era acribillado a balazos (siguiendo el ejemplo de Clyde Barrow)— fue sustituido en la sala de montaje por otro menos dramático. Fue solo una de las muchas decisiones que tomó Ralph Rosenblum, montador al que recurrió el inexperto director para tratar de dar sentido a un extenso metraje en el que había trabajado infructuosamente durante meses, y que cada vez que lo veía le parecía peor. Allen concede a Rosenblum el mérito de haber salvado su ópera prima —y quizá, podríamos añadir, su futuro como realizador—.

Sin duda, lo más llamativo de ‘Toma el dinero y corre’ es la apuesta narrativa por el falso documental en clave humorística, lo que se conoce como “mockumentary”, siendo este film uno de las grandes referencias dentro del subgénero. Allen se sirve del tono serio y realista que caracteriza al documental para reforzar el absurdo de las situaciones en las que mete al protagonista, que fracasa con todo lo que se propone. El relato en off (por parte de Jackson Beck, conocido por su labor en la radio) y las entrevistas a diferentes personajes relacionados con Virgil —una de las actrices es Louise Lasser, esposa de Allen en ese momento— son los recursos más efectivos que usa el cineasta para provocar la risa del espectador mientras sigue el desarrollo de las desventuras de un ladrón en el que se reconocen influencias de Chaplin y los hermanos Marx —hay un guiño directo a Groucho en el antifaz que usan los padres de Virgil—.

Sin embargo, voluntaria o involuntariamente —en el estupendo documental de Robert B. Weide estrenado recientemente en España (imprescindible para el seguidor del cineasta), Lasser revela que antes del primer día de rodaje, Allen estaba leyendo un libro titulado “Cómo dirigir”—, hay tramos que están planteados de forma convencional, sin la broma de fingir un documental. Casi siempre son escenas íntimas, donde encontramos los primeros rastros de los conflictivos relatos románticos que el autor escribirá y dirigirá más adelante. Buscando entretener al espectador, pero reflejando su punto de vista sobre las relaciones amorosas —a menudo marcadas por la decepción y condenadas al fracaso—, Allen aprovecha la historia de amor entre Virgil y Louise (Janet Margolin) para explotar sus cómicas facetas de conquistador y pareja sentimental, quedándose casi en el tintero su máscara paterna.

‘Toma el dinero y corre’ busca la carcajada y la encuentra. Hay momentos absolutamente desternillantes que contribuyeron a la consideración de su responsable como uno de los mejores cómicos de la historia del séptimo arte. Pero el film no deja de ser una tosca sucesión de sketches, gags, referencias paródicas —como el jefe del campo de prisioneros, sacado de ‘La leyenda del indomable’ (‘Cool Hand Luke’, Stuart Rosenberg, 1967)— y chistes, muchos de ellos improvisados, que no casan demasiado bien entre sí, afectando al ritmo, dejando al descubierto las limitaciones de un realizador novato. Solo dura 80 minutos pero cuesta contener los bostezos. Creo que la mejor manera de verla es por trozos, disfrutando del ingenio cómico y parando antes de cansarse. Como dije, este debut tuvo un excelente paso por los cines y descubrió a un nuevo autor, que enseguida se pondría a trabajar en su segundo largometraje. Sobre ‘Bananas’ (W. Allen, 1971) nos hablará mi compañero Pablo, a quien he solicitado ayuda para que este especial no se nos haga eterno.

Los comentarios se han cerrado

Ordenar por:

8 comentarios