James Cameron: 'Terminator 2. El juicio final', secuela con espíritu de remake

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Terminator 2 cartel

Básicamente, lo que quería decir con ‘Terminator 2’ es que todo tiene que pasar de cierta manera, todo está ya escrito.

Los sinsabores que tanto a nivel de taquilla como de crítica había dejado ‘Abyss‘ (‘The abyss’, 1989), hacían mella en un James Cameron que veía como la posición que había afianzado con ‘Terminator‘ (‘The terminator’, 1984) como ‘Aliens, el regreso‘ (‘Aliens’, 1986) quedaba bastante erosionada. En cierto modo, el cineasta canadiense sabía que su siguiente filme sería el paso decisivo, bien hacia un abismo del que hubiera sido complicado salir, bien hacia la consagración definitiva como uno de los nombres más importantes de la industria cinematográfica de finales del s.XX y principios del XXI.

Dejemos que las cifras sean las que hablen por si solas: con 102 millones de presupuesto —una inversión que ya se había recuperado casi en su totalidad con la venta de derechos internacionales, los correspondientes a la edición en formato doméstico, y aquellos relativos a la emisión en televisión— ‘Terminator 2. El juicio final‘ (‘Terminator 2. Judgment day’, 1991) logró amasar 204 millones en Estados Unidos y 519 a nivel mundial. Cameron conseguía su objetivo pero, ¿qué ofrecía de novedoso esta secuela de su “primer” filme en lo que a historia se refiere?

Si no está roto, ¿por qué arreglarlo?: un primer acto ejemplar

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Sin ánimos de malinterpretar el comentario de Cameron que abre esta entrada, sus dos lecturas son muy evidentes. De una parte tenemos aquella que refleja la intención del director y que queda expuesta de forma precisa en esa frase que Kyle Reese hizo memorizar a Sarah y que ésta le transmitió a su hijo, “El futuro no está escrito. No hay destino sino el que hacemos por nosotros mismos”. De la otra tenemos la interpretación literal, todo está escrito, no se puede innovar, hagamos lo mismo, pero hagámoslo más grande, más espectacular y más largo. Y el arranque de la cinta es la mejor muestra de que las miras de Cameron van dirigidas a dejar al espectador clavado en su butaca sin que tenga ánimos de preguntarse por qué lo que está viendo le resulta tan familiar.

(A partir de aquí, spoilers) ‘Terminator 2’ comienza como ya lo hiciera su predecesora, llevándonos el realizador a ese futuro aciago en el que la raza humana pugna contra las máquinas por sobrevivir a la guerra iniciada por Skynet. Más robots, más naves, más efectos visuales y más explosiones preceden, primero, a la aparición de John Connor ya adulto y, después, a unos magníficos créditos iniciales que vuelven a contar con el apoyo musical de Brad Fiedel, compositor que reorquesta su tema original para darle un cierto tono de elegía que podríamos aventurar, sirve para anunciar muy temprano en el metraje la triste conclusión del filme.

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Ya en el presente, la estructura del relato se viste con los mismos hábitos que tuviera ‘Terminator’: habiendo visto la anterior entrega, sabemos que los dos hombres que aparecen desnudos vienen del futuro y, si no hubiera sido por la desafortunada campaña de publicidad que acompañó a la cinta el año de su estreno el golpe de efecto que revela a Schwarzennegger como el “bueno” de la función habría funcionado con toda la magnitud que merecía.

Aun así, la tensión va en aumento mientras asistimos al acoso de los dos terminators por encontrar a John —acertadisima decisión de cásting la que tomó Cameron al echar mano del neófito Edward Furlong— , un acoso que conduce la cinta hacia dos set pieces ejemplares: la persecución por los canales de Los Ángeles, de ritmo asombroso y montaje espléndido y, tras un par de secuencias aclaratorias, el asalto al hospital psiquiátrico donde Sarah permanece recluida, ejemplar desde el punto de vista narrativo.

Potenciada esta última —y la película en general— por la magnífica y gélida fotografía de Adam Greenberg, responsable del aspecto de la primera entrega de la saga cuyo trabajo aquí le haría acreedor de una merecedísima nominación al Oscar —atención a la inmediata respuesta que la historia va encontrando en los tonos de la imagen—, la acción de ‘Terminator 2’ sufre, a partir de entonces, un severo revés.

¡Que alguien me revise el guión!, el traspiés del segundo acto


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En contraposición a lo que podía opinarse sobre los libretos de ‘Terminator’ y ‘Aliens’, si algo dejaba claro el de ‘Abyss’ es que James Cameron necesitaba la figura de un editor que puliera diálogos estridentes y secuencias que provocaban cierta desarticulación de los engranajes del filme. En el caso de ‘Terminator 2’, la ausencia de dicha figura se hace dolorosamente palpable en un segundo acto que lastra el buen ritmo de la cinta, aunque no hasta límites que arruinen la función.

Bien es cierto que el carácter expositivo de lo que este comporta, y la profundización de personajes que en él se hace, son estrictamente necesarias para lo que se avecinará en el clímax del filme, pero la manera en la que Cameron desarrolla aquí la acción y la proverbial lentitud que imprime a la primera parte de este segundo tramo del relato suponen un cambio demasiado brusco ni siquiera justificable por el deseo del cineasta de preparar al respetable para lo que está por llegar.

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Tras su huida, el peculiar grupo formado por madre, hijo y Terminator recalan en uno de los lugares donde Sarah guarda un auténtico arsenal, terminando aquí Cameron de dibujar a un personaje que muestra una espléndida evolución con respecto a aquella joven con ganas de divertirse que habíamos conocido al comienzo de la primera parte: es en núcleo del filme donde mejor queda definido el conflicto interno que lleva a la heroína al borde del abismo al que la ha impulsado una recurrente y apocalíptica pesadilla —visualizada precisamente en este tramo del filme de manera enérgica y con pocas concesiones a la galería—.

Dicha pesadilla será la que casi provoque que Sarah se convierta en aquello que lucha por destruir, una letal y fría máquina de matar dispuesta a lo que sea por cumplir su objetivo. El problema es que, para conseguir trasladar esa idea, Cameron tenga que invertir tanto tiempo y meta con calzador la escena más irregular de todo el filme, aquella que tiene lugar en casa de Miles Dyson el artífice directo de la creación de Skynet interpretado por un eficiente Joe Morton.

“Cameron’s inferno”: un clímax asombroso


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Más de media hora de infarto en la que el director sólo atiende al “no se vayan todavía, aún hay más”. Algo más de treinta minutos en los que asistimos sin descanso a un despliegue de acción rubricado con unos efectos visuales espléndidos y en los que Cameron no permite al espectador despegar sus ojos de la pantalla ni moverse incómodo en la butaca. Un tercer acto que varía el rumbo a tiempo para dejar una muy agradable sensación paliada, qué duda cabe, por el agridulce final que plantea el guión del cineasta canadiense.

Comenzando en el asalto a la sede de Cyberdyne, siguiendo en la espectacular persecución del T-1000 —un cyborg que en la atlética constitución de Robert Patrick y su inmutable rostro encuentra el contrapunto perfecto a la mole que es Schwarzennegger— y finalizando en la secuencia en la factoría, Cameron vuelve a trasladar en este último escenario la estructura de la cinta original parte, alterada aquí por la presencia del mimético terminator —sigue sorprendiendo, veinte años después, la audacia de la ILM y el salto cualitativo que dieron aquí los efectos digitales— y por el hecho de que, en lugar de contar con la ayuda de un soldado dispuesto a dar su vida, los Connor tienen a un incombustible robot de su parte que no parará ante nada.

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Aniquilado el villano, el guionista y realizador se guarda todavía un golpe de efecto final: habiendo conseguido que el público termine empatizando con un personaje que siete años antes había sido definido como el “malo” definitivo, Cameron se dispone a sacrificarlo en un giro perfectamente lógico del relato. Todo se aúna aquí para revestir a la escena de una carga emocional que hará de ella uno de los mejores finales que pudimos ver durante los noventa, jugando un papel fundamental tanto la interpretación del trío protagonista —con especial atención a la emotiva contención de “Arnie“— como la brillante labor con la que Fiedel acompaña las imágenes del descenso del T-800 a la caldera.

Combinadas, las dos entregas de ‘Terminator’ constituyen una de las mejores muestras de cine de acción y ciencia-ficción que se haya visto en la gran pantalla y, como ya pasara con la saga de cierto desagradable xenoformo, sus dos continuaciones —bueno, su continuación y esa especie de reboot que fue ‘Salvation‘—, ya sin el apoyo de Cameron, se mostrarían completamente incapaces de rescatar para sí algo de la grandeza que tanto abunda en los dos filmes de un realizador que para su siguiente proyecto nos tenía reservado un espectacular entretenimiento de primer orden.

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